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NOVELA DE LA SEMANA

Nick Hornby: tres en la oscuridad

El autor de ¿Alta fidelidad¿ o ¿Fiebre en la gradas¿ publica su nueva novela.

Nick Hornby
Nick Hornby: tres en la oscuridad

Disfruté muchísimo con los dos primeros libros de Nick Hornby: con ‘Fiebre en las gradas’, en el que hablaba de su pasión por el fútbol, o más bien de su pasión por el Arsenal y por el deseo de estar secretamente vinculado a su padre, y con ‘Alta fidelidad’, una historia de desamor y rocanrol, que tuvo una estupenda versión cinematográfica dirigida por Stephen Frears.

Sus libros posteriores han ido interesándome menos y menos: ‘Érase una vez un padre’, la historia de un adolescente envejecido que no sabe mantener una relación amorosa, parecía el guión literario de la película en la que luego se convirtió; ‘Cómo ser buenos’, que tiene muchos elementos en común con ‘Juliet, desnuda’, entre ellos una ruptura amorosa y la necesidad de tener un gurú a mano, por si las moscas, quería pasar de lo individual a lo social y se quedaba a mitad de ningún lado; ‘En picado’, sobre el suicidio, aspiraba a abandonar su mundo de cultura pop, acercándose, sin conseguirlo, al mundo más complejo de una de sus escritoras preferidas, Anne Tyler, y ‘Todo por una chica’ era una novela adolescente para adolescentes sin demasiado interés.

Por el camino, Nick Hornby publicó un libro que sí me interesó, aunque parecía un spin off de ‘Alta fidelidad’, ‘31 canciones’, donde hacía su propia lista de temas preferidos (de Patti Smith, de Anni DiFranco, de los Beatles, de Springsteen...), y escribió el guión de una película, ‘Una educación’, sobre el final de la inocencia de una adolescente, que es lo que más me ha gustado, de lo suyo, en los últimos catorce años, aunque el punto de partida era una historia autobiográfica de Lynn Barber.

Y me alegré al empezar a leer ‘Juliet, desnuda’, porque el tono y el ritmo me recordaron al Nick Hornby energético de sus comienzos, muy divertido y muy melancólico... Alegría que duró muy poco, porque la novela se desploma, falta de aliento, en cuanto los dos personajes principales dejan de ser el centro de la trama y pasan a ser unos comparsas más en una comedia coral en la que empieza a llevar la voz cantante un músico oscuro de los años 70, que renunció muchos años atrás a su carrera y que sólo unos cuantos frikis, gracias a Internet, parecen recordar.

Duncan, uno de los eternos adolescentes que protagonizan las novelas de Nick Hornby (Inglaterra, 1957) y que ya no cumple los 40 años, vive con Annie, que necesita mucho más amor y concebir un hijo, y no necesariamente en este orden. No son de allí, pero viven en una pequeña ciudad costera de Inglaterra, que vivió sus años de esplendor antes de que los británicos pudieran venir a pasar el verano al Mediterráneo. Duncan da clases en el instituto y Annie trabaja en un museo de historia local, en el que, cuando se precipitan los acontecimientos, prepara una muestra sobre un verano esplendoroso de los 60 en el que llegaron a actuar en la localidad los Rolling Stones. Duncan es uno de esos frikis que se vuelven locos indagando sin parar en la vida de Tucker Crowe, ese músico que está entre Bob Dylan, Leonard Cohen y Neil Young y que dejó de tocar tras que algo misterioso le aconteciera en un váter de un bar musical.

Tucker Crowe vive en Estados Unidos y trata de enderezar su vida sin saber muy bien cómo: su mujer trae el dinero y él cuida de su hijo con mimo, como no ha hecho con todos sus hijos anteriores. No es el hombre misterioso y huraño que sueñan sus frikis, y trata de reflejarse en el espejo que esos adolescentes fans ya viejos lustran cada día en Internet. Tucker Crowe es también un adolescente como Duncan, aunque se crea mejor que él, pero también se puede convertir en el hombre mágico que busca Annie, desesperadamente.

Ecos de ‘El hijo de la novia’

La parte de culebrón con redención, que inevitablemente lleva a sus espaldas Tucker Crowe, hace que la novela vaya poco a poco languideciendo. A diferencia de ‘El hijo de la novia’, una película con la que esta novela de Nick Hornby tiene algunos vínculos narrativos y estéticos, incluido un oportuno ataque al corazón, y en la que todos los personajes, aparentemente comparsas, van creciendo hasta convertirse en humanos de carne y hueso, en ‘Juliet, desnuda’ los personajes que empiezan siendo humanos, aunque desorientados y patéticos o precisamente por eso, terminan marionetizándose en un alambicado y forzado final casi feliz.

Mientras leía ‘Juliet, desnuda’, pensé en un interesante artículo de Georges Orwell, escrito en los años 40 para defender a Wodehouse de la acusación de traición que le cayó encima por colaborar con los nazis. Orwell explicaba cómo la vida de la que explicaba cómo el mundo del humorista británico, cuyos protagonistas son, como los de Nick Hornby, adolescentes perpetuos, sólo existía en sus novelas, que trataban de ser una parodia o una crítica ligera de la realidad.

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