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NOVELA

Manuel Rivas, en un oeste ausente

El autor de 'El lápiz del carpintero' publica un 'western' con el contrabando de fondo.

'Todo es silencio’ sigue la plantilla de un western, y como tantos westerns resulta muy esquemático: algunos malos imponiendo su ley en un lugar y un bueno que intentará acabar con los malos y con su ley. En los western de Hollywood, los lugareños estaban de parte del bueno, aunque tuvieran sus dudas sobre sus posibilidades de ganar. En ‘Todo es silencio’ no está tan claro que los lugareños estén de parte del bueno, porque los malos aportan ciertos beneficios, sobre todo económicos, que quizá el bueno no va a ser capaz de aportar. Los malos y el bueno fueron amigos durante un tiempo ya desaparecido, y ese conocimiento anterior hace que su lucha tenga elementos singulares: hay amores enredados por el medio y muertes y vivencias y deseos y sueños y venganzas y palabras atascadas y promesas y olvidos.

El bueno de ‘Todo es silencio’ se llama Fins Malpica y tiene “ausencias”, una pequeña epilepsia que tiene que padecer en secreto sino quiere que su vida se convierta en un infiero. El jefe de los malos es conocido como Mariscal, porque iba para Papa, o al menos para Cardenal, pero fue expulsado del seminario por ambicioso. El bueno se llama Fins Malpica y la chica con la que tuvo una historia de amor, Leda, está ahora con los malos... y como la Leda de la mitología griega ha concebido un hijo. El malo es conocido como Mariscal, se ganó la vida contrabandeando con portugueses que querían ir a Francia y se quedaban por el camino y sueña con una vida siempre mejor.

El lugar de la acción, donde reina Mariscal y quiere reinar Fins, se llama Brétema, cuyo significado en gallego es niebla y que utilizó a menudo en sus textos Rosalía de Castro, la autora de quien Manuel Rivas ha tomado el título de la novela.

Brétema es un lugar que no existe realmente pero es la Galicia de la niebla, la Galicia del mar que rompe en la Costa de la Muerte y trae consigo el beneficio, la Galicia que se mueve entre sombras, la Galicia que antes se dedicaba al contrabando de tabaco y luego se dedicó al tráfico de cocaína, la Galicia de Sito Miñanco, la Galicia que vivió durante mucho tiempo al margen de la ley o, más bien, con la connivencia de la ley, la Galicia de la frontera con Portugal y de los saltos a uno y otro lado.

A nadie sorprenderá, porque es sobradamente conocido, el relato de con cuanta impunidad, y con cuanta eficacia, operaban los narcotraficantes en Galicia: lanchas rápidas, conexiones internacionales, abogados... En ese sentido, ‘Todo es silencio’ llega demasiado tarde: no explica ni el porqué ni el cómo del asunto más que de una forma estilizada, en función del western que quiere contar.

Libros muy recientes, como el estupendo ‘Vosotros no sabéis’ (Salamandra), de Andrea Camilleri, muestran cómo se puede ahondar en la psicología de los mafiosos y describir perfectamente su forma de actuar.

Después de una novela que aspiraba a lo monumental y a lo sublime, ‘Los libros arden mal’ (Alfaguara), Manuel Rivas (La Coruña, 1957) ha escrito una novela de cámara, un divertimento, un relato de género que podría tener una fácil adaptación cinematográfica. Sin gustarme ninguna de las dos, me quedo con ‘Todo es silencio’ porque los personajes, aun en su esquematismo, tienen un corazón que late y unas manos que se mueven antes de que le dé tiempo a pensar a la cabeza.

En ‘Todo es silencio’, Manuel Rivas sigue interrogándose por un fenómeno que era muy importante en ‘El lápiz del carpintero’ (Alfagura): el dolor fantasma, el dolor que causan los miembros amputados del cuerpo y el vacío que dejan. Fins vive un vacío durante sus ausencias y su madre, que tuvo que sufrir la muerte de su marido a causa de una explosión de dinamita, ha decidido fabricar un agujero en su memoria en el que ya no cabe nadie. El hijo de Leda tiene un parche en el ojo que convierte el otro ojo en una cuenca vacía. Y un maestro al que le falta una pierna explica cómo, cuando olvida algo, hurga con la lengua en el hueco de una muela que le falta.

No sé por qué me gusta esa obsesión de Manuel Rivas, que en esta novela no responde a una verdadera necesidad en el relato sino a una especie de ocasional melodía poética, de mucho mayor efecto que los estribillos machacones, como el del mapa mundi con relieve labrado en el suelo de la “Escuela de los Indianos”. La novela se desarrolla, fundamentalmente, en dos momentos. El arranque, a finales de los años 60, en el que los personajes son todavía inocentes, funciona mejor que el final, en los años 80, cuando los personajes han perdido su inocencia y se parecen más a los maniquíes que tiempo atrás rescataron de un naufragio: se mueven pero más por el capricho y la fuerza del mar que por su propia voluntad.

Como en los westerns, también en ‘Todo es silencio’ hay duelos y pistolas y sangre, aunque los westers clásicos suceden más al Oeste de Galicia.

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