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Cultura

Pablo: una historia de amor

Sergio del Molino publica ‘La hora violeta’ (Mondadori), donde cuenta la muerte de su hijo.

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 20/03/2013 a las 10:29
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El escritor Sergio del MolinoOLIVER DUCH

“Me he propuesto no llamar niño al niño. Ni crío, ni chaval. Puede ser que cachorro sí, pero no en este libro. No inventar seudónimos, no usar iniciales. Sólo Pablo. Sólo su nombre”. Así arranca ‘La hora violeta’ (Mondadori, 2013), la novela de Sergio del Molino (Madrid, 1979), colaborador de HERALDO, que narra un período de casi catorce meses: desde que al niño Pablo Del Molino Delgado, con diez (“ni siquiera un año de deslumbramiento”), le descubren una leucemia muy agresiva hasta que fallece cuando se acercaba a los dos años. 

El libro está dividido en cuatro tiempos: ‘A partir de aquí, monstruos’, que sería la crónica de una pesadilla, un descenso al infierno y también un viaje casi sonámbulo a la esperanza; ‘La noche de Saskatoon’ es una de esas fugas de la novela: el escritor reflexiona sobre la desesperación y el dolor y a la vez habla de música, de los libros de Lobo Antunes, de esa ciudad fría y ventosa de 224.000 de Canadá, y elogia y retrata a las oncólogas. Dice: “Las oncólogas pediátricas –nuestras oncólogas pediátricas- se enfrentan a una enfermedad desnuda, cuyo horror no se amortigua con cuentos ni con fábulas religiosas o morales. Ante ellas tienen a un niño desvalido que, en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera es consciente de que algo le está matando”.

La tercera parte, ‘Las naranjas de la sangre’, aborda cuando a Pablo lo trasladan a Barcelona, donde va a ser objeto de un trasplante de médula, donado por una niña francesa; esa estancia le permite al narrador recordar su niñez a orillas del mar en Valencia (Del Molino habla con su hijo: “Te llevaré a la playa donde fui chaval para que tú lo seas también”) y asomarse a la playa del Somorrostro, la playa de Carmen Amaya y la película ‘Los Tarantos’. Esta parte tiene una emoción familiar especial y varios conatos de humor: Sergio y su hermano Pedro establecen un código muy hermoso de complicidad y de afecto al calor de unos cuantos gin tonics; Sergio visita a su amigo Javi, que ha vivido en carne propia ese estado de ‘Devastación’ que es la enfermedad. E inclus el narrador y padre asiste, enternecido, a un divertido episodio: la enfermera María consigue que Pablo aplauda el himno del Barcelona.

‘La hora violeta’, la cuarta parte que da título al conjunto, es un capítulo muy importante, que contiene, entre otras cosas, una declaración de admiración a Francisco Umbral y a su libro ‘Mortal y rosa’, que empezó siendo un libro sobre la paternidad y un diario íntimo y acabó siendo una elegía, y que está muy presente aquí. Del Molino dice: “Yo, como Umbral, deliro y hablo con mi hijo por los rincones de mi casa y por las calles de mi ciudad. Yo, más nadie en este mundo, sé de lo que habla ‘Mortal y rosa’”.

Un libro sobre el horror

Sergio del Molino ha escrito un libro sobre el horror que se instala de golpe en nuestras vidas. Sobre las noches en vela, con bocadillos anémicos y el cansancio en todos los poros. Sobre la enfermedad, la incertidumbre y el destino. Sobre la orfandad de los padres. Una de las frases que se repite a menudo es “tengo ganas de llorar”, o se describe el llanto inesperado que asoma en cualquier instante. Es un libro donde suena la música de Leño, Barricada o Ryan Adams; donde se habla de las novelas de Francisco Casavella, del oficio de escribir, del periodismo y de la amistad. También anda por ahí Joan Didion, que escribió sobre la muerte de su marido en ‘El año del pensamiento mágico’. Sergio del Molino alude a Susan Sontag, que decía que la enfermedad “está llena de metáforas, y que el mejor modo de permanecer sano en ella es ignorándolas o destruyéndolas”, y concluye: “El cáncer ha sido cubierto por un montón de capas metafóricas que hacen casi imposible su comprensión. No su comprensión médica, sino la social, la que afecta a quienes la sufren”.

‘La hora violeta’ es un libro que defiende la ciencia, la sanidad pública y los héroes inadvertidos los de los hospitales. Y es, por encima de todo, una constante declaración de amor a la vida, a Pablo y a Cris, la madre del niño, que es en la sombra el otro gran personaje del libro: “Es nuestra guardiana. Al custodiar a Pablo me custodia a mí también. Es el fuego de mi lar. Sin ella, Pablo y yo habríamos sucumbido hace tiempo al frío. Ambos estaríamos podridos y devorados por los buitres”.

Sergio del Molino ha escrito una de esas novelas que marcarán, más que probablemente, para siempre su destino como padre, como escritor y como hombre. El libro está dedicado a su segundo hijo Daniel Del Molino Delgado, “con el deseo y la esperanza de que su hermano [Pablo] no se convierta en un fantasma ni en un cuento de terror”.




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