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UNA OBRA DE DAVID LOZANO

Lea el final del relato 'El último rey' y conozca los ganadores del concurso de HERALDO

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Jueves 00.30h

Rogelio Ferrer". Aquella voz le llegó a través del móvil y la mente del inspector reaccionó automáticamente, como un resorte, atando cabos. Así que era el compañero científico del doctor Vera quien había llamado a la Real Maestranza para interesarse por los descendientes de Sancho Ramírez, justo unas semanas antes del crimen. Qué casualidad. Por otro lado, sólo de ese modo podía haber obtenido el doctor Ferrer las identidades de las víctimas: Arturo Vera, Raúl Martos y, con toda probabilidad, Pedro Vallés, a quien ahora el detective contemplaba como un blanco potencial, alguien a quien todavía no había conseguido aproximarse el asesino. Y es que el hecho de que el abogado laboralista guardase también parentesco con Sancho Ramírez obligaba a Garcés a vincular su muerte con la del genetista. Ahora sí era definitivo; alguien -la persona que había hecho desaparecer los huesos- estaba ejecutando a los descendientes del antiguo rey aragonés, así que el siguiente nombre en la trágica lista de sentenciados tenía que ser el señor Vallés.

Una siniestra conjetura cuya consumación evitarían arrestando de inmediato a Rogelio Ferrer, se dijo el detective mientras contactaba por el móvil con la subinspectora Villa. Lo más comprometedor era que el científico había ocultado durante los interrogatorios su llamada a la Real Maestranza, y tampoco había comentado a la policía que él sí conocía una conexión entre los dos asesinados (su silencio era lógico, no podía hablar sin delatarse al mismo tiempo). En efecto, la enigmática llamada de Ferrer constituía el punto débil que Garcés había estado buscando en cualquiera de las circunstancias que rodeaban a los sospechosos. Por fin, algo no cuadraba.

Rogelio Ferrer era su hombre, lo que se ajustaba bien al hecho de que se trataba -al menos en teoría- del único de los "candidatos a asesino" que conocía la procedencia exacta de los restos que se estaban analizando en el Instituto. Ni Ramón Suárez ni Juan Gonzalo, por sus respectivos cometidos en el centro, podían saber que se trataba de los huesos de Sancho Ramírez. En principio.

Ahora, por tanto, todo había cambiado. Estaban a punto de cazar al verdadero asesino.

En realidad, apenas hacía unas horas que se acababa de cursar una orden para mantener vigilados a los tres sospechosos -y bajo protección a Pedro Vallés-, una iniciativa que había solicitado el propio inspector, temeroso de que aconteciera una nueva tragedia mientras las investigaciones proseguían. No estaba dispuesto a que se derramara más sangre. Lo que hizo Garcés en ese instante, aprovechando la conversación que mantenía con Elena Villa, fue cancelar aquel dispositivo de vigilancia y destinar las unidades liberadas a la recogida del doctor Ferrer. Quería impresionarle, asustarle. Debía tener lugar una buena puesta en escena que le intimidara. Porque ahora que sabía a qué atenerse, el inspector estaba dispuesto a someter al genetista a un interrogatorio que no lograría resistir. Garcés ya planificaba sus próximos movimientos, la estrategia más oportuna. A la vista de la ausencia -por el momento- de pruebas sólidas que incriminasen al científico, tenían que obligarle a confesar. Y el carácter de Ferrer parecía encajar con el de una personalidad susceptible de derrumbarse. Garcés confió en que ocurriera. Porque si no…

Qué difícil había sido aquel caso desde el comienzo, pensó el detective con cierta admiración. Tres sospechosos que cumplían el perfil criminal -sexo masculino (el hecho de que el autor de la muerte del abogado hubiese sido capaz de arrastrar su cadáver debajo del coche lo confirmaba), diestro, conocedor de las rutinas del Instituto-, tres individuos que carecían además de coartada para los dos asesinatos. Por si fuera poco, incluso los tres contaban con móvil, por lo menos para matar al doctor Vera. Si a ello se unía la aparente ausencia de errores en la comisión de los crímenes, el resultado se traducía en un callejón sin salida para los investigadores.

