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Ocio y Cultura

PINTURA

''Marín Bagüés es un pintorazo''

El catedrático Manuel García Guatas recorre la vida, la obra y el misterio del gran pintor aragonés del s. XX.

¿El Pan Bendito¿, un cuadro ¿brutalmente sincero¿ de gran formato, realizado en 1914.
¿Marín Bagüés es un pintorazo¿
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“Se sabe poco de los primeros quince años que vivió Francisco Marín Bagüés (1879-1961) en Leciñena –dice Manuel García Guatas, el catedrático de Historia del Arte, biógrafo y comisario de la muestra ‘Marín Bagüés en colecciones privadas’, que se expone en Cajalón-. Era el menor de siete hermanos y lo más relevante para la vida de un niño en un pueblo es que llamó la atención su predisposición y buena mano para dibujar, como descubrieron el maestro de la escuela y el cura. Pero su padre, que ejercía de veterinario, se opuso a que fuera pintor y quiso que empezara a estudiar bachillerato”. Así arranca este viaje a la vida y a la creación de uno de los grandes artistas aragoneses del siglo XX.

La familia se trasladó al Arrabal y pronto se hizo notar…

Al morir el padre, la madre vino con él y alguna hermana a vivir a Zaragoza. En el barrio del Arrabal convivían el progreso y el mundo rural de hortelanos, labradores y vaquerías con la principal estación del ferrocarril o la primera fábrica de motores y acumuladores eléctricos de Aragón, que se abrió en la calle Sobrarbe. Aquí empezó a pintar el joven Marín Bagúés y tuvo los primeros coleccionistas: el farmacéutico don Blas Sánchez de Rojas y el hacendado Antonio Puerta, concejal municipal. Lo presentaron a un pintor de retratos, de paisajes y pequeñas escenas costumbristas, Mariano Oliver, que tenía el estudio en la calle Manifestación, donde empezará a practicar con los colores.

Marín Bagüés hizo la mili en Lérida. ¿Cómo fue su evolución?

Fue en la Escuela de Artes e Industrias de Zaragoza donde Marín conoció a los primeros condiscípulos con los que conservará amistad a lo largo de su vida. Con los que más trato tuvo fueron José Valenzuela La Rosa, que compaginaba los estudios de Derecho con los artísticos, persona muy influyente en la vida cultural de Zaragoza, pues fue el secretario de la Comisión organizadora de la Exposición Hispano Francesa, crítico de arte bien informado y director un tiempo de HERALDO, para el que le encargó a su amigo pintor el primer cartel publicitario que tuvo este periódico. Y también con Juan Cabré, de Calaceite y futuro arqueólogo, que había dejado el Seminario de Tortosa, con el que viajará a Madrid y copiarán en el Prado, codo con codo, a Velázquez.

¿Y Rafael Aguado y Ángel Díaz?

Se marcharon pronto a Madrid. Fueron con Marín los tres pintores protegidos y reconocidos por Zuloaga. A Marín Bagüés le encomendará años después mover el tema de la compra de la casa de Goya en Fuendetodos. También fue amigo de Juan José Gárate, algo mayor, y de los escultores José Bueno y Félix Burriel.

¿Qué le aportó el Museo del Prado y especialmente Velázquez?

Los meses que pasó en Madrid entre 1903 y 1906 fueron trascendentales para asentar la pintura del joven Marín porque descubrió a Velázquez, el único pintor del Prado del que solicitó hacer copias y pasan de la veintena las que hizo de figuras de sus cuadros. Años después descubrirá El Greco, que le emocionó, pero Velázquez le fascinará toda su vida. A Goya creo que lo descubrió desde Zaragoza, por reproducciones de los ‘Caprichos’, por los pocos cuadros que había en el Museo, de los que admiraba sobre todos el retrato del duque de San Carlos, y por las pintura murales del Pilar.

Siempre se ha dicho que fue uno de los artistas aragoneses que más impactó en la Exposición Hispano-Francesa de 1908.

Fue del único pintor aragonés del que se expusieron seis cuadros, también los únicos que se reprodujeron en una de las tarjetas postales oficiales, diríamos, y el que más unánimes y elogiosas críticas, de Zaragoza y de fuera, recibió. Se le trató como la gran promesa de la nueva pintura aragonesa porque pintaba figuras de verdad. Empezaba a estar en auge la pintura de las regiones de España como moda nacional, impulsada por los éxitos de Sorolla, Zuloaga, Manuel Benedito o, desde París y con otra orientación, Hermengildo Anglada Camarasa.

En 1909 recibió una beca de la Diputación de Zaragoza y se trasladó a Roma y a Florencia, donde permaneció hasta 1912.

¿Cuál sería el balance?

Se formó durante dos años en Roma y otros dos en Florencia. Fueron decisivos para su pintura y para el patrimonio artístico de esta institución. Correspondió Marín Bagüés con los dos mejores cuadros y de gran tamaño, presentados por becario alguno: ‘Santa Isabel de Portugal’ (o ‘El Milagro de las rosas’) y ‘Los Compromisarios de Caspe’. El primero muy influido por las tendencias simbolistas-modernistas de moda entre pintores becarios en Roma de todas las naciones de Europa, y el segundo, por la pintura florentina del siglo XV. Florencia fue la ciudad soñada por Marín Bagués. Es la ciudad en la que fue más feliz, resumía en sus últimos años desde Zaragoza.

