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Ocio y Cultura

POESÍA ARAGONESA

Ortiz Albero: circopoemas

El artista, poeta y dramaturgo presenta ¿troupe¿ en el teatro principal.

El planeta Tierra, Europa, España, sociedad e individuo están en crisis. También la poesía española está en crisis desde que la postmodernidad le dejara en herencia la desgracia de lo anecdótico y la banalidad en lo temático, en detrimento de la transcendencia; además de un alarmante empobrecimiento estético por inanición lingüística, intelectual, cultural e imaginativa. Así que cuando en mitad de tanta sequía creativa de alto nivel encontramos poetas verdaderos, el placer de leer sus obras nos gratifica.

Esto me ha sucedido recientemente con los libros ‘El idiota entre las hierbas’, de Dolan Mor, y ‘Troupe’ (al que está dedicado el presente comentario), de Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968; poeta, novelista, dramaturgo y artista plástico). Su mejor poemario hasta la fecha, el más inteligente, hondo, claro, cuajado, original, redondo en unidad temática y formal.

Libro único precedido de una ‘Parada’ como presentación, reunión y llamada; seguido de un macrocanto fragmentado en doce cantos (tan encantados como encantadores) al ser humano en la cuerda floja de la soledad, el vacío, el abismo, sobre la red de la amistad, la fraternidad, las sombras, el asombro, el amor concatenado; y rematado con una ‘Despedida’ como broche en otra convocatoria a contemplar de nuevo esta representación de la Comedia humana expuesta desde la enunciación, el testimonio y la exhortación.

‘Troupe’ es una compañía llena de energía, que transmite vitalidad por los poros de las acciones y reacciones de sus personajes: “…observad la vida / y asombraos, y admirad la vida”. Circo-círculo-casa acerca del consciente individual, del subconsciente colectivo. El circo como alegoría de nuestra existencia, con sus alardes, sueños, deseos, fantasías, malabarismos, riesgos, payasadas, decepciones, ridículos. El circo en la carpa, réplica irónica de ese otro que tiene montado su tinglado en la calle, en los medios de comunicación (especialmente en el televisivo), en los foros de influencia religiosa, política, social y económica.

Espejo del cuerpo con sus potencias, belleza, resistencia y sus miserias; alegoría del alma con sus realidades, quimeras y delirios entre la imaginación, la voluntad, la necesidad, la frivolidad del azar, la fatalidad del destino. Y, más allá de la denotación circense, la connotación del poeta mimetizado en magia contra la evidencia, solo, pleno, silencio, orquesta, eco, aplauso, serpiente, contorsionista, tragasables, bailarín, equilibrista, domador de fieras, malabarista: “soy un hombre bala de plata / disparado al corazón de nadie”.

Troupe me deja la misma sensación que Manuel Martínez Forega, en su solapa editorial, declara haber experimentado tras su propia lectura: “He soñado como lo hacía Nerval, he flipado como un niño adulto. Me he sobrecogido en la butaca… ante la angosta garganta de las fieras del mundo”.

Al igual que toda gran obra dramática, plástica, musical, poética, ‘Troupe’ tiene, admite, requiere muchas, distintas, complementarias funciones, miradas, audiciones y lecturas. Imprescindible

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