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¿Por qué nos empuja el cierzo?

José Ramón Marcuello, Carmen Ibáñez y Sergio Breto publican ?El viento en Aragón? (DGA), que abarca desde la mitología hasta la energía eólica.

El Viento en Aragón
¿Por qué nos empuja el cierzo?

José Ramón Marcuello Calvín es el biógrafo del Ebro, un experto en las aguas y sus circunstancias, y un apasionado de los vientos. Cuando comenzaba el verano, aparecía el libro ‘El viento en Aragón’, para cuya redacción ha contado con dos compañeros de viaje: la profesora de lengua Carmen Ibáñez y el ingeniero industrial Sergio Breto. Juntos, viajando de aquí para allá y rastreando en los manuales, en los libros de Jordán de Asso y Arnal Cavero o en el diccionario de Rafael Andolz, han elaborado un volumen que intenta abarcarlo todo: desde la mitología griega, con la sugerente figura de Eolo, “el rey supremo de los vientos” y también “el moderador”, hasta la energía eólica.

Eolo se erige desde las primeras páginas como un dios fascinante, capaz de moverse con la velocidad de los caballos y capaz de fecundar a las yeguas. Tuvo seis hijas y seis hijos que se casaron entre sí, y está muy vinculado al mito de la caja de Pandora. Los cuatro vientos cardinales –Boreas (norte), Euro (este), Noto (sur) y Céfiro (oeste)- gobiernan el tiempo atmosférico, el ‘orache’, y sus efectos; a menudo, esos vientos se volvían mugientes y maléficos y para mitigarlos había que realizar oraciones, sacrificios, ruegos, conjuros, rogativas, algo que en Aragón forma parte de la tradición popular y que justifica la proliferación de esconjuradores e incluso de refugios para aventar.

En el volumen el cierzo está siempre ahí: ya decía Catón que “el cierzo cuando hablas te llena la boca, derriba un hombre armado y carretas cargadas”. Su nombre deriva de ‘circius’ por su movimiento circular; en otros lugares se llama mistral o tramontana; el cierzo arrastra a esas literarias capitanas, de denominación exclusiva en Aragón; para Rafael Andolz su nombre “le viene por tener las espinas en forma de estrella”. Los autores insisten en que “los vientos determinan el destino económico de Aragón”, y analizan un sinfín de circunstancias y peculiaridades: el impacto popular, donde se narra por ejemplo la historia de “los langostos de Abizanda”, se habla del ‘fagüeño’, que sería el céfiro antiguo o ‘favonius’, de la navegación a vela o de algunas tareas domésticas como los trabajos de las aventadoras o las trilladoras.

Aragón, en contra de lo que pudiera creerse, también ha sido un territorio de molienda eólica, y aún ahora se conservan, entre otros, dos estupendos molinos de viento que parecen salidos del Quijote: el de Ojos Tristes y el de Malanquilla, pero también los hubo en El Bayo, Luna, Tabuenca, Sestrica o Bujaraloz, y ahí siguen como reliquias del pretérito. La parte final se cierra con un análisis minucioso de los parques de aerogeneradores. Sergio Breto dice: “Es un fututo que ya ha comenzado a ser realidad: el poder disponer de energía eólica a la carta, es decir, no cuando sople el viento sino cuando necesitamos la energía”. William Blake escribió: “La energía es delicia eterna”. El viento es una forma decisiva de energía y de vida, con su propio museo en La Muela, y en Aragón admite muchos matices y nombres: puede ser balaguera (bochornera o calma chicha), bernera (viento amable), puerto o gabacho (viento del norte en Serrablo y Jacetania), alacán o alaniés (viento huracanado), el garbí (necesario para navegar por el Ebro y el Cinca) o bosa (viento del Noroeste). El libro lleva muchas fotos de los autores y de importantes fotógrafos de la naturaleza.

El viento en Aragón. José Ramón Marcuello, Carmen Ibáñez y Sergio Breto. DGA. Zaragoza, 2011. 238 páginas.

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