Hasta ese instante, claro, en el que se materializaba un fallo por parte del asesino: la llamada telefónica a la Real Maestranza.

Garcés contempló el interior de la comisaría, vacío y silencioso a aquellas horas. A continuación llegó hasta su mesa de trabajo y se sentó frente a ella, concentrándose para el inminente encuentro con el doctor Ferrer. ¿Cómo conseguiría quebrar el hermetismo inicial que, a buen seguro, exhibiría el médico ante aquel súbito giro en su situación? El inspector iba a estar muy atento al menor indicio de debilidad que mostrara el científico. A fin de cuentas, no era un delincuente profesional, la fortaleza interna de Ferrer no soportaría varias horas de interrogatorio; se iría resquebrajando para terminar rindiéndose, al final sucumbiría a la presión.

El inspector, para hacer tiempo mientras esperaba a que llegaran sus compañeros con el doctor detenido, se dedicó a recrear en su mente la muerte de Vera; ahora que conocía la identidad de su autor podía visualizar cómo se había producido toda la secuencia, incorporarla al escenario del Instituto mientras colocaba a cada uno de sus protagonistas en el lugar que le correspondía. Aquella labor previa le permitiría enfocar mejor sus preguntas durante el interrogatorio a Ferrer.

No podía cometer ningún error.

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de un detalle que le cortó la respiración. Garcés se quedó inmóvil, su cuerpo sufrió una brusca parálisis e incluso su rostro, con los ojos muy abiertos, mantuvo su posición detenida conforme el inspector iba procesando aquel impactante pormenor del que se había percatado de forma accidental. Su repentina ocurrencia se le antojó imposible.

Pero tenía sentido.

Garcés maldijo en silencio, asumiendo las consecuencias de ese fogonazo de lucidez que le obligaba a contemplar el crimen de Vera bajo una perspectiva distinta, inesperada. ¿Cómo había sido tan estúpido? Ahora resultaba evidente, uno de los sospechosos tenía que haber mentido en sus declaraciones… y no era Raúl Martos.

La sorpresa dio paso a una escalofriante preocupación, cuando el inspector fue consciente de que no sólo acababa de dejar sin vigilancia a los sospechosos, sino que también había quitado la protección a Pedro Vallés… mientras enviaba a sus compañeros a detener a un inocente.

Garcés tragó saliva. Qué fácil se lo había puesto al asesino.

Con la comisaría sin apenas personal -era la una de la mañana- y los agentes de guardia implicados en el operativo que estaría conduciendo hasta allí al doctor Ferrer, el inspector no disponía de medios para organizar un nuevo dispositivo. No le importó, no había tiempo para lamentarse. Por fin fue capaz de reaccionar, espoleado por aquellas circunstancias que iban adquiriendo un tinte más dramático a cada segundo. Garcés salió disparado hacia su vehículo, sabía dónde localizar a Vallés a esa hora. ¿Llegaría a tiempo de evitar la siguiente muerte?

Jueves, 01.30h

Pedro Vallés se había reincorporado a su trabajo en Urgencias del Hospital Miguel Servet, pues le tocaba guardia aquella noche. Todavía intrigado por el episodio vivido con la policía -no había podido evitar comentarlo con sus compañeros-, se dedicó a leer una revista en la sala confiando en que durante la madrugada, que había comenzado tranquila, se mantuviera la calma. No tardó mucho, sin embargo, en abandonar la estancia para dirigirse a su despacho, necesitaba unos papeles que guardaba en su escritorio y prefirió aprovechar ese lapso de inactividad para recuperarlos.

Una vez en su reducida dependencia rodeó su mesa y abrió el cajón correspondiente, aunque no llegó a alargar la mano para atrapar los documentos. La puerta frente a él -que había entornado al entrar- se acababa de abrir por completo para dejar paso a un desconocido que la cerró a su espalda.

Vallés, inclinado aún sobre el escritorio, alzó la mirada con sorpresa.

