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Ocio y Cultura

El Rastro es el mar de la historia

Con motivo de la publicación de la monografía de Andrés Trapiello, que presenta en Los Portadores de Sueños, varios coleccionistas aragoneses analizan los tesoros ocultos de los mercadillos

Andrés Trapiello presenta en Los Portadores su libro 'El Rastro'Javier Liaño / Efe

El Rastro ha tenido y tiene grandes seguidores. Ramón Gómez de la Serna le dedicó un libro delicioso, el oscense Carlos Saura lo retrató con todas sus magias, y estos días Andrés Trapiello (1953) publica un volumen minucioso, más que recomendable, ‘El Rastro. Historia, teoría y práctica’ (Destino, 2018) donde reconstruye 40 años de visitas a “esa miniatura de la eternidad”, como dijo el poeta y capitán Maciá Serrano, “ese lugar al que la gente va, aunque no lo sepa, a buscar su pasado”, agrega Trapiello.

El autor de ‘Las armas y las letras’ dice que fue más de 2.000 veces y que “el Rastro es, en cierto modo, como una mariposa, cualquiera puede seguirla un rato, un niño, un anciano, nos gusta verla volar, al momento da un quiebro y desaparece, creemos saber qué es, y de pronto pliega sus alas despacio y deprisa al mismo tiempo, como las hojas de un libro apasionante, y dejamos de verla”. Andrés Trapiello presenta su libro el viernes 9, a las 20.00, con el escritor y bibliófilo José Luis Melero Rivas, otro gran enamorado del Rastro como se ve en muchos de sus libros, que dice: “El Rastro ha sido el mayor caladero de libros del que me he surtido”, y recuerda a uno de los primeros vendedores, Enrique Borja, “a quien le he comprado muchos y muy buenos volúmenes”. Melero es un gran aficionado al rastro, como lo son el propio Trapiello o el escritor y crítico Juan Manuel Bonet, destinatario del volumen. Trapiello dedica su volumen “a los que nunca encuentran nada, a Juan Manuel Bonet, que lo ha encontrado casi todo y a quienes de vosotros os sentís ‘el más pobre del clan de los mendigos’”.

El Rastro es un mar de historia

Andrés Trapiello, en Madrid, durante la presentación de su libro 'El Rastro' (Destino). Javier Liaño/EFE.

 

El pintor y coleccionista Eduardo Laborda dice que él va al Rastro desde 1971. Participó activamente en la revista ‘La avispa’, fundada en 1987 por Emilio Aso y Fernando Jiménez Ocaña, vendedores de libros, como maquetista y responsable de la ilustración y de la parte gráfica, y también de la recogida de textos en distintos momentos; la publicación tuvo nueve entregas. Recuerda Laborda: “Oí hace unos días a Andrés Trapiello en la radio por la noche y dijo algo con lo que estoy completamente de acuerdo: uno va a buscar al Rastro lo que ya lleva en la cabeza, algo que ha encontrado antes en su mente, como si ese fuera el primer hallazgo. Tiene razón”. Otro enamorado del Rastro, el cardiólogo y autor de historias locales Ángel Artal, coge la revista en la mano y recuerda su subtítulo, “órgano difuso del Rastro zaragozano”, y dice que él va al Rastro desde principios de los años 80 buscando dos cosas: cerámica popular, algo que solía hacer con su amigo el radiólogo Carlos Lerín, “que tenía una colección impresionante”, y libros. Uno de sus hallazgos fue una ‘Historia de Aragón’ de Lacasa y ‘Guía nocturna. Zaragoza de noche’, que tuvo una segunda vida espectacular: se hizo una reedición en facsímil y se vio que la ciudad tenía muchos lugares para la picardía, la tentación y el sexo.

“Aunque quizá el mayor tesoro fue la primer edición del ‘Poema del cante jondo’ de Federico García Lorca, de 1931, que compré por 100 pesetas de entonces, menos de un euro”. Ángel Artal se ha convertido en un escéptico: “El Rastro se espera como una gran ilusión que se convierte en fracaso, y ahora más”, dice. Con todo, a veces la realidad le desmiente: hace poco, con el citado José Luis Melero, adquirió una treintena de primeras ediciones de Pío Baroja.

