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Literatura

Extracto de 'Noche de los enamorados'

Portada de 'Noche de enamorados'
Publican la novela póstuma de Félix Romeo
HA

'Noche de los enamorados. Félix Romeo'. Mondadori. Barcelona, 2012. 140 páginas. [Fragmento de la página 76 a las 82. Cuenta el ingreso de Félix en la cárcel, por insumiso, y el encuentro con Santiago Dulong, que acababa de matar a su mujer en la calle Barcelona, del barrio de Las Delicias.]

He pasado la noche en la celda de ingreso, solo y asustado, leyendo los grafitis de las paredes hasta que han apagado la luz a las once de la noche, y ahora es martes 14 de febrero de 1995, San Valentín, el día de los enamorados, y estoy en la cárcel, donde seré «el escritor», y algunos presos me pedirán que les «escriba» las instancias, en las que solicitan información de la pena que les queda por cumplir, solicitan un permiso de fin de semana, solicitan una comunicación con su abogado, solicitan un vis a vis con su mujer o solicitan que informen a su madre de que van a ir al hospital a que les curen.

Y, después de dejar las mantas y el resto de las cosas encima de mi litera, tengo que ir a visitar a los miembros de la «junta de tratamiento», que tendrán que decidir sobre el grado en el que voy a empezar a cumplir la condena.

Los grados son los escalafones carcelarios: primer grado, para los presos peligrosos, con restricciones de movimiento incluso dentro de la prisión; segundo grado, para los presos corrientes, temerosos e integrados en el funcionamiento normal de la cárcel, y tercer grado, para los privilegiados que pueden disfrutar de unas horas fuera de presidio mientras van a trabajar.

El primer miembro de la «junta de tratamiento » que tengo que visitar es el psicólogo.

En su despacho.

Tiene nombre, pero no en mi memoria.

Quiere que haga unos tests que no hago.

Me dice que ya sabía que no los haría.

Me trata como si yo formara parte de un grupo perfectamente clasificado, una especie animal.

Me trata con distancia, como si yo fuera un potencial agresor.

Luego, me cuenta historias de su servicio militar. Algo relacionado con un burro.

Me dice que es de Valladolid.

Me pregunta a qué me dedico.

Le digo que soy escritor y le enseño un montón de papeles: 'Dibujos animados', algunos otros libros en los que he participado, cartas de los directores de los periódicos y revistas y editoriales con los que colaboro.

Mira los papeles con poca atención y afirma que no tengo un contrato laboral firme, y eso, me dice, dificulta un poco las cosas.

Durante un minuto no sabe qué decirme.

Aunque todavía piensa que pertenezco a una especie zoológica, ahora ya no sabe a cuál.

Yo tampoco digo nada.

Al regresar a la celda, el funcionario que me abre la puerta me presenta al hombre que está sentado en una silla baja, ante una mesa, coloreando con pinturas de madera una fotocopia con el dibujo de unos nazarenos en una procesión.

No interrumpe inmediatamente su trabajo.

Acaba de colorear una zona, y sólo entonces me dedica su atención.

Tengo la sensación de estar ante un ser indefenso, desvalido, un discapacitado intelectual.

Me pregunto qué tipo de delincuente puede ser: ¿un falsificador?, ¿un timador?, ¿un carterista?, ¿un contable creativo?, ¿un perista?, ¿un traficante?, ¿un chantajista?, ¿un político corrupto?, ¿un hombre de paja?

Lleva gafas de pasta.

Tiene un bigote blanco y gris, cuidado.

Tiene el pelo blanco y gris, cuidado.

Lleva una chaqueta de lana fina gris.

Y una camisa de cuadros.

Quizá es blanca.

El funcionario no pronuncia su nombre.

Dice: «Tu otro compañero».

Sólo cuando el funcionario cierra la puerta, mi otro compañero se levanta de la silla y estira su mano derecha hacia mí.

Su tacto es blando. La mano es pequeña. La mano de alguien que no ha vivido de un trabajo físico.

Es un hombre pequeño, y ahora en mi recuerdo todavía es más pequeño.

Me mira desde detrás de las gafas con una mezcla de curiosidad y de asco.

Asco y curiosidad.

Y quizá temor a causa de mi aspecto: pelo largo y greñudo, una chaqueta de lana negra y gruesa y más de ciento veinte kilos de peso.

Me dice que se llama Santiago Dulong.

Es la primera vez que oigo su nombre.

Le digo que me llamo Félix Romeo.

No tiene muchas ganas de hablar, pero se ve obligado a hacerlo porque cree que he llegado para amenazar sus privilegios.

Me dice que él ha dormido hasta ahora en la litera de abajo, pero que, si quiero, puede dormir en la del medio, que es donde yo he dejado las mantas, la almohada, el lote de aseo con papel higiénico, cuchillas de afeitar, jabón, mi mochila.

Le digo que me parece bien la litera del medio.

Me dice que podríamos cambiar, si quiero; pero me advierte que tiene un problema de próstata y que si escojo la cama de abajo me molestará varias veces por noche: «Cada vez que me levante, te molestaré para bajar y todavía te molestaré más para subir, porque no tengo demasiadas fuerzas para encaramarme hasta la litera del medio».

Dormir, para Santiago Dulong, es una auténtica tortura.

Se levanta para intentar mear sin poder mear.

Esa noche, y todas las demás noches que pasaremos en la misma celda, comprobaré que la información que me dio no era una mentira para quedarse con una cama mejor: se levanta tres, cuatro, cinco, seis y ocho veces cada noche.

Nunca le oigo mear, pero sí le oigo quejarse, y, muchas veces, lanzar un aullido agudo que trata de reprimir, avergonzado.

Como si tratara de mear una flecha del escudo de Falange.

La vergüenza domina su comportamiento.

Nunca oigo el chorro de la orina, pero sí le oigo cagar.

Y le veo mirar sus heces, porque se lo ordenó el médico desde que le detectaron su problema de próstata.

Antes, nunca se le habría ocurrido mirarlas.

Se limpia el culo y antes de echar el papel en el agujero mira las heces. Anota en un papel lo que ha visto: blanda o poca o con manchas de sangre o una flauta que flota.

Cuando vaya al médico tiene que llevar sus hojas de la mierda.

Es difícil que pueda ver sus heces en ese agujero.

Yo no quiero cambiar de litera, pero Santiago Dulong quiere marcar territorio, como si se hubiera acostumbrado muy rápidamente a cierto código carcelario.

Le pregunto por qué está en la cárcel.

Él siente que ha vencido una batalla, y sus suspicacias se han disuelto.

Me dice: «Maté a mi mujer».

Me dice: «La estrangulé con mis propias manos».

Me dice que antes intentó cortarle el pelo con una tijera, mientras peleaban.

Luego, vuelve a empezar la historia, con más orden.

Es una mujer y está tirada en el suelo.

Se llama María Isabel Montesinos Torroba y tiene mechones de pelo por la cara, por los labios, en los párpados y dentro de la boca y pegados a la lengua, porque la muerte le ha llegado antes de que pudiera escupirlos.

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