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Aventuras de verano / 5

"¿El primer beso? Ella era guapa pero su boca sabía a un tabaco muy fuerte"

Antonio G. Iturbe (Casetas, 1967) es escritor y periodista cultural. Dirige la revista ‘Qué leer’. Creador del Inspector Cito y autor de ‘La bibliotecaria de Auschwitz’ (Planeta, 2012), reside en Barcelona desde muy joven.

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 05/07/2013 a las 10:32
5 Comentarios
Antonio G. Iturbe, con Dita Krauss, la mujer judía que inspiró 'La bibliotecaria de Auschwitz'

-¿Qué hace un escritor y director de una revista literaria como ‘Qué leer’ en verano?
-Pasar frío. Como en España somos tan exagerados para todo, en la oficina al entrar en una farmacia o coger el metro está el aire acondicionado tan a todo taco que se te enfrían hasta las ideas. Yo he estado en Islandia, en Noruega y en Rusia, pero el lugar del mundo donde he pasado más frío ha sido en un cine en España en el mes de agosto. Falta medida.


-¿Dónde suele veranear?
-En Galicia, cerca de Ferrol, en una aldea de interior en un alto donde se da la vuelta el viento. Algo de playa, algo de montaña y doble ración de empanada de bonito.

-¿Cuáles son sus canciones preferidas del verano?
-La canción del verano de raza aquella que se te graba en la cabeza y salta como un resorte en los momentos más inesperados de tu vida, años y décadas después. A mí me pasa con una de Rafaella Carrá que decía ‘Para hacer bien el amor hay que venir al Sur’. Estuvo un verano entero sonando en una de aquellas máquinas de discos que funcionaban con monedas del ambigú de la playa de la Barceloneta de Paco el Gamba.

-¿Qué hace diferente al resto del año?
-En las vacaciones en Galicia perfecciono hasta el virtuosismo el arte de la vagancia. Arrastro toneladas de libros para ponerme a leer al aire libre y, al final, es cuando menos leo. Me pongo a contar nubes como si fueran ovejitas y me quedo dormido.

-¿Cuál ha sido el viaje de verano de su vida? ¿Y la ciudad?
-Recuerdo de manera borrosa, siendo muy pequeño, la primera vez que viajamos desde Barcelona a Sant Feliu de Guíxols, en la Costa Brava. Son ciento y pico kilómetros y hoy día con las carreteras actuales, se recorre en menos de hora y media. Pero entonces, el recorrido a través de la carretera de curvas que unía Lloret con Tossa y después Tossa con Sant Feliu me pareció larguísimo e inquietante. La ciudad veraniega fetiche para mí es Playa de Aro. El sueño de los chicos de los apartamentos era cumplir 18 años para tener un coche de segunda mano e invitar a una chica a ir a Playa de Aro, al Tiffany’s o al Pachá.

-¿Le queda algún recuerdo nítido de Casetas?
-Tengo imágenes como fogonazos. Recuerdo el horno de pan de mis tías en la calle de la Parra. Me llamaba la atención que la puerta (era panadería y vivienda) siempre estaba abierta, que no paraba nunca de entrar y salir gente: que se mezclaba la tertulia de las vecinas, el ruido de un ensayo de rock duro porque en aquella casa todos eran muy músicos, una moto desmontada en el patio donde se apilaba la leña... yo que venía de Barcelona, donde no ibas a casa de alguien si antes no te invitaban, toda aquella ebullición me resultaba fascinante. Y el olor inolvidable de aquel horno, donde se hacían las mejores magdalenas que nunca haya vuelto a gustar: con harina, muchos huevos y sobres de gaseosa El Tigre.

-¿Cómo fue la primera vez?
-El primer beso fue durante unas vacaciones. Antes estas cosas siempre pasaban en verano. Ella era guapa pero fumaba Ducados, y su boca tenía un sabor muy fuerte a tabaco negro. No fuimos más allá del beso ni del verano. Con las primeras lluvias de final de agosto desapareció de mi vida como una bonita voluta de humo.

