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Opinión

El farero de la palabra

22/04/2018 a las 05:00
Libro del escritor Pedro Sorela.

Nunca recuerda del todo cómo se llega a un escritor, pero casi siempre hay un primer libro. Y en el caso de Pedro Sorela (Bogotá, 1951-Madrid 2018; fallecía de cáncer esta semana) fue ‘El otro García Márquez. Los años difíciles’ (Mondadori, 1988). Era un relato excepcional de indagación en los orígenes de la escritura de un maestro, cuya obra le iba a acompañar para siempre. Cuatro años después, Pedro Sorela, un cuidadoso narrador en todas las distancias, participaría en el gran homenaje que se le dedicó al autor de ‘Cien años de soledad’ en Zaragoza, bajo la coordinación de Túa Blesa. En Xordica, en ‘Una infancia de escritor’ (1997), ofreció un texto excepcional sobre su vida nómada, de barco en barco, de avión en avión, con la biblioteca familiar a cuestas. Años después, desde su gusto por la experimentación, en Prames aparecería ‘57 pasos por la acera de la sombra’ (1998). Por aquella época lo conocí en Madrid, con el profesor y crítico Fernando Valls, y conversamos hasta casi el alba en el paseo de la Castellana. Hablamos de todo. Pedro Sorela, políglota desde niño, periodista en las páginas de ‘El País’ durante trece años, profesor luego en la Universidad Complutense, habló de Bogotá, de sus años en Pamplona y de su pasión por el teatro y de muchos de sus maestros: el citado Gabo, Borges, cómo no, Stendhal y, entre otros, Antoine de Saint-Exupéry, del que era un absoluto conocedor, como volvería a recordar para Ana María Matute, Félix Romeo y para mí en las calles de Dublín. Era una obsesión para él.

Pedro Sorela, viajero y cronista distinto de Madrid, escribió novelas estupendas como ‘Aire de mar de Gádor’ o ‘Viajes de niebla’, varios libros de relatos, publicó ensayos como ‘Dibujando la tormenta’ (2016), centrado en los inventores de la escritura moderna. Recogió una colección de sus entrevistas, que eran magníficas, diferentes, marcadas por la curiosidad y la mirada abierta. En su cita antológica con María Zambrano, a una de sus preguntas, ella le respondió. "¿Volver a España? Yo nunca me he ido". Pedro Sorela tampoco se ha ido: quizá haya decidido hacerse invisible. Nos deja su legado –su estilo, su elegancia, su sabiduría, sus bellos dibujos de mujeres– y una advertencia: "El diario o renueva su escritura o se muere. El periodista es el que avisa, una especie de vigía". Pedro Sorela quiso ser el farero de las palabras.





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