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ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE LABORDETA

Memoria del Trovador de Aragón

Se cumple un año de la muerte del escritor, profesor, cantante y político José Antonio Labordeta (1935-2010).

Labordeta, en una actuación en la Transición.
"Una persona afortunada, amante de este país"
ARCHIVO HERALDO

José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935-2010) se ha quedado para siempre entre nosotros. Es difícil encontrar en el último siglo en Aragón a un personaje tan querido, tan admirado, con el que identificarse tan plenamente. Labordeta fue un mito de carne y hueso en vida y es un mito más allá de la muerte: tenía la facultad de comunicarse con la gente, de entender el paisaje y el paisanaje de manera especial. Y eso le permitió ser un cantor del pueblo: un cantor cuanto entonaba sus melodías y sus himnos, un cantor que reclamaba libertad, justicia social y compromiso con los desheredados del mundo, un cantor cuando se ponía Aragón entre sus banderas rotas, y un cantor cuando se encerraba en su despacho con la añoranza a cuestas, y le salía, como a borbotones, el poeta lírico: el hombre que dejaba de ser adusto para cantar el amor, el mar y las historias menudas de su ciudad.

No es fácil resumir a Labordeta. Uno de los primeros en intentarlo fue José-Carlos Mainer en aquel volumen dedicado a Los juglares en el sello Júcar. Y el último, o mejor dicho, el penúltimo, fue Antonio Pérez Lasheras, editor de su poesía completa en Eclipsados. Labordeta le debe muchas cosas a sus orígenes y a su formación: fue un niño nacido un año antes de la guerra y marcado por su origen familiar, la atmósfera del Mercado Central –así se llama su libro póstumo, centrado en una colección de retratos de amigos mayores que él, de compañeros del Niké y de escritores y amigos que frecuentaban Casa Emilio, que publica Xordica con ilustraciones de Luis Grañena-, el palacio sombrío y misterioso de los Gabarda o la presencia del río Ebro, donde vio morir a uno de sus amigos, como contaba en ‘Cuentos de San Cayetano’ (Xordica).

A José Antonio le marcó el ambiente familiar y el influjo de su hermano Miguel, “un poeta de posguerra” en el sentido más amplio del término. Miguel le acabaría contagiando el gusto por la lírica, aunque ambos son muy distintos. Frente al poeta expresionista y metafísico que es Miguel, José Antonio es un poeta del hombre inscrito en el paisaje y de lo cotidiano, sin excluir los juegos de palabras.

Las estancias en Francia y en Teruel serían determinantes: aquel joven profesor de Historia pasado por el Niké (donde coincidió con Manuel Pinillos, Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, Rosendo Tello, Fernando Ferreró, Julio Antonio Gómez, Rey del Corral...) se haría cantante y cofundador de ‘Andalán’, y a la vez se metía en política, escribía libros de viajes, componía novelas, y empezaba a ser uno de esos ciudadanos de compañía de la vida de los otros. José Antonio estuvo en el PSA, en Izquierda Unida y en la Chunta; en el fondo era un radical de izquierdas, un dialéctico con ideales al que no le resultaba fácil acomodarse en formación alguna.

Fue un cantautor de referencia de Aragón y de España hasta mediados los años 80. Luego, se convertiría en otro modelo de profesional y ciudadano desde la televisión con ‘Un país en la mochila’, donde ofreció la visión de la plural e inagotable España con un estilo directo y sencillo que todos entendían. Labordeta, en ninguna de sus facetas, se las dio de nada: tenía el verbo justo, la mirada afable, una calidez que podía parecer tosca pero que llegaba de inmediato. Más tarde, en esa incansable tarea de reinvención que siempre llevó a cabo con naturalidad, regresó a la política con Chunta: fue diputado en las Cortes de Aragón y diputado, durante dos legislaturas, en el Congreso de los Diputados. Allí fue un hombre apasionado, lúcido, batallador, un defensor de las libertades, airado en ocasiones, impulsivo, pero siempre trabajador. Llamó la atención por su honestidad, sin duda, también por una bronca que abrió los telediarios y porque metió la poesía contra la guerra en el diario de sesiones. La historia también ahí lo recordará como un personaje decisivo del Aragón contemporáneo.

Cuando sintió que era el momento de dejar esa tarea, siguió haciendo cosas: soñando canciones, contando historias, redactando sus memorias (ahí están títulos como ‘Banderas rotas’, que había redactado para La Esfera de los Libros, ‘Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados’ o ‘Regular, gracias a Dios. Memorias compartidas’, escrita desde la percepción del cáncer), conversando con los amigos, leyendo la prensa. José Antonio Labordeta ha sido un testigo y un protagonista de su tiempo; se decía perezoso y no paraba. Y ahí está su ingente producción, abierta como un huracán en tantas direcciones, en tantas emociones.

El cáncer precipitó su adiós hace ahora exactamente un año. Pero jamás perdió el coraje, ni el humor, ni se sintió derrotado. Se abrazó a los suyos –a su familia, a sus amigos, a esa corriente inmensa de afecto a la que se había hecho acreedor- y resistió con dignidad, con lucidez y con entereza. Poco después de su marcha se iría, contra pronóstico y en otro regate de la fatalidad, su hermano menor Donato, aquel hombre apacible que estuvo al pie del cañón en su casa y en el palacio de la Aljafería junto a su hermano. En ‘la casa de la alegría’ una muchedumbre conmovida y llorosa despidió a una criatura que dudó, contradictorio e impulsivo en ocasiones, a un hombre de acción, al trovador de Aragón que entonó la palabras de la tribu, ‘Somos’, y el himno de como mínimo una inmensa minoría que no es sino ese ‘Canto a la libertad’ que el parlamento aragonés ni siquiera ha querido debatir. Habría sido, cuando menos, un hermoso y simbólico modo de reconocer su tarea, su magisterio, y habría sido un homenaje a un demócrata y a un incansable batallador de un Aragón nuevo que nos ayudó a ser un poco mejores, le votásemos o no, leyésemos o no su obra literaria o escuchásemos sus canciones. Él jamás pasaba lista.

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