El Rastro es un mar de historia

Adolfo Ayuso Roy no solo es un enamorado del rastro, sino que fue vendedor de libros y de distintas piezas. Ha comprado muchos objetos -esculturas, linternas mágicas, fotos, libros y títeres, que es ahora su campo- e incluso tuve un golpe de suerte: “Me cedieron por poco dinero los materiales de una casa y los vendí en el Rastro. a mí me interesan siempre los objetos que tengan historia detrás”. A Adolfo Ayuso le gusta mucho ese océano de cosas menudas por diversas razones: “Es un perfecto tratado de sociología, un caleidoscopio de comportamientos, a mí me importa el vendedor, el comprador o esa mujer solitaria que busca no se sabe qué y que deslumbra al pasar. El metabolismo del Rastro, complejo y fascinante, lo describió muy bien Fernando Jiménez Ocaña en ‘El vendedor a la intemperie’”. Adolfo ha encontrado muchas cosas y ha recorrido rastros en muchos países en europeos: Francia, Italia, Suiza, España... Por ejemplo, en Lyon logró hacerse con dos marionetas españolas espléndidas, fecjhada entre 1905 y 1910, que le costaron más de 1.000 euros y alrededor de 350 la otra.

“El Rastro es cultura, es historia, tiene algo de fondo submarino o de ciudad sumergida cuya profundidad está llena de objetos. En el fondo, los coleccionistas vamos en busca de los tesoros ocultos y los rescatamos. El Rastro dice muy bien cómo es una época, qué fue valioso o intrascendente, todos reciclamos todo el tiempo y les damos a las cosas otra vida. El rastro es como un mar. Cada objeto es el signo de una época, aunque sea pequeño, tiene valor”, subraya Eduardo Laborda, que ha conseguido maravillas de todo tipo: arte, libros, juguetes. Una de sus joyas es una estatuilla desnuda de un artista gerundense, que murió joven, Fidel Aguilar, un desnudo de 1922 que se titula, extrañamente, ‘Mar’.

El actor Luis Rabanaque es asiduo del Rastro zaragozano. “Para mí los rastros tienen una significación muy especial. Más allá de encontrar un objeto de mi agrado, que también, supone darle una nueva vida a una pieza que ha sido importante para alguien. Cuando compro algo pienso en lo que le costó a su primer propietario adquirirlo, posiblemente un sacrificio en lo económico, lo que lo disfrutó... Comparto con mi amigo Eduardo Laborda y otros la pasión por la energía de los objetos, lo que suponen más allá de tener en tu mano un libro o una fotografía de tu gusto”. ice que era un incondicional del Rastro del Mercado Central y, más tarde, de la Plaza de Toros.

El Rastro es un mar de historia

Panorama del rastro de los terrenos próximos a la Expo y la Estación Zaragoza-Delicias. Heraldo.

 

“Tengo cientos de anécdotas en el rastro. Por nombrar una de ellas, y aunque parezca fantasía es cierta, iba buscando unos libros de Guillermo, el personaje de Richmal Crompton. Perdí la colección completa y me dispuse a retomarla. Soñé un sábado por la noche con dos pilas de estos libros precisamente y al punto de la mañana del domingo acudí al Rastro. Y en el último puesto, al terminar el recorrido, allí estaban. Dos montones de libros de Guillermo esperándome. Al margen de ello, postales, fotografías especiales, películas de super-8... y tantas cosas más que se han venido a mi casa para disfrutar de una nueva vida”. Casi todos experimentan sensaciones semejantes. Aunque hay quien sostiene que al Rastro hay que ir solo, Luis Rabanaque señala: “Realmente ahora voy más a pasear y charrar con vendedores y compradores que a adquirir demasiadas cosas”, concluye.

Casi todos coinciden que no hay muchas mujeres a las que les apasione el rastro. "Una de ellas es Teresa Sanagustín tiene un poco de todo: muñecas, juguetes, telas, frasquitos de colonias. De lo que yo conozco es una pequeña excepción", dice Eduardo Laborda.

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LA FICHA

El Rastro. Historia, teoría y práctica. Andrés Trapiello. Destino: Colección Imago Mundi. Barcelona, 2018. 370 páginas. [Presentación: viernes, 9, a las 19.30. Los Portadores de Sueños. Calle Blancas.]

 





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