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Cine

Un 'Amor' inolvidable

Michael Haneke explora, con precisión, desgarro y belleza, la relación de una pareja de octogenarios que une a dos leyendas del cine, Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant.

Fotograma del film
Un 'Amor' inolvidable

Michael Haneke es alemán, de Munich, donde nació en 1942, pero se considera un cineasta austriaco. Sus padres –Fritz, actor y director; Beatrix, actriz austriaca- se separaron pronto y se él se formó en Viena. Antes de ser cineasta, fue crítico de cine. En los años de su infancia y adolescencia tuvo una tía que puso fin a su vida y que inspiraría, muchos años después, su película ‘Amor’: una de esas piezas donde habla el silencio, el dolor, la enfermedad y el amor. Ese amor que da título a una película especial: dolorosa, casi insoportable en su minuciosidad, conmovedora en su ternura. Haneke tiene fama de director duro, incluso violento, capaz de abordar cualquier conflicto emocional de modo descarnado y a la vez con una lentitud estudiada. Intenta ser fiel a sí mismo, ser coherente, y su violencia tiene algo de violencia íntima e irritante que emerge de la conciencia. Entre otras películas firmó ‘Funny games’, ‘La pianista’ (con Isabelle Huppert, que trabaja en ‘Amor’) o ‘La cinta blanca’, con guión de Jean-Claude Carriére

‘Amor’ es un formidable poema visual. Todo está medido: el encuadre, que a veces parece registrar el friso de época de un apacible matrimonio parisino más o menos burgués, dedicado a la música; los objetos, los libros, los lienzos de paisajes que presentan el barrido del cielo, una amenaza de tormenta; la cocina, los sillones, las composiciones de Schubert (tocadas aquí por Alexandre Tharaut, que da vida a sí mismo), el juego de puertas, que tienen algo de escenografía vinculada a la día del tránsito: ‘Amor’ es, en el fondo y en la superficie, la preparación del camino del adiós. Es el abismo que llega de súbito, la irrupción del sufrimiento. Y hay también una ventana abierta: a ella se asoma el esposo, por ella entra una enigmática y suavísima paloma que, según los títulos de crédito, ha contado con un adiestrador.

Amor’ es una película sobre la relación de dos octogenarios, vinculados a la música. Ambos asisten a un concierto de un alumno de ella, Anne, que es Alexandre Tharaut. Y poco después, al volver a casa, sufre un infarto, que le dejará inmovilizada la parte derecha de su cuerpo, aunque, de entrada, no su buen humor. La situación se agrava paulatinamente, y Haneke, con sosiego pero con intensidad, con esa mirada escrutadora y precisa, va contando qué ocurre. Cuenta una compleja historia sobre la pérdida de autonomía, sobre la memoria que se vuelve borrosa; narra cómo ella, una espléndida Emmanuelle Riva, va perdiendo los asideros con la vida y no se adapta a la silla de ruedas ni a las lagunas del olvido y de la inmovilidad. Y, a la vez, ‘Amor’ desarrolla como él, Georges, Jean Louis Trintignant, se vuelve cómplice, se entrega hasta el límite, hasta la desesperación y quiere ser fiel a una promesa que marca la evolución de la película. Le cuenta historias, es bonito pensar que dos personas no acaban de conocerse y nunca lo saben todo del otro; le da de comer, la limpia, la mira con los acuosos ojos del enamorado que se da cuenta de que aún no se lo ha dicho todo a su amada. El dolor, la piedad y el amor se alían de una manera casi inefable, hermosa y brutal a la vez.

Haneke se ha enfrentado al adiós a la vida y a la abrupta vecindad de la muerte con lucidez, con un enorme talento, con su manejo habitual del tiempo, que a veces parece el tiempo de un sueño, y con un respeto increíble que va más allá de la verosimilitud. Suele definirse como un realista que indaga en el lado oscuro del ser humano. ‘Amor’ es una película inolvidable que explica otro de los problemas acuciantes de nuestro tiempo: la dependencia. La película es candidata, con absoluto merecimiento, a cinco Oscars. Si pueden verla en versión original, en los Aragonia, mejor. Suena el francés suave y preciso de un guión muy trabajado.

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