Allí fue a visitar a otro gran pintor aragonés: Mariano Barbasán…

Para un joven pintor aragonés que viniera a Roma, era visita obligada Mariano Barbasán, que pasaba casi todo el año en Anticoli Corrado, a donde fue Marín a pasar unas semanas con él, también visitaban al secretario de la Academia Española, Hermenegildo Estevan. Descubrió la pintura de los Uffizi y, especialmente, a Botticelli y Ghirlandaio, pero también la de los pintores muralistas del siglo XV en las iglesias florentinas, si no, no se comprenden bien las figuras del cuadro de ‘Los Compromisarios’.

Marín Bagüés estuvo en París. Y en otros lugares de Europa. ¿Cuál fue el impacto de esos viajes?

Viajó a París durante el último verano de becario en Florencia. Le desbordó, como le contaba en una de las tarjetas postales a su madre, casi le atropelló un coche al cruzar una avenida, acostumbrado como estaba a las calles de Zaragoza y Florencia. Pasó muchas horas en el museo del Louvre, que le agotó, y en el de Luxemburgo. Pero, lo más trascendente para la evolución posterior de su pintura es que conoció la de los Futuristas, que acababan de exponer en la galería Bernheim. Marín tenía el catálogo y lo llenó de comentarios a lápiz en los márgenes.

Hay otro cuatro muy impactante de entonces: ‘El Pan bendito’, 1914.

Estaba muy satisfecho del cuadro de ‘Los Compromisarios’, pero se disgustó mucho con la segunda medalla que le dieron en la Nacional de 1915. Esperaba la primera medalla. Pero estaba también muy satisfecho del cuadro de ‘El Pan bendito’, que pintará un año antes en Zaragoza a la misma escala, pero en clave de pintura regional. Poco después se lo comprará la Junta del Mercantil y en ese edificio estuvo colgado durante más de setenta años. Ahora ha vuelto a él con esta exposición. Es la pintura en la que mejor se percibe la influencia de Zuloaga por la composición de las figuras, por los colores y la pincelada larga y rebosante de pasta. Marín Bagüés pintó cualquier género, incluidos los retratos de sus últimos años, con una sinceridad y franqueza casi descarnadas y con mucho color. Pero es que así parece que iba directo a la naturaleza de las cosas, fueran un paisaje o unas frutas, o al alma de sus retratados.

Hablemos de ‘Las tres edades’.

El cuadro de ‘Las tres edades’, 1919, es uno de los más dolorosamente sinceros, a pesar de esa impresión de la sólida construcción pictórica del grupo de tres mujeres y de la energía en la expresión de la mujer sentada. En aquel año de 1919 tenía cuarenta años y pintó un cuadro de gran hondura con el que se despedía de dos referencias muy vitales para su estética y para su sensibilidad: de la pintura regional y de sus aspiraciones de contraer matrimonio.

Habla de un desequilibrio mental del pintor. ¿Qué sabemos de eso?

Creo que la solución de ese desequilibrio mental que padeció está en el origen de este cuadro de Las Tres Edades. En la primavera de 1916, por causas complejas de explicar y no suficientemente contrastadas todavía, sufrió una enfermedad mental que le llevó a estar ingresado unos meses en el siquiátrico “Pedro Mata” de Reus. Se recuperó en una larga convalecencia pasando unos meses con sus familiares en Madrid, asistiendo a los conciertos de música, de la que era un emotivo aficionado. Como Goya después de la crisis de salud que le dejó sordo, Marín Bagüés dejará de lado la pintura y se dedicará casi por completo, hasta pasados los primeros años veinte, a aprender la técnica del grabado al aguafuerte y a abrir e imprimir unas cuantas planchas de contenido dramático expresionista, en los que expresó el debate entre anhelos y frustraciones, la vida y la muerte del artista.

Pasaba todos los veranos en Castelserás, Teruel. ¿Cómo le influyó ese paisaje bajoaragonés?

El pueblo de Castelserás fue la segunda terapia que fue asentando su temperamento y tranquilizando su mente. En casa de su hermana Juana y de su marido Erundino Anglés, que le dispuso una habitación para pintar con alcoba para dormir, pasará los meses de junio a octubre durante muchos años. De allí proceden las frutas –los prescos o melocotones- de sus cuadros y los numerosos dibujos que tomaba en sus paseos en solitario por los alrededores.

Antonio López prepara sus bocetos para pintar el Pilar. Marín Bagüés también estuvo a punto de hacerlo. ¿Por qué no lo hizo?

Sí, es cierto que recibió propuestas para pintar en varias cúpulas del Pilar. Se las hicieron a mediados de los años treinta el arquitecto Teodoro Ríos que estaba restaurando el interior del templo y hasta de la Academia de San Luis, que trató el asunto y nombró una comisión. Pero estalló la guerra civil y en la posguerra el cabildo se olvidó totalmente de Marín Bagüés. Se hizo ilusiones y bastantes dibujos y bocetos en color, pero ya no vivía su amigo el deán Florencio Jardiel y el pintor, que ya pasaba de los sesenta, se sintió muy dolido con los canónigos.

¿Cuál es el lugar de Marín Bagüés?

Es un gran pintor, un pintorazo de los pies a la cabeza. Lúcido y valiente con los pinceles o los lápices para abordar cualquier género. En el panorama de las publiaciones sobre pintura española del siglo XX tiene un hueco, pequeño, que en los últimos años se ha ido ensanchando. Esta exposición de Cajalón ha venido a cubrir precisamente un hueco de más de treinta años en que no se había visto su obra en Zaragoza.

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