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PREMIO NOBEL

Seducción en la Catedral

Conget, que vivió en Lima, glosa a Vargas Llosa.

Mario Vargas Llosa en México el pasado mes de septiembre. Quizá no sospechaba que le esperaba el Premio Nobel.
Seducción en la Catedral
ALFREDO ESTRELLA/AFP PHOTO

Cuando se pone en duda la fuerza de la literatura para cambiar las vidas de los individuos, yo suelo contar que Maribel, embarazada, y yo nos fuimos a Perú sin permiso de residencia, sin trabajo, sin dinero y sin otro contacto que un antiguo compañero de Filosofía y Letras, al que apenas conocíamos, porque unas cuantas novelas nos convencieron de que ese era el país más fascinante de la tierra y Lima la ciudad que fijaría el rumbo exacto de nuestro destino. La osadía de la juventud, el cansancio de la dictadura, la lectura asidua de la revista progre ‘Triunfo’ (que acogía a ciertos acérrimos defensores de la llamada Tercera vía de la Revolución peruana) y, sobre todo, las obras de Vargas Llosa nos impulsaron, pues, a desplazarnos en 1974 hacia la posible aventura que nos habían transmitido los capítulos de ‘La ciudad y los perros’, ‘La casa verde y Conversación en La Catedral’, incluso el reciente ‘Un mundo para Julius’ de Bryce Echenique que nos invitaba a perdernos no por las avenidas donde se alzaban las mansiones de la familia de Susan linda sino por el ¿peligroso? centro que Julius entreveía desde el coche cuando iba a clase de música.

Y pronto pudimos sentirnos como los personajes de aquellos libros amados y devorados: recorríamos el jirón de la Unión, bebíamos emoliente caliente en la pringosa Avenida Abancay, quedábamos citados con amigos en el Óvalo de Miraflores, reconocíamos el uniforme de los alumnos del Leoncio Prado y yo mismo impartía clases en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la más antigua del continente y, lo (para mí) verdaderamente trascendental, escenario de episodios memorables protagonizados por los estudiantes izquierdistas de una novela memorable de principio a fin. Enseguida comprobé, con extrañeza, con escándalo, que mi pasión por Vargas Llosa se enfrentaba a una absoluta incomprensión, cuando no desdén, en el medio intelectual limeño, al menos en los representantes de ese medio que pertenecían al claustro universitario y a las páginas culturales de la prensa. Las campañas anti-llosistas en ‘La crónica’, por ejemplo (irónicamente el periódico para el que trabajaba el desclasado Zavalita de ‘Conversación’), eran tan furibundas y mezquinas que sólo podían proceder de antiguos amigos del alma de la víctima. En la facultad de letras (siguiendo la tradición hispánica de menospreciar a alguien para ensalzar a otro) se imponía contraponer al exitoso e internacional autor de ‘Los cachorros’, la figura de perdedor noble de José María Arguedas, cuyo suicidio lo convirtió en mártir propicio de la literatura patria y lo libró para siempre de las envidias que se cebaban en su paisano Mario. Recuerdo todavía las discusiones virulentas con unos cuantos colegas y los argumentos -frialdad, organización mecánica de sus ficciones, impostura de sus diálogos, como si un cholo, decían, pudiera utilizar con su novia el registro existencialista de los héroes de Antonioni- que esgrimían para rebajar los méritos de los relatos que a mí me entusiasmaban, frente a mis razonamientos, estrictamente opuestos y en los que todavía creo, que defendían el romanticismo en sordina de unos textos mucho más secretos que aquella lectura de primer grado, la inteligencia de sus estructuras narrativas, el magnífico oído para el lenguaje popular según tenía yo ocasión de comprobar a diario en cualquier esquina de la capital.

Los años no han borrado la admiración por el escritor peruano pero, por suerte, han eliminado la tendencia adolescente a mitificarlo, como a tantos otros que ejercieron sin pretenderlo de padres literarios. ‘La historia de Mayta’ me demostró que incluso Vargas Llosa, humano al cabo, era capaz de escribir una novela mediocre, y desde entonces títulos espléndidos, recordemos ‘La fiesta del Chivo’, alternan con alguno bastante menos logrado, hasta levemente ridículo como esas travesuras de niña mala que yo prefiero olvidar. Hubo otro aspecto que no puedo dejar de mencionar. Vargas Llosa fue durante su juventud y primera madurez un marxista tirando a rígido, como de manual sartriano. Cambió. Cuando yo vivía en Londres, en la década de los ochenta del pasado siglo, vi en la BBC una entrevista en la que el inventor de Pantaleón declaraba que había encontrado, por fin, a un político al que podía admirar tanto como a Borges o a Flaubert: la señora Thatcher.

Que se hubiera desengañado de los hipotéticos paraísos terrestres me parecía una prueba de lucidez; que optara por el capitalismo salvaje menos sutil del mundo me produjo primero perplejidad y después pena. Vargas Llosa afirmó tras la muerte de Cortázar que el argentino era tan gran escritor como gran ingenuo en el terreno político, y quizá fuera cierto; pero creo que sus propias simpatías políticas no revelan menos ingenuidad, aunque de distinto signo, que las de Cortázar.

Ahora mismo ya no recuerdo si el protagonista de mis tres primeras novelas se llama Zabala en homenaje, tal vez inconsciente, a su casi homónimo, Zavala, de ‘Conversación en La Catedral’. Sí puedo asegurar que he vuelto a leer las obras de Vargas Llosa que marcaron mi juventud y el placer ha sido el mismo o más intenso, si cabe. Y que si tuviera que elegir un país donde escaparme de un franquismo redivivo, y toco madera, volvería a dejarme seducir por las casas verdes, las tabernas pobres de nombres pomposos, la Avenida Tacna y la Plaza san Martín, por Lima la horrible, que, en efecto, ya estimuló mis deseos de vivir, como había intuido mientras me dejaba arrebatar por los libros de Vargas Llosa.

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