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Aragón

María Pilar Benítez: "A Áurea Javierre la encerraban en la sala de escobas"

Publica en el Instituto de Estudios Turolenses la vida de la primera archivera de la Corona de Aragón, historiadora y feminista católica (1898-1980).

30/03/2018 a las 05:00
María Pilar Benítez, zaragozana, revela vidas de mujer.José Miguel Marco

"Áurea Lucinda Javierre Mur nació en Teruel en 1898 y vivió allí los primeros años de su vida. Su padre tenía en la plaza del Mercado la sucursal de las máquinas de coser Singer, que supusieron un avance en la vida de las mujeres. Él era un hombre culto, formado, con interés por los libros; sería el bibliotecario de la Sociedad Económica de Amigos del País en Teruel. Serafina, una de las dos hermanas de Áurea, ya nacería en Tarragona". Así inicia Pilar Benítez (Zaragoza, 1964) su relato sobre esta pionera turolense.

¿Regresó Áurea Lucinda a Teruel años después?

Alguna vez sí. En vísperas de la Guerra Civil, en los periódicos se decía que Serafín Javierre veraneaba con su familia en Bronchales. Y ella, tras licenciarse, con su amiga Dolores de Palacio, hará un trabajo estupendo sobre los Amantes de Teruel.

La familia se fue a Zaragoza.

Sí, y Áurea fue la primera mujer que estudió, de 1911 a 1913, en el Instituto General y Técnico de la Magdalena, el único que había. Antes se habían matriculado otras alumnas por libre, pero no acudieron a clase. Algo semejante sucedió en la Universidad.

¿Qué?

Que fue la primera mujer en matricularse en Filosofía y Letras en Zaragoza. Fue pionera en bastantes cosas. El primer curso fue sola a clase. Y en él segundo, acudió su amiga Dolores de Palacio, que escribiría un volumen autobiográfico y recordaría que, entre clase y clase, las encerraban en el cuarto o sala de las escobas o de la limpieza, y que eran los profesores quienes las sacaban de ahí. Supongo que sería para que no se mezclaran con los chicos.

Áurea Lucinda Javierre pronto se integró en el Estudio de Filología Aragonesa (EFA), que dirigía el catedrático Juan Moneva. ¿No?

Sí. Moneva era católico, aragonesista y defensor de causas de la mujer. Tenía dos hijas. Áurea entró de secretaria de redacción con Luis Sánchez Toral por merecimientos propios. Luego entraron dos hombres más; ellos cobraron, los tres, y Áurea no. Moneva escribió a varias organismos para que cobrase igualmente. Los tres secretarios podían trabajar en el despacho en la Universidad, pero ella no. Fue alguna vez con su hermana Serafina, pero consta, en los archivos, que «mandaba, remitía, enviaba», esos eran los verbos, sus investigaciones.

Se especializó en toponimia…

Sí. Juan Moneva quería hacer una edición del ‘Diccionario aragonés’, que era un proyecto muy transversal. Ella se ocupó de la toponimia, y los ayuntamientos mandaban toda los nombres de sus pueblos: lugares, montes, ríos, caminos, fincas. Pero, además, Áurea, cuya familia procedía del Somontano oscense, coleccionaba palabras de la zona y confeccionó listas muy originales.

Creo que le dio el relevo a María Moliner.

Sí. Ella tuvo que dejar el Estudio de Filología Aragonesa y entró María Moliner, dos años menor que ella. Coincidieron un año y se sabe que Áurea le enseñó parte del trabajo que tenía que hacer. Luego, María sería María Moliner: todo un personaje descomunal. Y ella sí cobraría. Áurea había abierto vereda.

Sigamos. Acabó la carrera y se fue a Madrid.

Allí se especializó en Archivos y Bibliotecas. Hizo el texto sobre los Amantes, y en 1922 obtuvo plaza en el Archivo de la Corona de Aragón. Estuvo hasta 1935, fue la primera archivera de la institución. Fue una época muy especial y luminosa de su vida. Aunque se sentía aragonesa hasta la médula, hizo un estudio de ‘Matha de Armanyach, Duquesa de Gerona’. Áurea también fue una pionera del feminismo católico...

¿En qué sentido?

Daba conferencias. Asumía la condición de madre y esposa (fue soltera), y a la vez defendía la emancipación de la mujer y su educación. Como algunas feministas revolucionarias, no estaba a favor del voto. Pensaba que a la mujer aún le faltaba instrucción.

La Guerra la cogió en Zaragoza.

Por eso, y por sus ideales, se alió con Franco. Pero se volcó en dos proyectos estupendos, que había en ambos bandos: la Biblioteca de Guerra y la selección de Lecturas para el Soldado. Las promovió en el bando nacional en Zaragoza, en San Sebastián y en Barcelona. Esa labor tendía al adoctrinamiento ideológico, claro, quería animar al combatiente y a la vez le daba entretenimiento y sosiego.

¿Qué pasó luego?

Trabajó en su puesto en el Archivo Histórico Nacional. Iba a congresos internacionales y realizó una importante labor historiográfica. Estudió a María de Luna. Se acomodó en el régimen de Franco. Jamás dejó de trabajar. Aragón tiene una deuda histórica con esta pionera. Murió en 1980.





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