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El visionario turolense que asaltó el Liceo

El realizador Carles Balagué dirige al agente artístico Miquel Lerin en el interior del Liceo.
El visionario turolense que asaltó el Liceo
ARCHIVO DIAFRAGMA

El cineasta Carles Balagué estrenaba hace pocas semanas un documental de 84 minutos, 'La bomba del Liceo', donde cuenta la historia del anarquista turolense Santiago Salvador Franch (Castelserás, 1865-Barcelona, 1893), que arrojó dos bombas Orsini -"del tamaño de una naranja, con púas"- desde el quinto piso del teatro a la platea. La noche del siete de noviembre de 1893 estalló una de las bombas y produjo veinte muertos; la otra cayó en la fila trece sobre el regazo de la señora Cardellach, ya fallecida, y no llegó a explotar. Balagué, hijo de una carnicera turolense de Celadas, donde él pasó los veranos de su niñez, señala: "Ese atentado fue un suceso capital en la historia de Barcelona, y yo he intentado establecer una relación entre el pasado y la actualidad, a través de distintas reflexiones (la revuelta anarquista de entonces y la protesta de 2005 contra la especulación) y los estudiantes, la mayor parte inmigrantes, del instituto que está en la misma plaza donde se ejecutaron a varios anarquistas con el garrote vil".

Un cuadro de Ramón Casas

Balagué explica que para realizar su película partió de un cuadro de Ramón Casas, 'Garrote vil' (1894), que está inspirado en la ejecución de Santiago Salvador, y de un par de instantáneas de la época. "Ramón Casas realizó varios bocetos -comenta Balagué- y tomó algunas notas para elaborar su obra definitiva, que aludía a las ejecuciones de los anarquistas J. Codina y M. Cerezuela porque se pensaba que habían sido los responsables del atentado. O que estaban implicados. La ejecución era una fiesta. La gente hacía fila desde las seis de la mañana, había tranvías especiales y los padres acudían con sus hijos. Cuando se producía la ejecución, les daban un cachete y añadían: 'Eso te pasará a ti si te portas mal".

A Balagué le interesó mucho la relación entre la burguesía y los anarquistas de "aquella Barcelona dominada por el Gran Teatro Liceo". Y también le atrapó la personalidad de Santiago Salvador, "que pertenecía a ese núcleo de gentes que vinieron de Aragón a Barcelona. Santiago es una figura enigmática, de la que no se saben muchas cosas: quiso ser tipógrafo, fue contrabandista de sal y vino. Se sabe que aquella noche accedió al Liceo con normalidad. Entonces, la ópera era un espectáculo total y en el Liceo lo mismo se hacían negocios, que se entraba y se salía como en una taberna, o se efectuaban citas de amor. Santiago no tuvo dificultad para entrar, subió al quinto piso y desde allí arrojó las bombas, durante la representación de 'Guillermo Tell' de Rossini".

Balagué dice que Santiago salió con relativa normalidad y que era pertinaz: "Unos días después, se dice, se subió al monumento de Colón, recién inaugurado, y vio pasar una comitiva. Al parecer dijo: 'Qué lástima que no tenga más bombas'. Fue detenido en Zaragoza y condenado a muerte".

De Santiago Salvador no existen demasiado datos fidedignos, aunque ha tenido estudiosos como el profesor e historiador bajoaragonés Cándido Marquesán o el periodista barcelonés Lluís Permanyer, que ofrece su testimonio en el documental, como Eduardo Mendoza o González Ledesma, entre otros. Dice Marquesán en un artículo: "Llevaba dos bombas en la faja, bajo la blusa, y para disimular más se echó encima el tapabocas extendido aprovechando que estaba lloviendo copiosamente. Subió al cuarto o quinto piso, se quedó en el pasillo sin llegar a la galería. Al entrar estaba en escena la tiple, muy hermosa mujer, durante la representación de 'Guillermo Tell'. El público estaba embebido, según el relato de S. S. El entusiasmo era enorme, los aplausos llenaban el teatro. El momento le pareció favorable. Avanzó un brazo y después otro, y las dos bombas Orsini cayeron al patio. Una, extrañamente, no explotó. Las consecuencias fueron trágicas, al morir veintidós (sic) personas y producirse treinta y cinco heridos".

¿El anarquista católico?

Capturado ya, en la calle San Ildefonso, 23, de Zaragoza (dicen que intentó suicidarse de un disparo de pistola), gritó: "Soy anarquista. Mueran los burgueses. Viva la anarquía". En la cárcel de Barcelona, en las fechas previas a la ejecución, cuentan Balagué y Marquesán, se transformó por completo: comulgaba todos los días, tenía la celda repleta de imágenes. Leía a Balmes. No se sabe con certeza si fue una estratagema o una conversión real. "Poco antes de su muerte dicen que volvió a cantar el himno anarquista", matiza el cineasta. Marquesán añade otro dato: "Fue protegido por grupos católicos integristas de la Ciudad Condal".

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