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JOSÉ LUIS BORAU

"Los aragoneses defendemos poco nuestras cosas, y así nos luce luego"

El cineasta aragonés, autor de películas como 'Furtivos' o 'Tata mía', asegura en esta entrevista que ya no volverá a dirigir. Desde la distancia, la nostalgia y el cariño, rememora su infancia en la Zaragoza de la posguerra.

José Luis Borau sigue enamorado de la Zaragoza de su infancia y de su arquitectura.
"Los aragoneses defendemos poco nuestras cosas, y así nos luce luego"
ENRIQUE CIDONCHA

José Luis Borau (Zaragoza, 1929) es desde hace tres años presidente de la Sociedad General de Autores y Editores. "Soy como los Reyes, que reinan pero no gobiernan -matiza-. Pero me quedan ocho meses. Yo ya no estoy para ser presidente de nada. Estoy muy viejo y muy cansado". Su despacho en la institución tiene pequeños detalles que delatan su origen, como un retrato de la actriz aragonesa Teodora Lamadrid, que rescató del olvido en un sótano.

Lleva más de 50 años viviendo en la capital de España. Usted ya es madrileño...

No. Yo me considero aragonés, y eso no tiene vuelta de hoja.

¿Cómo ve a Aragón desde la distancia? ¿Qué problemas tiene?

Los mismos que el resto de las comunidades. Ahora bien, tengo que decir que, desgraciadamente, no ejercemos como aragoneses. Defendemos poco nuestras cosas, y así nos luce luego.

Pues hubo un tiempo en que había 'lobby' aragonés en Madrid.

Sí, pero de eso hace mucho. En el siglo XVIII Aragón contaba con personalidades muy fuertes. Hoy no tenemos tendencia a agruparnos y defendernos. Hay un ejemplo claro, y es el fútbol. Viene el Zaragoza a jugar a Madrid, y los aragoneses que vivimos aquí no nos sentimos convocados, no nos llamamos los unos a los otros para ir al campo, lo que sí ocurre entre los gallegos cuando viene el Depor, por ejemplo.

¿Existe un 'carácter aragonés'? ¿O es un tópico?

Para bien o para mal, sí existe. Es verdad que nos caracteriza la sinceridad, la honradez, la falta de recámara y de maquiavelismo... Pero esa no es toda la verdad. En nuestra Historia también tenemos traidores de tomo y lomo.

Se nos ha acusado de insolidarios.

Eso no tiene ningún fundamento. Más bien sucede lo contrario. El aragonés no es acogido con reserva en ningún lugar de España, lo que se dice de nosotros suele ser agradable y, en cierto sentido, disfrutamos de una especie de 'leyenda blanca'. Lo que pasa es que no nos sirve de nada.

Usted es un enamorado de Zaragoza. De la Zaragoza de su infancia, claro.

Cuando tenía 7, 8 o 9 años, era muy feliz, recorría toda Zaragoza solo y me la conocía muy bien. Ahora no tanto. Me gustaba mucho la arquitectura. Estalló la guerra civil cuando yo tenía seis años, y estaba dibujando una ciudad completa, con hospitales, escuelas... Me sentía atraído en secreto por cosas de las que no participaban mis amigos, como el Rincón de Goya. Estaba enamorado de él, aunque mucha gente, en aquella época, decía que era arquitectura 'de cajones'. Después de la guerra la Sección Femenina lo convirtió en una especie de cortijo andaluz y me pareció un disparate. Hablé con todos los alcaldes de Zaragoza para que lo remediaran... Me gustaba mucho la parte de atrás de la Seo o el barrio del Gancho. Me subía solo a los tranvías y vivía intensamente la ciudad. Pero por dentro: mis amigos no lo sabían. Siempre he llevado una doble vida, porque yo era muy pedante, y me sujetaba para que no se notara.

Ha cambiado mucho Zaragoza...

