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Carlos Zanón: "El taxista no es un trozo de máquina pegado a un asiento"

Carlos Zanón (Barcelona, 1966) publica la novela ‘Taxi’ (Salamandra) en la que cuenta la historia de un antihéroe que se pierde en el camino a casa.

Carlos Zanón presentó su novela en la librería Cálamo.
Carlos Zanón presentó su novela en la librería Cálamo.
Asís g. ayerbe

¿Cómo nació ‘Taxi’? Se aleja de la novela negra…

No quería hacer una novela negra. Había una historia que me interesaba mucho: el héroe que quiere volver a su casa pero que se distrae. No sabe bien dónde está su casa ni su corazón. Uno de mis libros favoritos es ‘La Odisea’ de Homero. Y hay una novela de un escritor que adoro, John Updike, que es ‘Corre, Conejo’…

También he visto, quizá, a John Fante y a su antihéroe Bandini.

Sí, claro, y Bukowski. Pensé en ‘Ulises’ de Joyce, ese personaje que intenta volver a a su casa y la curiosidad le puede. Y por otro lado quería escribir una novela que me permitiera hacer cosas que no había hecho hasta ahora.

¿Cómo cuáles?

Salir de determinados barrios, mezclar varias clases sociales, que la violencia no fuera tan importante en la novela. El taxi puede entrar y salir de todos esos sitios. Mi padre y mis dos abuelos eran taxistas. Yo de pequeño pensaba que el oficio de mi padre era genial: no tenía jefe, podía hacer lo que quisiera. Y una vez mi padre me dijo: «Mi oficio es muy duro porque en el fondo te da igual ir a un sitio que a otro y dependes de los demás». Me decía, además, que uno salía cada día y que era como una bola de billar.

¿Eso es lo que pasa en ‘Taxi’?

Claro. Sandino, mi protagonista, es un hombre que va a la deriva de sí mismo, quiere volver a casa pero no hay nada que le estimule lo suficiente, está medio bien y medio mal en todas partes. En el fondo el trabajo de taxista es ese.

Es como un Ulises urbano…

Sí, claro. Existe ese simbolismo: las mujeres son islas, las sirenas, las diosas, hay un caballo de Troya. La estructura de fondo es la estructura del mito.

Sandino se pasa la vida dando la vueltas con los otros y a la par está todo el rato dando vueltas alrededor de sí mismo.

Esa podría ser la definición de un taxista. El taxista es un símbolo de la ciudad y uno de los signos de la ciudad moderna es la soledad. Estás completamente desarraigado. Eres una máquina y la soledad es uno de los temas de la novela y uno de los temas que a mí me importan. La ciudad tiene el anonimato y la soledad por bandera, como atributos de la metrópolis. Y Sandino es un ser estrictamente solitario que vive dentro de su cabeza y que escucha historias todo el tiempo.

Hay una idea existencialista, no sé si vinculada a la fatalidad…

Yo quería hacer un personaje vulnerable cuya principal debilidad es que no se siente atado a nada. Le da igual estar con una mujer que con otra, hacer una cosa u otra. Y en este sentido sí que era de un existencialismo casi clásico. Ese es su drama. Lo que busca es encontrar algo o alguien que le ate, que puede fijar un sitio que puede identificar como su hogar. Y no lo encuentra. Claro que no.

¿Qué le han dicho los taxistas?

Les ha gustado. Sobre todo porque doy una imagen que no deja de ser una convención literaria: el taxista no es un trozo de máquina pegado a un asiento. Es un ser humano. De lo que más se quejan los taxistas es de la gente que sube al coche y se olvida de que ahí delante hay una persona. Como si fuera un mueble quien les llevase.

En esta novela exterior, desarraigada, es muy importante la familia: su esposa, la hermana, esa abuela desalmada…

Quería hacer una novela en la que hubiese muchas novelas. Y una de ellas es la novela familiar o de saga; son los lazos que le atan, minúsculos, pero los únicos que le retienen: la familia, el amor y la lealtad. Son los hilos muy deshilachados que aún le ayudan a no perderse en la ciudad. Abro otra vertiente hacia la novela social, de clase, donde rindo homenaje a Juan Marsé y a esa abuela que envenena a su marido.

¿Cómo vive la crisis catalana?

No soy independentista. Lo llevo de una manera muy estresante, porque ha sido la primera vez que no sabías qué podía pasar. Yo entiendo que dos millones de personas en la calle es un problema político, no policial ni judicial.

¿Ha perdido amigos?

No, pero sí que es verdad que hemos tenido que dejar de hablar del tema para seguir adelante.

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