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Ocio y Cultura

LETRAS

Avidez intelectual, avidez sexual

Mondadori rescata los diarios de juventud de Susan Sontag, preparados por su hijo David Rieff.

Caricatura de Susan Sontag
Avidez intelectual, avidez sexual

Avidez’ intelectual como avidez sexual» es la frase que cierra esta selección de los diarios tempranos, escritos entre sus catorce y sus treinta años, de Susan Sontag (Estados Unidos 1933-2004), y resume muy bien el contenido de las páginas que la preceden, que están entre las mejores que escribió. Y eso teniendo en cuenta que su hijo, David Rieff, sin mentir al lector, porque lo advierte en el prólogo, ha editado ‘Renacida’ como mejor ha considerado: ha quitado muchas entradas y ha recortado otras, ha quitado el nombre de algunas personas y ha puesto el punto final cuando ha creído conveniente (que no es en 1964, pese a la espectacular errata de la cubierta, sino en 1963).

‘Contra la interpretación’ o ‘Sobre la fotografía’ o ‘El sida y sus metáforas’, entre sus ensayos, o ‘El amante del volcán’, entre sus ficciones, considerados como sus libros más relevantes, son mucho menos interesantes que estos diarios, que, aunque jamás quiso sacar a la luz, fueron el comienzo de su escritura, mucho antes de que pensara en escribir ficciones o ensayos, y el espacio en el que mostraba con total desnudez su intimidad y su sufrimiento. En ‘Contra la interpretación’, artículos redactados al mismo tiempo que las entradas de los años 60 de ‘Renacida’, se ve el interés que despertaban en Susan Sontag los diarios de escritores: escribe por extenso de los de Cesare Pavese y de los de Albert Camus, y cita a menudo los de Kafka, Gide o Kierkegaard. A propósito de los de Pavese, reflexiona sobre el género: «¿Por qué leemos un diario de escritor? ¿Porque ilumina sus libros? Porque en él leemos al escritor en primera persona; nos encontramos con un ego desprovisto de las máscaras de ego». Y luego sigue: «El diario nos presenta el taller del alma del escritor».

Así son los diarios de Susan Sontag: muestra su ego desprovisto de las máscaras del ego y enseña el taller de su alma. Lo del alma puede parecer exagerado, pero lo cierto es que Susan Sontag estaba muy preocupada por las cuestiones espirituales: judía, y sensible las atrocidades del nazismo, exploraba otros cultos, en especial las diferencias entre catolicismo y protestantismo pero también las antiguas religiones griegas y romanas o el gnosticismo, y todo ello se materializó en su docencia universitaria sobre sociología de la religión.

Pero el taller del alma del escritor ocupa una parte muy pequeña de los diarios de Susan Sontag, mucho más centrados en su ego sin máscara. Desde las primeras entradas, se cuestiona su sexualidad: el escaso deseo que le despiertan los hombres y la atracción por las mujeres; su sorprendente matrimonio en los años 50, del que nacerá su hijo David, que como no podía ser de otra manera terminó pronto y muy mal, y sus relaciones con Harriet Sohmers Zwerling y con la pintora cubana Irene Fornés, que tampoco funcionarán mucho mejor. El sexo está íntimamente relacionado con su escritura. A finales de 1959, escribe: «El orgasmo concentra. Deseo escribir. La llegada del orgasmo no es la salvación sino, además, el nacimiento de mi ego. No puedo escribir hasta no encontrarlo. La única escritora que podría llegar a ser es la que se expone a sí misma... Escribir es gastarse, es apostarse». En ‘Contra la interpretación’, se sorprende de la ausencia de vida verdadera en los ‘Carnets’ de Camus, y le reprocha que no escribiera de su familia, de sus matrimonios; en los que ella escribía estaba todo ello, y también, y en eso sí se parecía a Camus, ella solitaria: su aversión a la ducha, su fascinación por la belleza física, sus fantasías («esclava», «puta», «violación» y, una sorprendente, por lo que sufrirá en su vida con la enfermedad, «examen médico»), sus sueños...

Susan Sontag no podía desligar el sexo y el intelecto, aunque entre ellos encontraba diferencias, como señala en una nota de septiembre de 1962: «Mi lectura es acaparamiento, acumulación, almacenamiento para el futuro, para llenar el hueco del presente. El sexo y la comida son gestos totalmente diferentes –placeres en sí mismo, para el presente—no están al servicio del pasado y del futuro. No les pido nada, ni siquiera memoria». ‘Renacida’ muestra una vida a menudo desgarrada y también la forma en la que explora todo lo que la cultura le puede ofrecer: la música, el cine, la literatura, el arte... Susan Sontag quería leerlo todo, verlo todo, oírlo todo, saberlo todo, tocarlo todo. Y esa bulimia, aunque llena de melancolía, me encanta.

Muchas veces la lectura de los diarios es árida, desprovistas las entradas de un contexto muy definido, pero en esa aridez está Susan Sontag más presente, y mejor, que en toda su obra. Y dentro del libro, una esquemática autobiografía de varias páginas, a la manera del ‘Je me souviens’ de Georges Perec, donde la vemos de niña: con un arco y unas flechas que le regaló su abuelo, llorando porque no le dejan ver el Llanero Solitario en la tele o comiendo el restaurante chino Sonny’s del boulevard Queens.

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