En todo, hasta en cosas mínimas... Mire, hace 20 años tuve la oportunidad de comprarme el 'Diccionario de voces aragonesas' de Borao. Y, hojeándolo, tuve la sensación de que toda mi infancia se ponía en pie, porque allí aparecían palabras que solo había utilizado en la infancia. Y en casa las empleábamos con naturalidad. Fíjese por ejemplo en esta: 'dendaloso'. ¡Qué palabra tan bonita! Quiere decir 'dubitativo'. Hoy dices 'dendaloso' en Zaragoza y te miran mal.

En la capital aragonesa fue por primera vez al cine. ¿Recuerda la película?

No. A mí me llevaban mucho al cine Actualidades, que era una sala muy moderna. Recuerdo también haber ido al estreno de 'Nobleza baturra'... A mi padre le gustaban mucho las fieras y me llevaba a ver las películas de 'Tarzán'. La primera película que me impresionó de verdad fue una alemana de la que no recuerdo el título. Era de un circo en el que se declaraba un incendio. El protagonista abría las jaulas para que los animales no se quemaran vivos, y un león le daba un zarpazo. Una chica se arrancaba un trozo del viso para vendarle y a mi aquello me produjo una pequeña conmoción, medio erótica, medio moral... Bueno, cuando empecé a ir al cine de verdad fue en el Bachillerato. Iba a los programas dobles y repetía. En el Salón Doré y el Goya no los había, pero en el Frontón Cinema y el Circo, en verano, sí.

Empezó a acariciar la idea de ser director de cine...

No fue fácil, no fue fácil. Me obligaron a estudiar Comercio, Derecho... Yo, mientras estudiaba, ya sabía que eso no lo iba a utilizar nunca o que, si lo hacía, iba a ser un completo desgraciado. Recuerdo que mis padres, cuando me sorprendían leyendo a las tres de la madrugada, me gritaban: "¡De los libros vivirás tú!". Nunca llegaron a ver una película mía, se murieron en la convicción absoluta de que yo era un fracaso de persona.

Empezó a mirar el cine con otros ojos cuando tomó la crítica cinematográfica en HERALDO. ¿Cómo recuerda aquella época?

Fue maravillosa. Zaragoza entonces tenía una sesión que no la había en ninguna otra ciudad española, la de 5 a 7. Los lunes, que era el día de estreno, yo iba a esa sesión, y luego a las de 7 a 9, 9 a 11 y 11 a 1. Y volvía corriendo al periódico. Ni siquiera me dejaban corregir las críticas porque no quedaba tiempo; prácticamente me las arrancaban de la máquina de escribir y se las llevaban a componer. Me encantaba el olor de la linotipia. En HERALDO me lo pasé muy bien, aunque mi padre estaba indignado, porque volvía a casa a las dos de la madrugada. Con las críticas de cine empecé a tener disgustos, porque el gobernador civil protestaba al HERALDO diciendo que me metía mucho con el cine español, que era poco 'patriótico'. Pero en el periódico no solo escribí de cine, también de pintura, arquitectura... Entrevisté a Carmen Laforet, a Hemingway... Fui el primero en hacerle una entrevista a Pablo Serrano cuando regresó a España.

Se fue a Madrid, estudió cine, empezó a dirigir... ¿Qué es para usted una buena película?

La que recuerdas, la que quieres, la que acabas recurriendo a ella para explicarte la vida. La que te ayuda a seguir tirando. Lo que no sé es cómo se consigue eso... Mire usted, el cine ha cambiado todo dentro de nuestras cabezas, ha uniformado la imagen de los seres humanos y nos ha creado un acervo imaginativo común, de tal manera que yo puedo estar hablando con un japonés y, si le digo: "Era un tipo como John Wayne", sé que va a entender lo que quiero decirle. Estoy escribiendo un libro en el que reflexiono precisamente sobre todo esto. Hemos acabado soñando gracias a las películas, y la gente que va mucho al cine sueña más y mejor.

¿Se puede hacer buen cine con censura?

