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Ocio y Cultura

ESTUDIOS

De la noche al castillo de cristal

Aurora Egido publica nueve textos sobre San Juan de la Cruz y Santa Teresa.

Los trabajos de la mística, como los de la escritura, conforman un camino de perfección lleno de escollos, que cada autor trata de salvar a su manera, ya sea para elevarse a las más altas esferas de lo inefable o para llegar al centro en el que culmina la batalla interior, allí donde la palabra se adelgaza hasta el extremo para convertirse en silencio". De tal guisa comienza Aurora Egido su propio itinerario, que nos va desvelando los secretos del vuelo y de la noche, la soledad del pájaro canoro y la docta elocuencia del silencio, el ascenso del águila y lo recio de la tela, que separa y permite el encuentro de los Amados.

Nueve extensos trabajos configuran el corpus del ensayo ['El águila y la tela'. Estudios sobre San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús, Aurora Egido Martínez, Barcelona-Palma de Mallorca, José J. de Olañeta, Editor y Ediciones Universitat de les Illes Balears, 2010, 296 páginas], éditos ocho de ellos más uno inédito en torno a la 'admiratio', de Platón a Cernuda. El camino comienza en la ignorancia. De una parte, la retórica clásica (Cicerón, Quintiliano o la 'Ad Herennium'), que demanda en el prólogo el auxilio de los dioses o el mismo emperador. De otro lado, el 'prologus galeatus' de san Jerónimo, la tradición paulina y la excelsa humildad agustiniana, que confiesan a Dios como origen y Señor de la escritura. Teresa, en las 'Meditaciones sobre los Cantares', llegaría un poco más allá: "Ha como dos años -poco más o menos- que me parece que me da el Señor para mi propósito a entender algo del sentido de algunas palabras". Detrás, toda una rica tradición: desde los Santos Padres a la "docta ignorancia" de Nicolás de Cusa; o los mismos coetáneos: Enrique de Villena, Marqués de Santillana o el Lazarillo.

Aunque es otra mujer, religiosa y Teresa, la de Cartagena, quien en su 'Arboleda de enfermas' (siglo XV) combina la 'ignorantia' y la defensa 'pro mulieribus' que seguirá la Santa frente a los interlocutores de su obra, sean sus confesores o sus monjas. La humildad en san Juan presenta, en apariencia, otra forma de vuelo: "Si mística, etimológicamente, implica cerrazón, misterio, secretos entre el alma y Dios, también entraña silencio". Si bien el Carmelita aconseja comenzar por oración meditativa, habremos de ir cegando sentidos, apetitos y potencias para alcanzar la unión.

Las fuentes del olvido y del silencio provienen de Platón, el Pseudo-Dionisio y Agustín de Hipona, junto a la tradición aristotélico tomista; aguas que manan de la lectio sagrada y de la Biblia, pero también del amor cortés, el petrarquismo, Ausias March, Garcilaso… El olvido es locura de amor; la noche, enfermedad y, según se recoge en el Abecedario de Francisco de Osuna, la ceguera absoluta simboliza la más alta luz espiritual.

Pero Aurora Egido no pierde nunca el hilo en influencias, por mucho que enriquezcan el tramado central. Una joya del libro son los fragmentos descriptivo analíticos de las obras concretas de nuestros grandes místicos, más allá de Juan y de Teresa -Bernardino de Laredo, Juan de Rojas, fray Luis de León, fray Luis de Granada y otros tantos-. Así, el 'Libro de la Vida' se nos va revelando bajo la perspectiva de toda la retórica y la emblemática de la enfermedad de amor: santa Teresa, que comienza enferma su 'Vida', termina siendo médico para los demás. Y en las 'Moradas' se recreará el árbol de la vida, la prefiguración del paraíso, el centro circular habitado por Dios.

Aunque el clímax, la consumación del vuelo y de la noche, viene dado en san Juan. 'Cántico', 'Noche', 'Llama', en ese orden. La expresión se adelgaza al máximo posible: las nominalizaciones yuxtapuestas, el verbo imprescindible, la intuición. La admiración divina, esa gracia compartida en la mirada de los enamorados: "Cuando tú me mirabas, / su gracia en mí tus ojos imprimían, / por eso me adamabas, / y en eso merecían / los míos adorar lo que en ti vían".

"Ese temblor que musitan los versos de san Juan de la Cruz tal vez sea el mismo que él esperaba despertar en cuantos escuchasen y leyesen, maravillados y admirados, unos poemas en los que intentaba transmitir una experiencia misteriosa y desconcertante". La autora de estas páginas, en el vuelo del alma y al trasluz de la tela, nos acerca al temblor.

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