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PINTURA

Rubens, el espectáculo de vivir

El Prado exhibe su colección del sensual pintor, la mayor del mundo.

Aspecto de la presentación de la muestra de Pedro Pablo Rubens.
Rubens, el espectáculo de vivir
EFE

Hay pintores que pierden cuando su obra se apila. Es el caso de El Greco, cuyos cuadros requieren ser destripados con la mirada centrada en la tela, y si es posible a la distancia adecuada. Otros, en cambio, ganan si se les observa como eslabón de una cadena: en conjunto, como si cada uno de ellos fuera la parte de un todo coherente y único. Es lo que ocurre con Rubens. Sobre todo con los cuadros que Pedro Pablo Rubens (1577-1640) pintó a partir de 1630, en plena madurez como pintor pero con el alma rejuvenecida por su reciente matrimonio con Helena de Fourment, una joven de 16 años, a la que tomó como modelo en unos cuadros llenos de color, de volúmenes, de carnalidad y de sabiduría.

El Prado ha tenido la feliz idea de exhibir la casi totalidad de sus fondos sobre el maestro de Amberes. La mayor colección mundial sobre quien gozó de gran prestigio en vida, y alternó la pintura con los negocios, el estudio de los clásicos con la política. Noventa cuadros expuestos con apenas unos centímetros de distancia entre ellos en dos salas surgidas de la ampliación de Rafael Moneo. Ordenados temporalmente y con una austeridad expositiva que recuerda a un taller de pintor o a un gabinete de coleccionista. 360 grados de pintura de una calidad contrastada al ser creada por encargo o seleccionada para formar parte de la colección de un rey: Felipe IV.

Están representadas las etapas más importantes de la carrera de Rubens: su viaje a Italia (1608-1609), en donde se empapa de la pintura del Renacimiento y de los modos clásicos (a esta época corresponde el monumental ‘Retrato ecuestre del Duque de Lerma’, 1603, con el que se abre la exposición: la figura del duque no esconde su deuda con el Greco, ni el caballo la traza de Leonardo); su nombramiento en 1609 como pintor de corte del archiduque Alberto y la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, que tan buen gobierno ejercieron en los Países Bajos del sur; la colaboración con Jan Brueghel el Viejo o con Van Dyck y Frank Snyder, inaugurando un concepto casi industrial de la producción pictórica para satisfacer a la burguesía emergente del XVII; el regreso a España -1628-1629- cuando conoce a Velázquez y se empapa de la obra de Tiziano; su marcha a Inglaterra -1629-, en donde introduce el barroco, y por fin su matrimonio con Helena de Fourment. A partir de entonces, un Rubens de 56 años saca lo mejor de sí mismo. Y regala a la posteridad obras como ‘El jardín del amor’, ‘Las tres Gracias’, ‘Diana y Calisto’, ‘El nacimiento de la Vía Láctea’, ‘El juicio de Paris’ o ‘Diana y sus ninfas sorprendidas por sátiros’. Son cuadros en los que la mitología ha sido humanizada, aunque no a la manera de los clásicos.

La mitología en este Rubens es más de carne que de músculo, de sentido que de espíritu. Los cuadros rebosan sensualidad y sexualidad a espuertas. La paleta profesional del maestro y los ojos del hombre espoleado por el amor hacen posible el resultado. Es cierto que también aparece el Rubens poco naturalista, tramposo, teatrero, que falsea las fuentes de luz para buscar una sensación más completa en el espectador: el pintor de la doble iluminación, que resalta la figura de los protagonistas del cuadro –generalmente mujeres de piel nacarina luciendo unos volúmenes matizados con los famosos pliegues-, como si la luz llegara desde los ojos del observador.

Al primer plano le sigue una sombra, que resalta aún más el brillo de los cuerpos, y a ésta, componiendo el fondo del cuadro, un paisaje alumbrado desde no se sabe dónde. ‘Perseo liberando a Andrómeda’ -1639- es uno de los ejemplos que pueden citarse. Como dijo Goethe, si la iluminación “es contra natura diré, a la vez, que es más elevada que natura”.

Una exposición atípica la del Prado: sin catálogo, sin placas junto a los cuadros, pero con un muy bien escrito que se entrega a la entrada y la posibilidad de adquirir un DVD como manual de este pintor asombroso, excesivo –se le conocen 1.500 cuadros-, discutido desde la perspectiva moderna pero pieza clave en la historia del arte.

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