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Alabí, alabá, alabim bombá

Con un sabroso y riguroso discurso -que puede obtenerse en las web de la RAE y de la IFC– Federico Corriente, catedrático en la Universidad de Zaragoza, se ha convertido en académico de la Española.

Heraldo
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Este artículo, a pesar de su título, no trata de la SD Huesca ni del Real Zaragoza, sino de los arabismos del español y de su mejor estudioso actual, Federico Corriente Córdoba, que lleva años desempolvando esa interesante estancia de nuestra cultura, quitándole telarañas, abriendo las ventanas y lustrando sus muebles. Veamos algún caso que ilustra su tarea.

Muchos saben que ‘ojalᒠes voz que viene del árabe y menciona a Alá. Los expertos han discutido sobre su origen concreto y si podría significar Dios lo quiera, o si Dios lo quiere, o si Dios quisiera u otras cosas así. En la búsqueda de esta y otras exactitudes lingüísticas y culturales han descollado personas como, antaño, el aragonés Miguel Asín Palacios, a quien la Universidad de Zaragoza recuerda con un busto en la Facultad de Filosofía y Letras, y, en los últimos decenios, el granadino Federico Corriente, de cuyo magisterio ha disfrutado veinte años nuestro campus.

Hay que saber mucho, dominar –incluso crear– un método exigente y explorar campos amplísimos para dar con la solución de este viejo enigma. Apareció en un diccionario de lengua neopersa, que ni siquiera es pariente del árabe, donde estaba registrada una forma arábiga hoy olvidada que es el quid de la cuestión. Era como un fósil, de modo parecido a como nuestro diccionario acoge quirie (’echar los quiries’ es vomitar), trasposición del griego ‘kyrie’, cuyo significado (¡oh, Señor!) se ha perdido. De indagación tan afinada se desprende que ojalá significa, propiamente, ‘Dios no nos prive’, traducción de la perdida frase ‘la awhasa llah’, que contiene la negación árabe (‘la’) y el nombre divino ([A]llah). Un prodigio de indagación.

Así, el ‘alirón’, que tienen como cosa casi propia los forofos de San Mamés, es un arabismo (anuncio público, bando); y lo es alabí, alabá, alabim bombá, mezcla de árabe (‘alla’ibin’ son los jugadores) y romance (’bon va’, va bien). Arábigas son frases como ‘que si quieres arroz, Catalina’ (así suena a oídos extraños la pregunta de un rito nupcial) y, a pesar de su aspecto, ‘Ángel a María’, (‘ingilá almariyyá), que alude a que, por fin, se sabe la verdad de algo (tras alzarse el velo que oculta el rostro de la novia). Ejemplo enternecedor es la nana, el canto que adormece a los bebés: ‘nana, nanita’ significa ‘duerme, duérmete’. Las niñeras moriscas arrullaban así a los hijos que sus amos cristianos les confiaban.

Son expresiones antiquísimas del registro infantil carabí hurí, carabí hurá (mi pena se ha visto, mi pena se verá), tricotí (mira qué inspirado estoy) o el famoso matarile (¿qué me ves?, ¿qué me predices?), que por homofonía ha llegado a significar dar muerte a alguien (darle matarile).

Los niños tienen esponjas por cerebros y de ahí que hayan pervivido por siglos expresiones como estas y no reparan en si lo guardado pertenece a una lengua inconveniente.

Por otro lado, se han suavizado en nuestro uso expresiones en origen malsonantes, como caramba, gilí o herre que herre. Al revés, hoy suenan mal expresiones decorosas en andalusí, como ‘hudhu bitaqah’ (te lo tomas por fuerza; que dio ‘jodo, petaca’).

Método científico

Nada de esto es obvio ni transparente: hay que saber lenguas disímiles, buscar donde nadie lo ha hecho, conocer costumbres perdidas en el tiempo... El buen método científico es muy exigente en las humanidades, entre las cuales descuella –este juicio es personal– la filología. Juan Gil, en su respuesta al discurso en que Corriente trata de estos problemas, hace un sabio repaso del asunto en lo concerniente a la arabística hispana.

Hablamos, además, de la lengua árabe como si cupiera en un manualito. El árabe es muy antiguo y ha variado, tanto o más que el español o el inglés. Han sido y son lenguas globales que abundan en hibridaciones (como el ‘spanglish’ famoso) y ‘pidgins’ (simplificaciones que nacen de modo espontáneo, lenguas que no son maternas para nadie, pero que permiten entenderse). El árabe, desde el siglo VII, las ha originado también.

Condición de método para estudiar los arabismos en español es conocer bien no solo el árabe clásico, sino –tarea harto difícil– el que se hablaba en la España musulmana, en al-Ándalus, nombre que sobrevive en el de Andalucía. Una labor al alcance de poquísimos, pues, ¿cómo conocer dialectos locales, expresiones familiares y populares, dicterios y blasfemias, la jerga de los arrieros, de los jugadores, el habla de las nodrizas, las interjecciones vulgares o las palabrotas? Este tipo de voces y sintagmas no dejaron apenas huella en los registros escritos y en la literatura culta. Por eso son muy valiosos los hallazgos hechos en esos niveles de lenguaje, más incógnitos y difíciles de rastrear y que deparan sorpresas muy atractivas incluso para el público no especializado. Y en eso el nuevo académico es maestro indiscutido. Loado sea.

(De paso: la Real Academia Española escribe al-Ándalus y el profesor Corriente, que ya se ha incorporado a ella, prefiere Alandalús. Ya se irá viendo en qué queda el interesante caso).

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