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ARTE

Hallazgo de un Ribera secreto en el Pilar: 'El martirio de San Lorenzo'

El Pilar pagó a Ribera 10.000 sueldos jaqueses, un precio fabuloso en el siglo XVII. El zaragozano Jusepe Martínez visitó a Ribera en Nápoles en 1625 y Ceán Bermúdez, amigo de Goya, constata en 1800 el 'Martirío de San Lorenzo' de Ribera, en el Pilar.

El cuadro 'El martirio de San Lorenzo', que ahora está siendo restaurado en el Prado.
Hallazgo de un Ribera secreto en el Pilar: 'El martirio de San Lorenzo'

Siempre me ha desconcertado que en Zaragoza no hubiera buenos cuadros del Siglo de Oro. Jusepe Martínez cedió su taller zaragozano al propio Velázquez, para retratar a una dama joven, y visitó a Ribera (1591-1652) en Nápoles hacia 1625, ambas noticias las cuenta con «ruda pluma», según el propio autor, en sus 'Discursos de la pintura', editados por Julián Gállego en 1950. Camón Aznar traza la semblanza de Ribera en su tomo de la pintura barroca de la enciclopedia 'Summa Artis', y no menciona la existencia de un Ribera en el Pilar. Tampoco el profesor Torralba menciona nada de Ribera en su libro sobre el Pilar, sí sobre el tríptico de Alejo Fernández, o el 'Ecce-Homo' del manierista Potenciano de Palermo, los dos cuadros más notables del templo.

El misterio de este cuadro guadianesco de Ribera en el Pilar es un enigma digno de Holmes. Sus sucesivos eclipses a lo largo de los siglos resultan absolutamente inexplicables. En la 'Guía de Zaragoza' de 1860, editada por Vicente Andrés, se habla de un Ribera en la sacristía de la capilla de San Lorenzo. Gascón de Gotor, en su libro sobre 'El arte en el Pilar', 1940, dice lo siguiente: «Del siglo XVII conserva el templo un magistral lienzo de Jusepe Ribera, 'El martirio de San Lorenzo'. La factura o estado de esta pintura es de gran vigor, aunque ha ennegrecido bastante. Esta pintura ya figuraba en el templo anterior».

Pero el testimonio más fiable de este cuadro, a mi entender, nos lo facilita Ceán Bermúdez -buen amigo de Goya- en su 'Diccionario histórico de profesores de Bellas Artes' de 1800. En su artículo sobre Ribera nos informa sobre el cuadro del Pilar: «Zaragoza, catedral del Pilar. El martirio de San Lorenzo en la sacristía del santo, que estaba antes en su altar». Esto quiere decir, que Ceán lo pudo ver a fines del XVIII, y por supuesto, que Goya conocía ese cuadro de toda su vida. Ribera y Goya tuvieron una misma afición, la pasión por el grabado. Cuando pintó la cúpula del Pilar, en 1781, Goya tenía el cuadro de Ribera en la capilla de al lado. El San Lorenzo de Goya en la cúpula del Pilar lleva casulla. El posible homenaje a Ribera se percibe mejor en la figura recostada de San Sebastián, justo en la dirección de la capilla de Ribera. Qué bien entiendo ahora la frase de Goya, «en acordarme de Zaragoza y de pintura, me quemo vivo». En la sacristía de la capilla de San Lorenzo se reunía el Capítulo de beneficiados del santo oscense, que contaba con grandes recursos en el siglo XVII, los suficientes como para encargar un lienzo al joven Ribera, convertido en una lumbrera en la Roma barroca de Caravaggio.

 

Estancia temporal en San Carlos

El canónigo archivero del Pilar y la Seo, Tomás Domingo, me comentó que el cuadro de Ribera estuvo en San Carlos desde las obras del Pilar en 1929 y regresó hace una decena de años, gracias al canónigo Eduardo Torra. El propio don Tomás llevó enrollado el lienzo en una carretilla hasta el Pilar. Ahora el cuadro ha viajado a los talleres de restauración del Prado, para salvar su pátina romana o napolitana del siglo XVII. El Museo del Prado va a dedicar este año -de abril a julio- una exposición a 'El joven Ribera', una etapa poco conocida del pintor español de Nápoles. Según Nicola Spinosa, especialista italiano en Ribera, el biógrafo Giulio Mancini escribe que en 1620 trabajaba en el 'Martirio de San Lorenzo', muy conocido por numerosas réplicas de dudosa autoría y copias antiguas. En su catálogo de Ribera, Nicola Spinosa insertaba la diminuta foto en blanco y negro de un 'Martirio de San Lorenzo', con el número 278, con una composición única, que es la conservada en el Pilar de Zaragoza. Pero el argumento visual del cuadro no lo he podido conocer hasta obtener una buena foto en color. Recia odisea que hoy comparto con gusto con todos los zaragozanos. El hallazgo de una obra maestra de Ribera no se produce todos los días. Los detalles del cuadro son fascinantes. Un centurión con coraza acecha a San Lorenzo, tendido sobre la parrilla. Un esbirro atiza las ascuas y parece ayudar al mártir a girarse en la parrilla. «Dadme la vuelta que por este lado ya estoy asado», dijo Lorenzo con zumba celestial, si la leyenda es cierta. Los versos latinos de Prudencio, nacido en Cesaraugusta, recogen ese pasaje. Lo que nos parecía un hermoso ángel amparando al mártir oscense, en la mísera foto de Spinosa, resulta ser nada menos que el emperador Valeriano coronado de laureles. El emperador señala la estatua del dios Júpiter, armado de un haz de rayos en su diestra. Si Lorenzo abjura de sus creencias cristianas y adora al dios pagano Júpiter, salvará su vida. La escena se completa con tres cabezas de personajes menores. Un soplón agazapado como un gato aviva las ascuas de la parrilla.

