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Celia Santos: "Franco mandaba espiar a nuestros emigrantes"

La escritora vasca, afincada en Barcelona, presenta el viernes su novela 'La maleta de Ana' (Ediciones B) en la FNAC de Zaragoza

Retrato de la escritora Celia Santos, que estuvo en Zaragoza hace unos días y regresará el viernes a la FNAC, con su novela 'La maleta de Ana'.
Celia Santos: "Franco mandaba espiar a nuestros emigrantes"
Archivo Santos/B

«Soy hija de emigrantes, mis padres dejaron su pueblo, una zona rural de Salamanca en 1963, se fueron al País Vasco, a Bergara, donde nací en 1972. Su historia siempre me había rondado por la cabeza. Además, hay muy poca literatura y muy poco cine sobre este asunto», dice Celia Santos, la autora de ‘La maleta de Ana’ (Ediciones B), que presentará este viernes en la FNAC de Zaragoza.

Tendría en la cabeza las películas de Carlos Iglesias…

Desde luego. Y también una novela de la zaragozana Carmen Santos, ‘Días de menta y canela’. En un viaje a Alemania, a Colonia precisamete, donde sucede mi novela, fue cuando pensé que era el momento...

¿Qué sucedió?

Me encontré con españoles que me invitaron a la reunión que realiza cada año la asociación de familias. Fue en el Instituto Antonio Machado. Conocí a muchos españoles que llevaban allí 50 años. Por ejemplo, a Juan Liébana Ríos; conseguí su libro suyo, era un personaje muy interesante y quise darle un cameo en la narración. Lo detuvieron y pasó un tiempo en la cárcel…

Comparado con España, llama la atención la huella sindicalista.

Era un tema novedoso. En España el sindicalismo era más bien inexistente. Los españoles, que llegaban allí, se podían sindicar, tenían unos derechos, podían hacer reivindicaciones, huelgas, manifestarse. Aquí les interesaba tenerlo todo controlado porque los emigrantes eran un negocio para el país. No constaban en España como parados y mandaban divisas. Si venían de vacaciones e intoxicaban con nuevas ideas a los españoles, suponía un riesgo.

¿Es verdad, como dice usted, que Franco mandaba espías?

Por supuesto. Franco mandaba espías. En la novela, ese papel lo asume Cosme. Es uno de aquellos espías que registraban quién era más rebelde, quién repartía panfletos o quién estaba más en los sindicatos…

Se había ido a Alemania, le empezaron a contar cosas y vidas, pero ¿qué le atrapó?

La valentía de las mujeres. Con 18 años, Ana se metió en un tren, sin estudios, sin haber salido de su pueblo en toda su vida, y se fue a un país donde no entiende el idioma. Mujeres como Ana no se iban por afán de aventura; sobre ellas recaía la manutención de sus familias.

Recuerda cómo enumeraban a los recién llegados.

Es cierto. Llegaban entre 1.500 y 3.000 en trenes que habían salido de Irún y Portbou, y siempre iban a Colonia. ‘La maleta de Ana’ es la aventura personal de una mujer joven, que se casa con un alemán, que no era lo habitual, e intenta integrarse y que se enfrenta al azar y quizá a la fatalidad.

¿Qué quería contar?

Quería darle voz a todas esas mujeres que mantuvieron durante años, alguna década quizá, a sus familias y no se les ha reconocido su papel en la sociedad. Rindo homenaje a las heroínas anónimas. Resurge la memoria histórica, pero debemos rescatar a mujeres como Ana y esa parte de la historia. No se puede pasar de puntillas por algo tan importante que nos ha pasado por mucha vergüenza que nos dé reconocer que venimos de la miseria. Esas mujeres deben sentirse orgullosas en la historia reciente de este país…

A veces la emigración parece una forma de redención y de apertura a la cultura. ¿No?

Yo creo que sí. Al principio, iban a Casas de España, estaban controladas por las misiones y la iglesia, que existían en Alemania. Luego empezaron a instalarse centros populares, se crearon casas del pueblo, y empezaron a leerse libros, a ver cine y teatro, a oír música. Ese sentido, la emigración era una apertura de miras hacia un horizonte más amplio.

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