-Buenas noches -saludó el misterioso visitante, con una extraña sonrisa que inquietó al médico.

-¿Quién es usted? No puede estar aquí…

-No se preocupe, me iré pronto. En cuanto haya terminado.

Vallés, sin entender lo que estaba sucediendo, se dispuso a formular otra pregunta, pero enmudeció al percatarse de lo que aquel hombre acababa de dejar a la vista: una pistola dotada de silenciador, con la que le apuntaba a la cabeza. Las manos enguantadas de ese agresor anónimo mostraban un pulso tan firme como su propia voz, ajena a la vacilación. Aquella amenaza iba en serio, y Vallés sintió cómo el acre sabor del miedo iba ascendiendo por su garganta. Sus pulmones parecían haberse encogido, apenas lograba respirar. Aquello no podía estar ocurriendo. Pero lo hacía.

-Hasta siempre, Pedro Vallés -se despidió el desconocido, iniciando la presión sobre el gatillo del arma.

No se oyó detonación alguna… porque no hubo disparo. En ese preciso instante se abría de golpe la puerta del despacho y surgía en mitad de la escena el inspector Garcés, pistola en mano, interrumpiendo la maniobra del atacante.

-Tire el arma, Juan -pidió el policía, encañonando al tipo-. Ya ha cometido bastantes errores. No lo empeore.

Durante un momento, el inspector percibió en el rostro del asesino un fugaz estallido de furia y asombro, pero aquel semblante de apariencia anodina e insulsa recuperó en seguida su tono habitual.

-Vaya, inspector. Qué sorpresa.

Pedro Vallés, superado por la intensidad de las circunstancias, se mantenía quieto, sin pronunciar una palabra. Seguía jugándose la vida. Cualquier movimiento precipitaría la tragedia, podía desembocar en su muerte. La frente le brillaba por el abundante sudor que resbalaba hacia su cara pálida de ojos que no pestañeaban. Había perdido por completo el control sobre los acontecimientos. Lo único que cabía hacer, en su situación, era soportar una agónica espera.

-Se ha dado prisa en aprovechar que le quitábamos la vigilancia -comentó Garcés, procurando ganar unos minutos-. ¿Tan urgente es este asunto?

Juan Gonzalo le dirigió una mirada de desprecio.

-Bastante se ha aguardado ya.

-¿Siglos, tal vez?

Gonzalo frunció el ceño.

-Usted tampoco ha perdido el tiempo, inspector.

Aquella respuesta confirmó la hipótesis del policía.

-Pero tú no eres descendiente del hijo bastardo de Sancho Ramírez… -aventuró-. No entiendo a qué viene esta venganza sobre sus descendientes. ¿Qué tienes contra ellos?

Los dos continuaban con las armas alzadas, dirigidas a diferentes blancos. El menor titubeo provocaría un baño de sangre.

-Mi padrastro era el auténtico descendiente -reconoció Gonzalo-, por eso no comparto su apellido. Pero sí su ansia de justicia, inspector. Él me crió como a su propio hijo. Se lo debo todo. Durante su vida sólo tuvo un sueño: que se reconociera su origen noble, que se reparara el daño ocasionado a su familia durante tanto tiempo.

-No lo consiguió -adelantó el detective.

En los ojos del asesino, que no se despegaban de su próxima víctima, podía leerse ahora un odio intenso, violento.

-Tenía cáncer. Lo habían desahuciado. Aun así lo pidió una última vez. Y los de la Real Maestranza fueron capaces de negárselo. Murió como un perro, ignorado por todos. Igual que siempre. Hubiera costado tan poco que muriese en paz…

Así que Lorenzo Díez era el padrastro del encargado de mantenimiento del Instituto, valoró Garcés. Ahí estaba el vínculo que le faltaba. Aquella historia era demencial, pero el aspecto inofensivo de ese tipo había camuflado su enfermizo desequilibrio… y una inteligencia nada desdeñable.

-¿Por qué no bajas la pistola? -pidió el policía, en un tono suave-. Todo ha terminado ya, Juan. No merece la pena que lo empeores.