La técnica del Caravaggio y del primer Ribera, reside en un contraste brutal entre la luz y las tinieblas. Los rostros emergen de la sombra como si aflorasen de una caverna o espelunca. La cruda luz violenta rasga la oscuridad como un alfanje de plata, haciendo de partera sobrecogedora de la realidad más banal o vulgar. Su virtuosismo en las texturas de la piel y suntuosos tejidos producían un hechizo irresistible. Recibió encargos de Ámsterdam y cabe pensar que su influjo llegó incluso al joven Rembrandt. «La pintura de Ribera -escribe el profesor Gállego- reúne armoniosamente todos los pintores admirados por Velázquez: Tiziano, Tintoretto, Caravaggio, Guercino, Rubens..., pero con cierto énfasis, con cierta rudeza, con una sombra de vulgaridad, con un atisbo de convención». La fama de pintor bronco pervive en la crítica romántica francesa, que lo consideraba un pintor sanguinario de torturas sádicas. Sabemos que alguna dama se desplomó al contemplar un santo desollado vivo o un gigante pagano devorado por fieras. De esa etapa romana destacan las alegorías de los 'Sentidos'. Le siguen la 'Crucifixión' de Osuna, un encargo del Virrey Osuna de Nápoles en 1618.

El cuadro de Ribera del Pilar es todo un misterio. Nunca ha sido reproducido en una buena fotografía en todo el siglo XX, enigma digno de reflexión. ¿Pertenece a esta primera etapa de Roma y los inicios de Nápoles? En un registro parroquial de Via Margutta, Roma, convivían con el joven Ribera dos pintores mozos de Zaragoza, Juan Calvo y Juan Coraldo, entre abril de 1615 y marzo de 1616 (Georgia Mancini, 'Ribera' 2004). Es la primera conexión conocida entre Ribera y nuestra ciudad. Causa extrañeza que Jusepe Martínez no mencione en sus 'Discursos' -redactados hacia 1660- el cuadro de Ribera en el Pilar. Ahí empiezan los silencios y ocultamientos incomprensibles del cuadro, sus eclipses.

El canónigo archivero Tomás Domingo me sugirió buscar un texto de Mario de la Sala Valdés, erudito del siglo XIX, presidente de la Academia de San Luis. Fue menester apechugar varias tardes en la hemeroteca de la revista 'El Pilar', y por fin, pude encontrar el artículo de Sala Valdés, en un número extraordinario dedicado al Pilar, de mayo de 1905. «En la sacristía -de la capilla de San Lorenzo- se venera un cuadro del 'martirio de San Lorenzo', lienzo precioso, aunque muy mal tratado, de José Ribera el Españoleto, que estaba en el templo antiguo desde que el Capítulo le adquirió por precio de 10.000 sueldos jaqueses». Es un dato de gran valor, pues demuestra que Sala Valdés exploró a fondo los archivos del Pilar. El precio fue fabuloso, lo que significa que el precoz pintor se cotizaba ya muy alto en su mocedad. Ribera cobraba cien ducados por figura en los cuadros de su vejez, de modo que el cuadro del Pilar costó, al cambio de sueldos jaqueses a ducados, unos 500 ducados, por cuatro figuras principales y una estatua pagana. Velázquez cobró 100 ducados por su Baco o 'Los borrachos'.

 

Obra primeriza

La iconografía de nuestro cuadro es única y puede ser de la etapa romana entre 1613 y 1616, cuando convivió con los pintores de Zaragoza en Vía Margutta. Su aire caravaggiesco hace pensar en una obra primeriza, el esbirro que azuza las brasas emana un aroma prevelazqueño. El color más llamativo del lienzo es un rosa violáceo desvaído que quizá recupere su esplendor original con la limpieza del cuadro. El torso alabastrino del santo es digno de Tiziano o el Greco. Sin duda, nos hallamos ante una obra maestra del Siglo de Oro, que a partir de ahora, será el cuadro más valioso del Pilar. Queda por dilucidar el año exacto de su compra, acaso en la época del virrey Juan José de Austria, que pasó un decenio en Zaragoza como virrey de Aragón, 1669-77, y fue retratado por Ribera en 1648, como virrey de Nápoles. Su devoción fue tanta que su corazón fue enterrado en el Pilar. ¿Explicaría esto el silencio de Jusepe Martínez, prólogo de muchos otros?

Las medidas del cuadro son 144x188 centímetros, y nuestra fuente nos ha confirmado su autenticidad. Quiero agradecer aquí la colaboración y generosidad de todas las personas que me han ayudado en tan ingente tarea, plagada de adversidades, en especial la obtención de la fotografía en color, previa a la restauración. El fabuloso cuadro de Ribera -un tesoro oculto durante cuatro siglos en el Pilar- reaparecerá en todo su esplendor de texturas y viveza de colores en la exposición 'El joven Ribera' que se inaugurará el 6 de abril próximo en el Museo del Prado.

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