Ocio y Cultura
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Los nuevos ganchos del Gancho

Tres nuevos bares regentados por jóvenes hosteleros se han incorporado en apenas dos años a la oferta de la calle de San Pablo. Y pronto abrirán dos tiendas de ropa ‘vintage’. Con el Sótano Mágico y los mercadillos, esta tradicional vía de Zaragoza se reivindica como el nuevo lugar que no hay que perderse.

Raúl Posac (izquierda) y Pablo Soler son los dueños de La Pollería, uno de los nuevos bares de la calle de San Pablo.
Raúl Posac (izquierda) y Pablo Soler son los dueños de La Pollería, uno de los nuevos bares de la calle de San Pablo.
Raquel Labodía

Es difícil disputar al de San Pablo, conocido popularmente como El Gancho, su condición de barrio con más solera de Zaragoza. En sus estrechas calles conviven vecinos de toda la vida con los nuevos zaragozanos, emigrantes llegados de todo el mundo en busca de una vida mejor. Un mapa humano poliédrico que, por desgracia, aún soporta la asignatura pendiente de acabar con ominosas bolsas de marginalidad y pobreza. Pero mostrando su cara más amable, el Gancho es sinónimo de tradición y, también, en los últimos tiempos, experimenta el empuje de nuevas generaciones empeñadas en llevar a ese microcosmos, situado en pleno centro, las maneras más novedosas de ocio y cultura, de comprar, de socializar, de vivir la ciudad...

Bares del Gancho

El bar Gilda, especializado en vinagrillos. Raquel Labodía

El Centro Las Armas, en la calle del mismo nombre, y sus espacios creativos, han sido hasta ahora el principal motor de este intento. Sus conciertos, sus restaurantes (uno abierto hace apenas dos meses en un solar antes abandonado) y sus mercadillos dominicales han devuelto a muchos zaragozanos al barrio (superando prejuicios, en algunos casos) e, incluso, otros muchos lo han descubierto por vez primera. Ahora, es la calle de San Pablo la que se reivindica como nuevo punto de encuentro. En apenas dos años, tres son los bares que han abierto sus puertas, todos, regentados por hosteleros jóvenes. Se agregan a la oferta ya existente (El Broquel, Los Faroles o La Columna, entre otros).

Horizonte cercano

Además, en el horizonte cercano abrirán dos tiendas de ropa ‘vintage’, una en la misma calle de San Pablo y otra, en la cercana Miguel de Ara. La de la calle San Pablo se llamará El Tupé Asesino, y estará especializada en  vinilos, ropa, decoración y ‘vintage’ en general centrados en los años 50 y en ese mundo lleno del mejor rock and roll y de ‘pin ups’. Y ahí están también el Sótano Mágico, que este mes cumple 3 años convertido en referente de la magia en la ciudad, y el local de los antiguos talleres eléctricos Coca, que, rehabilitados gracias al Festival Asalto de Arte Urbano, sirven regularmente de marco a diversos mercadillos consagrados al comercio local, como el Market Replace o el Mercado del Cierzo, que lleva ya dos ediciones.

Bares del Gancho

El bar Lo llevas Crudo. Raquel Labodía

De esta nueva hornada de bares de San Pablo el más reciente es La Pollería. Raúl Posac y Pablo Soler son sus dueños. Un proyecto pleno de consciencia y de conciencia que parte del amor por los garitos de toda la vida y que, incluso, ha traido a Soler de vuelta a la capital aragonesa desde un restaurante con estrella Michelin en Dinamarca, al corazón del Gancho. Soler, chef de profesión, lleva más de diez años trabajando en fogones de medio mundo. Ha pasado por las prestigiosas cocinas de DiverXo o del Fat Duck, y los últimos tres años, por las de Relae, en Copenhage. Su ‘partenaire’, Raúl Posac, ha dedicado los últimos años a formarse en el mundo de la cocina. Y cultivó su gusto por los bares con tradición en el blog ‘El guardabares’, un álbum de algunos de los más singulares y añejos de Zaragoza. Con estos mimbres, La Pollería conserva en su continente el carácter del Gancho, pero su contenido gastronómico aboga por "el nivel culinario, adaptado a un barrio".