-Debo terminar la promesa que le hice.

Pedro Vallés tragó saliva, dirigiendo al detective un elocuente gesto de súplica.

-Seguro que él no te pidió que hicieras esto.

Garcés intuyó que aquella locura se había desatado tras el fallecimiento de Lorenzo Díez.

-Pero yo juré que lo haría.

-Déjalo ya, Juan -insistió Garcés, sin perder la sangre fría-. No tiene sentido. Ya no. Este hombre ni siquiera sabe que Sancho Ramírez tuvo un hijo bastardo. No pagues con él tu rabia. No te portes peor que ellos. Es hora de pasar página, de superar el pasado.

Juan Gonzalo se giró hacia él.

-¿Cómo me ha descubierto?

-Un único detalle me ha permitido desmontar toda tu versión.

-¿Cuál?

-Nunca pudiste escuchar al becario, Juan. Ahí está la clave. Ramón Suárez emitió un solo grito al encontrarse con el cadáver del doctor Vera, y tú trabajas con auriculares oyendo música heavy. Es imposible que lo oyeras desde la última planta, y desde luego que llegaras tan pronto al laboratorio. Estabas mucho más cerca. Nos mentiste. Tú acabaste con la vida del genetista, y también con la del abogado, ¿verdad? -añadió-. Lo esperaste en su garaje…

Juan Gonzalo no contestó, se limitó a sonreír con hastío.

-Salí del Instituto por la ventana del cuarto donde me cambio -explicó-. No hay cámaras cerca. Así pude rodear el edificio sin que Marcos se diera cuenta. Cuando le golpeé, él todavía pensaba que yo me encontraba en el último piso.

-Buena estrategia.

Se quedaron en silencio, prolongando una situación tan tensa que amenazaba con explotar en cualquier momento.

-Qué asco da todo -murmuró por fin Gonzalo-. Vaya mierda de mundo.

Al menos dejó de apuntar a Vallés, lo que aprovechó el inspector para lanzarse contra él y desarmarle. Juan Gonzalo no se resistió; su mirada, turbia, parecía haberse empañado hasta hacerse casi opaca. Su enérgica determinación había sido un simple espejismo; ahora recuperaba el rumbo extraviado que le había conducido hasta allí, el que había seguido siempre. Garcés se apresuró a esposarle por si sufría algún otro giro brusco en su actitud. No quería más sorpresas.

Poco después, durante el registro del domicilio del empleado de mantenimiento, encontrarían los huesos desaparecidos de Sancho Ramírez, que Gonzalo aún no había conseguido destruir. El inspector Garcés fue consciente de que, al haber detenido in extremis a Juan Gonzalo, acababan de salvar la vida de Pedro Vallés, el único descendiente vivo del monarca Sancho Ramírez. El heredero. El último rey.

 

 

 

GANADORES DEL CONCURSO DE HERALDO

 

>> Premio especial (Crucero por el Mediterráneo para cuatro personas a bordo del MSC Fantasía): Begoña Zarauz Artano

>> Premio de 10 estancias de fin de semana para dos personas en el Monasterio de San Juan de la Peña:

Arancha Martín Alonso

Carlos Chicon Josa

Ana Lastres Panzano

Luisa Fuentes

Ana Cristina Royuela González

Fernando Jesús Arilla Mur

Inmaculada García Lisbona

Santiago Jiménez Trol

Loreto Beltrán Audera

José María Calzada Campos

>> Premio de 15 estancias de fin de semana para dos personas en la Hospedería del Castillo del Papa Luna:

Manuel Sicilia Ruiz

María Luisa Martiñez García

Marta de Arce

Pilar Gómez Bello

José Antonio Lázaro

Mª Pilar Martín Azara

Mariano sanz Samper

Carmen Latorre Camín

Mª José Sabaté

Rogelio Marco

Carmen Morando Esteban

Rafael Martínez Segura

María Rosa Salvador Benito

Juan A. Blasco

José antonio Martínez Lázaro

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