-¿Cuáles han sido sus ocupaciones más raras?
-Hice suplencias como vigilante nocturno en un garaje: toda la noche despierto en una garita de cristal, escuchando a Carlos Pumares o rayando hojas de papel. Un verano me fui tres meses a trabajar de pizzero a Ibiza a un chiringuito de playa. Descubrí que el secreto de la sangría que servían y que tanto gustaba a los extranjeros era el toquecillo que le daba el sudor de los camareros.

-¿Qué le ha dado ‘La bibliotecaria de Auschwitz’ (Planeta)?
-Mucho trabajo, descubrimientos personales, muchas satisfacciones por la reacción de los lectores y la eterna insatisfacción de pensar que debería haberlo hecho mejor.

-¿Cuál ha sido el gran personaje, real o imaginario, de sus veranos?
-Recuerdo con mucho cariño los días, cuando la única actividad extraescolar era la calle, que pasé con los Cinco, con los Siete Secretos... todos aquellas aventuras extraordinarios de Enid Blyton. También el Jupiter Jones de los Tres Investigadores, una serie que me encantaba.

-Es también un escritor de libros infantiles y juveniles del Inspector Cito. ¿Qué busca con su redacción?
-Lo primero que busqué con los libros infantiles fue ver sonreír a mis hijos. La idea de esta serie surgió porque mi hijo Darío cuando lo acostaba por la noche me pedía la lectura de un cuento. De los apuntes que tomaba aquellos días para luego explicárselas por la noche surgieron Los casos del Inspector Cito: se trataba de armar una historias completas, con un caso a resolver y sentido del humor. Yo es que crecí con Mortadelo y Filemón. Ahora que Darío ha crecido es mi otro hijo más pequeño, Néstor, el que me hace de lector y crítico y me ayuda a pensar las historias.

-¿Cómo se ve Aragón desde fuera, desde Cataluña?
-Parece mentira que estemos tan cerca pero, al menos en Barcelona, Aragón es un gran desconocido. Aquí nadie sabe lo que son unas borrajas. Todo el mundo sabe lo que es el sushi o el pollo teriyaki, pero si les hablas de guirlache suena a chino. Por mucho que se esfuerce la denominación de origen, nunca he visto en un menú la palabra “ternasco”. De Teruel se conoce “el torico” y de Zaragoza, El Pilar, y para de contar.

-¿Cuál es la mejor anécdota veraniega vinculada a su profesión?
-No sé si es la mejor o la peor. Cuando cursaba cuarto curso de carrera me surgió la ocasión, gracias a mi padre, de hacer unas pruebas en el diario ‘El Mundo Deportivo’ para coger redactores en prácticas durante el verano de 1990. La prueba consistió en redactar un artículo con el tema Barcelona y las Olimpiadas. Y, rebosante de una osadía bastante zopenca, largué un encendido manifiesto en el que explicaba con ahínco que las Olimpiadas eran un monumento a la hipocresía, etc. Despedido antes de empezar. Con los años he ido a peor, me he hecho más hipócrita.


  • EL MAÑO DE CASTEFA08/07/13 00:00
    Pues yo en Castelldefels compro borraja y ternasco en CAPRABO-EROSKI.
  • José Nocito06/07/13 00:00
    En Barcelona se venden borrajas y cardos y se conocen perfectamente. Es gratuita esta afirmación. El que desconoce a Cataluña y a los catalanes es el..
  • ejeano05/07/13 00:00
    Este hombre va bien , pero está equivocado. Cuando los ejeanos que colonizaron la Nissan de Barcelona llegaron, dijeros: lo primero que vamos a hacer es apuntarnos a catalanes e imponer la borraja. Y lo han conseguido.
  • maribego05/07/13 00:00
    Ni de ccoña los catalanes saben lo que es la borraja,ni el ternasco,lo siento pero no cuela
  • Pepitillo05/07/13 00:00
    Las decenas de miles de aragoneses y sus descendientes que viven en Barcelona, saben perfectamente que es la borraja, excelente verdura allá donde las haya; y muchos catalanes conocen bien Aragón, más bien parece que este escritor no conoce ni Barcelona ni Cataluña ni a los catalanes.


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