Es huir del ‘gastropostureo’ una obsesión de Soler y Posac. Ajustan precios y tiran de productos cotidianos, que elevan a otro nivel con su toque personal. Experimentan con fermentados, salmueras o encurtidos, aplicados a higos, brotes de pino o la flor de saúco. Las conservas de calidad y los brioches rellenos son la columna vertebral de una oferta que pretende ser, sin embargo, variada y adaptada a nuevos gustos en el comer. Hay opciones veganas y atentas a las intolerancias alimentarias y una especial predilección por las verduras. Lo sostenible también forma parte del espíritu del negocio, con proveedores cercanos o pequeños emprendedores. En La Pollería se pueden probar medianoches al grill rellenas, por ejemplo, de mejillón con mayonesa de su salsa y kimchi blanco o de pollo asado desmigado con salsa casera picante y cebolla frita. En el bocatín se incluye como toque crujiente patatas fritas de una marca turolense.

Pero no hay que perder de vista el marco, que es pieza clave de la propuesta. El propio nombre, La Pollería, hace referencia a los ocupantes anteriores, unos polleros. Y casi tal cual se ha conservado el lugar: con los mismos azulejos, la poza y hasta el mostrador frigorífico que hace las veces de barra. La atmósfera ‘viejuna’ la completan la vajilla de duralex y las bandejitas de acero inoxidable.

Negocio en el local familiar

En el caso de Andrea Lledó, su predilección por el Gancho le viene de familia. En el local que ocupaba la tienda de muebles de su abuelo, esta joven inauguró en octubre Lo Llevas Crudo, que mantiene las puertas abiertas desde la hora del desayuno hasta la primera copa (con cuidados cócteles), incluyendo un menú del día por 9,95 euros. El 80% de lo que sirven es apto para veganos o se sirve crudo. Pero la oferta es amplia, tanto que también se organizan exposiciones y hasta sesiones de ‘open mic’ para amenizar el vermú dominical. Andrea prepara también un depósito de libros o sesiones de cine mudo. Su idea es que Lo Llevas Crudo sea "un espacio abierto al barrio, que nos ha recibido de maravilla, la mayoría de la clientela es de aquí", cuenta. "Pensaba que me iba a costar más", reconoce Andrea, quien ya está en contacto con otros negocios de la zona para planear cosas. El objetivo, dicen, no es montar otro ‘juepincho’, sino generar actividades que distingan la zona y atraigan público.

El tiempo da la razón

Muy buena también es la experiencia hasta la fecha de Pablo Chueca y Sara Ayllón al frente de Gilda, el templo de los vinagrillos en el Gancho que abrió hace año y medio. Ambos viven en el barrio y siempre decidieron apostar por él, a pesar de que algunos tildaron la idea de locura. Pero el tiempo les está dando la razón. Entre su parroquia hay vecinos, pero también gente que acude de propio. "Es una forma nueva de dar a conocer el barrio", defienden. Para ellos, la llegada de nuevos compañeros es una gran noticia, porque son propuestas complementarias que permiten establecer una ruta, como sucede en otras zonas.

Bares del Gancho

Una mañana de vermú en la calle de San Pablo. Aránzazu Navarro

Parte de esta nueva ruta es el Sótano Mágico. Pepín Banzo y Pepe Lirrojo son el alma de este rincón para la magia, donde es bienvenido tanto el público adulto como el familiar y donde también se encuentra un museo dedicado a los magos aragoneses que tiene enamorado, por ejemplo, al mentalista Anthony Blake. Banzo, que vive en el Gancho, cree que la zona arrastra injustamente un ‘sambenito’, que en absoluto responde a la realidad. "Como siempre he vivido en el barrio y nunca me ha pasado nada...", dice Pepín, quien añade: "Los locales que se están abriendo ahora están muy bien y creo que entre todos estamos haciendo una buena labor por el barrio". Su socio, Pepe Lirrojo, cuenta que hay gente que va al Sótano que "nos dice que hacía tiempo que no pasaba por el barrio". Para ellos, es estupendo que "la zona se mueva".

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