La censura ha sido la gran castradora del cine español de mi generación. Además de cruel, era estúpida. Pero con censura se puede hacer buen cine, porque fustiga la imaginación de los autores. 'Furtivos' se hizo engañándola. Uno ya sabía que no tenía presenar los guiones que iba a rodar. Y, aún así, querían hacer 32 cortes. La censura, por desgracia para la Humanidad, ha sido total y general; a veces por razones políticas, a veces por cuestiones morales. Donde no hay censura se hacen películas que, donde la hay, ni siquiera se pueden soñar.

¿De cuáles está más satisfecho?

Mis películas no me gustan, y las de los demás aún menos. En realidad, no quiero ni hablar de ellas, porque he sufrido mucho haciéndolas. No las vuelvo a ver nunca, solo cuando no me queda otro remedio. Y es que soy muy cobarde y veo mis defectos mejor que nadie. Hay cosas que me gustaría borrar de mi biografía.

Desde hace bastante tiempo se le oye hablar de proyectos, especialmente de un guión que elaboró con Rafael Azcona. Pero no se pone detrás de una cámara. ¿Volverá a dirigir?

Ya no haré más películas. Tengo 81 años, estoy baldado, y dirigir una película es uno de los ejercicios físicos más fuertes que hay. Rodar equivale a fracasar. Por eso, cuando tienes una idea, tú mismo te resistes a llevarla al cine, porque esa idea maravillosa que tú tienes en la cabeza es imposible plasmarla fielmente. Y es que no todo depende de ti, en una película interviene mucha gente. Al final acabas sorprendiéndote a ti mismo levantándote por la mañana para hacer algo que sabes no es lo que tu querías. Pero cuando una película está en marcha, no hay nada ni nadie que la pare. Pero yo ahora, aunque pudiera, no haría una película, ni siquiera la del guión de Azcona, que me gusta mucho. Estoy muy viejo por fuera y viejísimo por dentro.

¿No ha perdido fuelle el cine de hoy?

Es totalmente superficial. Peca de insustancial, incluso cuando se pone trascendente. Yo siempre he intentado que dentro de cada una de mis películas hubiera otra, que en realidad era la que me interesaba a mi hacer, la de dentro. En el cine de hoy todo es dinero... Bueno, siempre lo ha sido, pero los que hacían antes las películas eran los directores, no los productores. El cine se ha industrializado mucho: antes, tú ibas a Hollywood y todo el mundo quería ganar dinero, pero se sentían muy orgullosos de su trabajo. Escritores como Faulkner o Scott Fitzgerald escribían guiones para el cine. Se buscaba lo mejor aunque fuera caro. Ahora se busca lo más rápido, lo más barato. En realidad, en las películas solo creen los directores y los espectadores: los demás las hacen por oficio. Y de oficio. Éste es para mi el 'evangelio' cinematográfico.

Pero algo del cine español actual le gustará, ¿no?

No lo conozco en profundidad. Antes veía lo bueno, lo malo y lo regular, y ahora solo veo una película cuando me invitan. Me gustan las de Isabel Coixet, por ejemplo. O la primera película de Jaime Rosales ('Las horas del día'), que está hecha de espaldas a la industria pero no de espaldas a sí mismo.

¿Le ha dado muchas puñaladas el mundo del cine?

Las imprescindibles... No me puedo quejar.

Usted no habrá dado ninguna. Todo el mundo está de acuerdo en que es un hombre bueno.

Lo de ser bueno y afable no ha sido mérito mío, sino de mi familia. Mi padre y mi madre eran personas particularmente bondadosas y afables, y yo soy una copia en malo de ellos. Maldad también tengo, pero la oculto. Y aún la ocultaba más de niño, cuando mi principal defecto era la soberbia, el considerarme superior a los demás porque sabía más cosas que ellos. Luego, con los años, descubrí que no eres mejor que nadie por saber más cosas.

¿Piensa Borau en la posteridad?

No. No me gusta hablar de ella, además, porque la tengo demasiado cercana.

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