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Ocio y Cultura

LITERATURA

La vida oculta de la quinta académica

El pasado jueves, Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) fue elegida, en tercera ronda, para ocupar el sillón 'g' de la Real Academia Española de la Lengua. Su paisano José Luis Borau elogió su trayectoria, y la definió como "estupenda, sensata, prudente y atractiva". La familia Puértolas vivía en la calle Sanclemente 4, en un edificio familiar de aspecto señorial y aire decadente. Soledad Puértolas, proclive al trazo de atmósferas y de claroscuros, suele confesar que cuando piensa en aquel espacio le viene a la cabeza "una imagen de polvo, de calor, una sensación tremenda de campo polvoriento. Miraba mucho por la ventana, pero lo más fascinante era el patio interior, un cuarto trasero con jardines al que daba nuestra habitación de juegos desde la que se veía la parte de arriba del Gran Hotel".

Su padre, Jaime Puértolas, era químico y viajaba continuamente: de Zaragoza a Pamplona -donde vivían las tías de Soledad y donde su madre tenía su casa de soltera-, y también iba a Burdeos. Quizá a modo de homenaje a ese universo de tránsitos tituló una de sus novelas: 'Burdeos' (Anagrama, 1986). "Aquellos viajes son lo que más agradezco a mi padre. Al principio tenía un Fiat negro con joroba y luego se metió en la gama Seat, creo que estrenamos todos los 600 que hubo y también un 1500. Nos vinimos a vivir a Madrid porque encontró un empleo más prometedor.

Procedía de una familia de derechas, tradicional, de veraneos en Panticosa, en Cestona, en balnearios. Mi abuela paterna padecía enormes jaquecas; vivía recluida en un cuarto del piso de abajo. En los bajos estaba el negocio de tejidos de mis abuelos. Borau me dijo: 'En mi casa iban a comprar los paños a Almacenes Puértolas'. Alguna vez bajaba al almacén que estaba en el sótano y percibía una sensación de misterio, oscuridad y quizá de miedo. Creo que la tienda se cerró siendo yo muy niña".

Infancia en Zaragoza

Soledad estudió en el colegio del Sagrado Corazón y con catorce años se trasladó a Madrid. Hace algún tiempo nos decía: "Tengo un buen recuerdo y por eso suelo citar a Fernando Pessoa, que al volver a su ciudad dijo: 'Lisboa, dulce hogar mío'. Casi se me saltan las lágrimas. Yo ya no puedo decir 'Zaragoza, dulce hogar mío'. Con el paso del tiempo he ido comprendiendo que mi marcha de Zaragoza fue uno de los cortes de mayor impacto que he tenido en mi vida". Hasta ese instante había ido mucho al cine Goya, a ver películas de indios y vaqueros, y también asistía a las proyecciones de los cines de distintos colegios con las sillas de madera, en forma de tijera, y las pipas por el suelo. Había descubierto su vocación literaria muy pronto: redactaba poemas escalofriantes. Soledad los evocaba así: "Eran poemas de catástrofes, de monstruos, de vacíos, de fuego y de ceniza. Había uno que empezaba así: 'Veo las cenizas desde la ventana...'.

En el colegio, rígido y donde mandaba el silencio, me alababan mucho".

Destacaba en los ejercicios de redacción. Poco a poco fue remontando la aspereza de Madrid y la pérdida de numerosas amigas. Se planteó dejar de estudiar, pero al final ingresó en la universidad, y allí se encontró con "un ambiente formidable: las manifestaciones de los viernes, las reuniones, los debates".

No militó en política, pero sí se sumó al sindicato de estudiantes. Ha contado Soledad: "Iba de bar en bar, siempre con complots y con planes, con libros de Cortázar que nos llegaban entonces o con la 'Crónica de los pobres amantes' de Vasco Pratolini. En mi casa no se enteraban de nada: no me hubiesen dejado ni colgar un póster del Che o del Guernica". En aquellos días, Soledad Puértolas se reveló "muy coqueta. He vivido muchas historias de amor. Siempre me han gustado los otros novios, el amigo del novio, el hermano del novio. He sido una novia muy difícil. E inestable, hasta que me casé con Leopoldo Pita, Polo. Esa sí que fue una historia de amor fuerte y definitiva". Al principio, con el pintor y arquitecto, padre de sus dos hijos, la relación no fue fácil, y pusieron tierra de por medio. Se marcharon a Trondheim, Noruega. La peripecia la contó en el relato 'La corriente del golfo' (Anagrama, 1993). "Fue una época con poco dinero, con mucho frío. No me había llevado ningún libro. En una librería encontré 'Agudeza y arte de ingenio' de Gracián, la edición de Espasa Calpe. Allí nos sucedió algo muy curioso: oíamos a través de la pared el llanto de un niño. Se nos pusieron los pelos de punta y la carne de gallina: aquellos murmullos eran de una mujer trastornada que venía todos los fines de semana, y no sabíamos siquiera si tenía relación con el dueño que nos había alquilado la casa. La mujer argentina nos decía que estaba esperando a su marido, un marino que llevaba cinco o seis años fuera, para ver si le daba un porvenir a su hijo. Nos invitaba a su casa y nos hacía tarta de zanahorias. Había sido una mujer muy guapa; ella me dejó los libros de Ernesto Sábato".

En California

Regresaron a Madrid y después pasaron tres años en California con una beca. "Fue llegar y empezar a salirnos todo bien. En el departamento de español estaba José Luis Aranguren y Serrano-Plaja, y yo me sentí muy bien, me sentí acogida, se me abrieron las puertas y me puse a dar clase. Fue una etapa maravillosa. Empecé a escribir relatos y poesía. Recuerdo que leí por primera vez 'El Quijote' en California [En su discurso de ingreso hablará de los personajes secundarios del libro]. Recuperé mi vocación y la literatura ocupó un lugar central en mi vida y ya no me iba a dejar".

Algún tiempo después, en 1979, ganó con 'El bandido doblemente armado' el premio Sésamo. Ahí está la poética central de su escritura y de su mundo literario, coronado con el Premio Planeta en 1989, con 'Queda la noche', con el Anagrama de ensayo a 'La vida oculta', en 1993, y con el Premio de las Letras Aragonesas de 2003, a propuesta de HERALDO. Lo dijeron los académicos, que daban la bienvenida a la quinta mujer actual a la RAE (séptima en su historia), y ella misma: "El bandido?' es mi fundamento y mi manifiesto literario, la clave de todo cuanto he escrito".

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