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ESPECTÁCULOS

En la guarida del dragón

Abizanda se convirtió, casi por azar, en la sede de la Casa de los Títeres fundada por los Tirititeros de Binéfar. Gracias a ella, este pueblo recibe más visitas en un mes que varios museos de Zaragoza.

Erase una vez un pueblo con un alto torreón de piedra por el que se peleaban moros y cristianos. Un día, Dragoncio, un estrafalario dragón colorado, se plantó allí. No era muy grande, y de fiero... regulín, pero se llevó consigo a todos sus amigos, una pintoresca legión: diablos italianos y alemanes, un elefante con cabeza de calabaza, exóticos tipos de ojos saltones, largos dientes y uñas afiladas, elegantes señoritas orientales con cara de porcelana, sombrías siluetas de pájaros y humanos, e incluso una vaca un poco loca... con ruedas. Y en ese pueblo siguen, recibiendo a los visitantes. Si no me creen, vayan a Abizanda y pregunten a cualquier vecino.

O a Angélica, la niña ucraniana de 10 años que baja por la cuesta en bicicleta y saluda a Paco Paricio, de los Titiriteros de Binéfar, como si fuesen viejos amigos. Ella lleva tres veranos viniendo desde Kiev a pasar las vacaciones en Abizanda, donde hace unos años Paricio y Pilar Amorós -su mujer y compañera titiritera- rehabilitaron dos viejas casas y fundaron allí una acogedora guarida para sus títeres: la panda de Dragoncio, el protagonista de uno de sus espectáculos.

A Paco le gusta subrayar el origen popular, humilde, de los títeres. Descubrir aquellas casas en venta les dio la oportunidad ideal de ligar allí, literalmente, sus títeres al pueblo: al entorno físico y a la gente. A los poco más de 130 vecinos de Abizanda se suman cerca de 4.000 personas que van cada agosto a su Casa de los Títeres, animando las viejas calles y a los más ancianos, encantados de ver jugar a los chiquetes y dispuestos a servir de guías turísticos si se tercia.

Con Paco y Pilar llegó a Abizanda algo más que una cohorte de muñecos. La Casa de los Títeres incluye un teatro, una sala de exposiciones, un escenario al aire libre en la era y una vivienda de tres habitaciones que se ha convertido en albergue para artistas de todo tipo que, como el japonés Eizo Sakata -su más reciente inquilino-, han trabajado en el lugar.

«¿Cómo sacarías las piñas de la botella sin romper ni la botella ni las piñas?». El acertijo, que Paco plantea a Angélica, tiene que ver con una de las obras de Sakata. Le da una pista: «Cuando las metió, estaban verdes». Como una ardilla, el japonés recogió piñas e hizo con ellas varias de sus creaciones. También dejó una especie de rosa de los vientos de piedras taraceando el suelo herboso de la era.

 

La vida (y el teatro) es juego

Paco y Pilar han empezado esta semana sus funciones estivales en Abizanda (hay otras para escolares en mayo y junio), y en cuanto aparecen, empiezan los saludos. En la plaza, sentadas en la terraza del bar L'Atalaya (también restaurante con menú donde probar, por ejemplo, el yogur de oveja con miel de Abizanda), tres mujeres los saludan: «Hace días que os estábamos esperando», les dicen sonrientes.

Ellos, que han recorrido más de medio mundo y acaban de estrenar en Pirineos Sur su montaje 'Vida', hecho con adolescentes de una escuela de circo de Rabat (Marruecos), son felices de poder ofrecer en este pueblo sus espectáculos como «un rito del teatro completo»: la función empieza y acaba fuera del teatro, jugando y charlando. Porque entienden los títeres, sobre todo, como un acto de comunicación. Una ficción compartida y festiva que contiene grandes verdades -«a los niños les gusta lo pofundo», afirma Paco-, historias tradicionales y músicas que hablan de nuestro pasado, de lo que sentimos, de cómo cambia el mundo.

Como el pregón de Pilar antes de las funciones, donde aparece la casera Simona, que vivió en la casa donde contruyeron su teatro, o el 'Bandido cucaracha', un «Robin Hood aragonés» real que ellos convirtieron en títere hace años y ahora devuelven a los escenarios.

En el salón revestido en madera, con ventanas al valle, donde las marionetas expuestas esperan a los visitantes, Paco señala una vitrina llena de sonajeros con caritas. Dice que «el primer títere es el sonajero», con el que «una madre comunica a sus crío lo que no puede con palabras». En Madrid, cuenta, hallaron «el eslabón perdido» que lo confirma: un sonajero de plata con cara de Polichinela.

Al otro lado, hay un gatito en un cesto. «Este le gusta mucho a los niños», dice. Es una marioneta antigua de guante que cobra vida cuando alguien mete una mano. Hay muchos más, como tres muñecas mexicanas que al tirar de un cordel amasan, lavan o remueven una pala en una olla, o una 'muerte' de trapo con una simpática calavera, que se acciona con un palo.

Los más contemplativos, pueden apreciar bonitos teatrillos ingleses, franceses, belgas o españoles de cartón y madera que ellos han ido recuperando en rastrillos y anticuarios. «Este es como el que tenía Ramón Acín, cuya hija Katia fue la primera directora del instituto de Binéfar», detalla Paco. Muestra también transparencias de linterna mágica que resumen en ocho imágenes 'La bella durmiente' y 'Blancanieves', y un Cinelín, cuyos rodillos pasan una historia dibujada en papel que se ilumina por detrás con una vela. El 'home cinema' de antes de la electricidad.

 

«Más gente que en el Bernabéu»

Llega la hora del espectáculo, los niños dejan de jugar con los títeres y el público se reúne ante la puerta del teatro. Un padre mira el número de su entrada: el 34.600. Confuso, porque la sala solo tiene un centenar de localidades, pregunta a un amigo qué número lleva él. El otro se ríe y le dice «es que aquí viene mucha gente, más que al Bernabéu». Y de muchas partes: se oye hablar catalán, francés, alemán... Una señora de Perpiñán se queda sin sitio, pero no duda en reservar para otro día, porque su hijo de 2 años se quedó «alucinado» cuando vio una función de los Titiriteros en Barbastro. Y es que, ya lo dice Paco, «el público que viene a Abizanda es muy especial».

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