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Música

María Dolores Pradera, la melodiosa voz del corazón

La intérprete celebró sus 84 años en el Anfiteatro de la Expo, rodó con Forqué, Borau y Florián Rey, y cantó con Bunbury y Carmen París.

Actualizada 29/05/2018 a las 11:47
Concierto de Mª Dolores Pradera en el Teatro Principal de Zaragoza en 1999Carlos Moncín/ Guillermo Mestre/ Agencia EFE

María Dolores Fernández Pradera, actriz de cine y teatro y, ante todo, formidable cantante, ‘la gran señora de la canción’, ha fallecido en Madrid a los 93 años. Deja un legado impresionante con más de 40 discos, una pasión absoluta por la música hispanoamericana y una trayectoria impecable, distinguida por doquier. Sin ir más lejos, en 2008, recibió  el Premio Grammy Latino de Honor a la Excelencia Musical.

 Vino varias veces a Zaragoza pero, como ha recordado su biógrafo y uno de sus grandes amigos Luis Alegre, quizá un momento inolvidable le sucedió aquí, a orillas del río Ebro: “El 29 de agosto de 2008 María Dolores vive el cumpleaños más especial y menos íntimo de su vida. Se celebra la Expo de Zaragoza y esa noche actúa en el Anfiteatro, al aire libre, acompañada de Los Sabandeños. Es una espléndida noche de verano. María Dolores se encuentra mejor que nunca. Cuando se cumplen las 12 de la noche, los miles de personas que llenan el lugar le cantan a coro el ‘Cumpleaños feliz’. Yo estaba allí y nunca había asistido a una interpretación tan sentida de esa canción”.

María Dolores era madrileña, pero vivió en varios lugares de Chile, donde trabajaba su padre, que era asturiano, tanto en Iquique como en Antofagasta, donde Ignacio Martínez de Pisón situó uno de sus primeros libros. Su madre tocaba el piano y cantaba muy bien, así que la pasión de la música la atrapó en casa. De niña hizo un viaje por México con su padre –le costó llegar a su lado 32 días en barco-, que le dejó realmente fascinada porque conoció la música del país, que tanto iba a marcarle, con los mariachis: esas rancheras, baladas y boleros que juntan la noche el día. Solía contar una anécdota casi fundacional: “En México aprende la primera canción de su vida. Se la escucha a un señor que toca un organillo muy chiquito –un ‘cilindro” se llama en México- decorado con un búho. Es una canción infantil. María Dolores nunca la olvidaría: ‘Tecolote, ¿qué haces ahí apoyado en la pared?/Esperando a mi tecolota que me traiga de comer’”, le dijo a Luis Alegre.

Se quedó huérfana de padre pronto, con ocho años, y estudió en el Instituto Escuela. Su talento musical la convirtió en una especie de niña prodigio: la invitaban a cantar en cualquier reunión y a veces pasaban el platito para las monedas. Se inició en el teatro y en el cine muy joven. Quizá no hiciese una carrera deslumbrante, pero se defendió como profesionalidad y sensibilidad, con variedad de registros, y trabajó con Benito Perojo, Juan de Orduña, pero también con aragoneses como José María Forqué, Florián Rey y José Luis Borau, y tuvo compañeras como Guadalupe Muñoz Sampedro, Imperio Argentina (su  maestra, su ídolo, con la que colaboró en ‘Goyescas’) o Ana Mariscal, a la que dobló en una canción.

Con poco más de 16 años conoció a Fernando Gómez. Se casaron y vivieron juntos doce años, entre 1945 y 1957. Tuvieron dos hijos: Helena y Fernando Fernán-Gómez, editor de arte entre otras cosas, compañero de su madre en varios viajes a Zaragoza.

Su carrera musical empezó en 1952 y llegará a interpretar alrededor de 1.000 canciones de un repertorio muy variado con la música latinoamericana de fondo. Le han interesado grandes músicos de la otra orilla: Alfredo Zitarrosa, Atahualpa Yupanqui, Carlos Gardel (que fue otra pasión desde la adolescencia), y José Alfredo Jiménez y Chabuca Granda, a los que dedicó sendos álbumes, etc. Desplegaría su voz melodiosa en la música popular y ligera, la de las canciones eternas: el fado, el bolero, la ranchera, la balada, y siempre destacó por su afinación, por su elegancia, la dicción impecable y clara, la naturalidad y esa sensación de que cantaba sin esfuerzo, con plasticidad y emoción, como si le bailase suavemente el corazón. Como si se agigantase o estuviera a punto de levitar. Poco han sabido desmenuzar sobre un escenario los vaivenes del amor, la melancolía y del deseo como ella.

Ahí están sus grabaciones de ‘La flor de la canela’, ‘Amarraditos’, ‘El rosario de mi padre’, ‘Volver’, ‘Que vaya bonito’, ‘Toda una vida’, ‘Limeña’, etc. Ha cantado con medio mundo (Joaquín Sabina, Raphael, Serrat, Amancio Prada, Ana Belén…), sin ir más lejos con aragoneses como Enrique Bunbury en 2012, el tema ‘Se me olvidó otra vez’, y con Carmen París, ‘El tiempo que te quede libre’; con ella, además, colaboró en otro tema, ‘Las ciudades’, en un disco dedicado a México. En 2001 le rindió un homenaje inolvidable a Carlos Cano, con quien cantaba primorosamente ‘María la Portuguesa’. Y Rosa León le produjo hasta cuatro álbumes.

Su último trabajo fue en 2012, un doble álbum de duetos. Era una mujer fascinante, divertida, que no hablaba mal de nadie, todo un arsenal de anécdotas, que parecían un disparate o un delirio, y ternura. Una vez dijo: “No sé por qué me he separado de Fernando”. Quizá fuera la frase que de una mujer sin rencor que poseía un inefable e infinito sentido del humor.

 

 





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