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Literatura

Ismael Grasa: “Mi supuesta frialdad pretende ser un modo de romanticismo”

Autor de 'El jardín' (Xordica), un libro compuesto por cinco relatos marcados por la búsqueda, la fuga...

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 04/12/2014 a las 12:06
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El escritor Ismael GrasaÓliver Duch

Ismael Grasa (Huesca, 1968) escribe con intensidad y a la vez con calma. Con sentido de la observación y con una lentitud que no es indolencia, sino confianza, hondura, sobriedad e inquietud. Emplea una prosa elegante y despojada. Alterna la ficción con los libros de viajes o con un volumen tan especial, casi una autobiografía de profesor de filosofía en el aula, como ‘La flecha en el aire’ (Debate, 2011).

En 2007 ganaba el premio El Ojo Crítico de Radio Nacional de España con su libro de relatos ‘Trescientos días de sol’ (Xordica), una de esas piezas un tanto minimalistas e inquietantes que definen su estilo. Y acaso su forma de estar en el mundo y en la literatura. Explica el autor: “Después de terminar ‘Trescientos días de sol’, durante algunos veranos seguí escribiendo relatos. Entonces los guardé, hasta que el año pasado decidí volver a abrir aquel cajón. Releídos, ciertamente vi que aquellos textos tenían un aire de familia con el libro de relatos anterior, pero a la vez apuntaban hacia otras direcciones, y eran más extensos y quizá más complejos, y entonces los corregí y los di al editor”. Este es el origen de ‘El jardín’ (Xordica. Zaragoza, 2014, 152 páginas), un libro compuesto por cinco relatos marcados por la búsqueda, la fuga, la rutina y una indecisa sensación de peligro, de extrañamiento o de perplejidad.

-¿Cuál sería la poética de ‘El jardín’?
-Supongo que parto siempre de alguna observación real, o de algún tipo de inquietud. Procuro que mis relatos tengan algo de verdadero, no tanto por reproducir alguna situación real, sino en la búsqueda de un sentido de la realidad. Supongo también que todos mis relatos son en cierto modo el mismo relato, pero ya decía Martin Heidegger (no soy lector suyo, pero valga la cita) que un poeta escribe siempre el mismo poema.


-Una de las características de su obra, casi en la línea de Pierre Michon, es la atención a las vidas minúsculas...
-Todas las vidas son en el fondo minúsculas y mayúsculas a un tiempo. Pero, ciertamente, como escritor me he venido ocupando en buscar algo mayúsculo en vidas aparentemente minúsculas, en lugar de relatar tramas o episodios vistosos.
Llama la atención que los personajes a veces parezcan un poco indiferentes, que se dejan ir sin más, que tienen algo de ‘Bartlebys’ de Melville y de ‘Merseaults’ de Camus o son un tanto kafkianos, por decirlo así...
Sí, ciertamente quizá me sienta más próximo de la melancolía de Bartleby que de la angustia de los personajes de Kafka. Pero, la verdad, procuro no pensar en la gran literatura cuando me pongo a escribir. Simplemente trato de contar mis historias. A propósito de esto Félix Romeo decía que a los malos escritores sólo se les puede comparar con los “grandes escritores”.

-¿Tienen algo que ver esas profesiones que ha elegido para sus personajes con usted?
-La verdad es que no siento que estén tan lejos de mi vida. En el fondo quizá me sienta culpable de haber acabado la carrera universitaria, y más si es de filosofía. En cierto modo un filósofo no es alguien que se presente a exámenes y saque un título. Hay algo de mí que quizá se quedó en el camino y que está en esos personajes de los relatos.

-¿Qué quería hacer con ese primer relato, ‘Instrucciones de verano’, la historia de ese adolescente al que su tía deja su casa?
-Supongo que trata del bien y el mal. Creo que de eso trata todo el libro, o al menos el comienzo y el final.

-Ese cuento tiene algo que abunda en sus ficciones: hay como un clima de terror que no se consuma luego.
-Practicar el terror como género es algo que no va conmigo. A veces bordeo esa línea, pero no la sobrepaso. Lo mío es la vida cotidiana, que en sí misma incluye todos los géneros imaginables.
Con el segundo texto, ‘El vigilante’, se acerca a los personajes extraños y a las raras compañías...
El protagonista del cuento es alguien que lee textos complejos sobre lógica y ocupa su mente en pensamientos profundos mientras trabaja en sus turnos de vigilancia, mientras que a los ojos de los demás es una especie de idiota.

-El tercero, ‘Reflejo nocturno’, y el cuarto, ‘Huellas de jabalí’, son cuentos de indecisas relaciones de pareja. ¿Por qué el amor parece estar como amortiguado, resultar un tanto frío o ser de baja intensidad?
-No creo que se trate de un amor frío o de baja intensidad. Es la intensidad de la que son capaces esos personajes desamparados y alejados de los convencionalismos. Mi supuesta frialdad en realidad pretende ser un modo de romanticismo.

-¿Cómo nació esa inquietante historia de un jardinero en Garrapinillos que parece meterse en la boca de una extraña secta?
-El relato trata, si lo pienso, sobre el proselitismo, que es algo aborrecible. Un joven intenta ser captado por una organización religiosa, pero al final, de algún modo, él es quien capta a su captador, quien salva a su salvador.

-¿Cuál es su idea del cuento? ¿Qué le debe a Chéjov y a Natalia Ginzburg, por ejemplo?
-La vía del relato que inventó Chéjov lleva un siglo existiendo y no envejece porque se apoya en un sentimiento profundo de compasión y de humanidad. Y sí, autoras como Natalia Ginzburg o Flannery O’Connor están entre mis preferidas.

-Hay en sus textos un rechazo, por decirlo así, al énfasis e incluso a los finales espectaculares, efectistas o sorprendentes. ¿A qué obedece eso?
-Es mi versión de la buena educación, aunque no a todo el mundo tiene por qué convencer.

-Es usted un cronista de lo cotidiano. ¿Qué le atrae de lo real?
-Si la realidad me fuese indiferente no me dedicaría a escribir. Escribir o leer, tal y como yo lo entiendo, no es escapar de la realidad, sino un intento de vivirla con mayor intensidad. Los libros son una parte importante de la vida, no el fracaso de la vida.

La ficha

[‘El jardín’. Ismael Grasa. Xordica. Zaragoza, 2014. 152 páginas. El libro se presenta este jueves, a las 20.00, en la Librería Antígona en compañía del escritor Rodolfo Notivol.]




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