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Ocio y Cultura

LITERATURA

La puerta oscura

Lea en exclusiva el arranque de 'Requiem', la nueva novela de David Lozano, que cierra su exitosa trilogía y estará a la venta el 31 de octubre.

Adolphe bineau consultó su reloj sin dejar de avanzar. Ya pasaba de la medianoche. ¿Cómo se le podía haber hecho tan tarde? Aceleró el paso al tiempo que abandonaba la avenida principal y se adentraba por una red de estrechos callejones para tomar un atajo.

Tras una jornada laboral especialmente intensa, estaba impaciente por llegar a casa, abrazar a su mujer y echarse a dormir. Alzó la mirada en medio de un suspiro y contempló el cielo pálido asomándose entre los perfiles desgastados de los edificios, paredes negras salpicadas de luces que se derramaban desde algunas ventanas.

La noche se extendía sobre París; sumergía la ciudad en un ambiente fantasmagórico, imponía su penumbra. Los destellos de las escasas farolas dibujaban sombras en el rostro de Bineau conforme iba quedando bajo sus halos de luz, que volvía a abandonar con las siguientes zancadas.

Los portales dormidos eran nidos de oscuridad, y el rumor sordo del tráfico iba quedando atrás mientras el hombre penetraba en las profundidades de aquella zona de casas viejas.

Fue en ese instante cuando empezó a sentirse incómodo. Algo no marchaba bien.

Adolphe se detuvo y giró sobre sí mismo, escudriñando cada rincón que quedaba ante su vista. Nada, nadie. Silencio.

Y sin embargo... una creciente angustia iba adueñándose de él sin que pudiera evitarlo, una vaga percepción de riesgo. No lo entendía, pues había seguido ese camino en numerosas ocasiones, incluso a horas tan tardías como aquella. Y a pesar de que con la llegada de la oscuridad la zona adquiría un aspecto algo lúgubre –como cualquier barrio viejo–, tampoco se trataba de un sector peligroso de la ciudad.

¿Entonces?

Un ruido cercano vino a confirmar que no se encontraba tan solo como imaginaba. Adolphe dio un respingo, originado no tanto por el sonido –que había sido leve, metros más atrás– como por su propio nerviosismo. Procuró serenarse, avergonzado por aquel comportamiento, que consideró un tanto paranoico. A fin de cuentas, continuaba sin ver nada sospechoso, nada alarmante.

¿Acaso no era factible que alguna otra persona estuviera andando por las proximidades?

No obstante, ante sus sensaciones, que no lograba explicarse, se negó a aguardar para confirmar la ausencia de peligro. Reanudó su caminar, a un ritmo mucho más rápido. Las ganas de llegar a casa se habían vuelto imperiosas.

No tardó en romperse de nuevo la calma. Ahora con un chasquido, un golpe breve y seco que interrumpió la serenidad nocturna. Adolphe, víctima de una inquietud que iba fortaleciéndose en su interior, se vio obligado a detenerse. ¿Cómo era posible que el ruido hubiera procedido de la zona a la que todavía no había llegado, si había ubicado el anterior a su espalda apenas unos minutos antes?

Tal vez se enfrentaba –fue consciente de que acababa de emplear un verbo que implicaba cierta violencia– a varias personas, que le estaban rodeando. ¿Iba a sufrir un atraco?

Adolphe extrajo su móvil de un bolsillo del abrigo, dispuesto a llamar a la policía. Sus dedos se detuvieron sobre las teclas, a punto de pulsarlas.

Pero no lo hizo. Y es que seguía sin ver a nadie. En realidad, sus ojos no descubrían nada amenazador. ¿Qué diría a los agentes? ¿Que se había puesto nervioso? Procuró mitigar su intranquilidad.

No entendía lo que estaba ocurriendo.

Sus pupilas recorrían los alrededores, meticulosas, sin dejar un centímetro por comprobar. Nada. Ni siquiera en el tramo del que parecía proceder el último ruido.

Solo la noche y su quietud. Más lejos, los murmullos intermitentes de los sectores de la ciudad que permanecían despiertos.

«Calma», se dijo. «Ha sido un simple ataque de ansiedad, eso es todo. Estás en París, camino de tu casa; no ocurre nada».

Con menor convicción de la que pretendía, sus piernas iniciaron el movimiento que lo conduciría hacia su hogar.

Aunque ese avance lo llevaba directo hacia el segundo de los sonidos, claro. Aquel detalle no se le había escapado. A cada paso, Adolphe notaba cómo su corazón se iba acelerando; contuvo el aliento, negándose a sucumbir a ese pánico absurdo.

¿Alguien lo estaba siguiendo? ¿Se encaminaba, sin saberlo, hacia una trampa?

Aquellos temores le parecieron irracionales. ¿Quién iba a querer hacerle daño? Tan solo era un hombre de treinta y cinco años que trabajaba como teleoperador de una compañía telefónica.

Una vez más, cedió ante sus impulsos y frenó, para estudiar cada detalle del escenario urbano que quedaba a su alrededor. Y una vez más, no consiguió hallar ni el más leve rastro que pudiera confirmar sus recelos.

Silencio, ecos amortiguados de la ciudad, penumbra.

Por otra parte, retroceder tampoco generaba en él ninguna confianza. Adolphe se propuso entonces continuar, apretando los dientes. Tenía que superar aquella prueba, por su propia dignidad.

Dio un paso más.

A pocos metros, unos ojos amarillos, ávidos, lo acechaban resguardados tras las sombras de un recodo del callejón. Unos ojos que celebraron la decisión de la presa. Bajo ellos, una sonrisa animal empezó a dibujarse, deformada por abultados dientes.

Adolphe Bineau se dirigía hacia la criatura.

CAPÍTULO I

Once de la noche. La reunión proseguía con una cadencia desvaída provocada por la proximidad del funeral de Domi¬nique, que tendría lugar al día siguiente. Las voces eran simples murmullos; la iluminación, un tenue tapiz que teñía el espacio de un color lechoso.

Michelle paseó su mirada por aquel lugar de paredes de piedra y techos altísimos donde habían vivido momentos tan dramáticos... y donde se habían perdido vidas: el palacio de Le Marais, escenario en el que la detective Marguerite Betancourt había encontrado la muerte enfrentándose al Mal hasta sus últimas consecuencias.

Y donde Beatrice –Michelle contuvo una íntima punzada de despecho–, aquel misterioso espíritu errante, se había sacrificado asumiendo el precio de su propia traición.

La chica atendió, triste, a las esculturas de ángeles que se asomaban con ojos ciegos desde los tabiques laterales del vestíbulo, rodeando la escalera que conducía al piso superior. Quiso subir allí e inclinarse sobre la barandilla que bordeaba la estancia desde la altura, elevarse sobre la realidad, observarlo todo con la privilegiada perspectiva de un simple testigo. Pretendía escabullirse de un presente demasiado crudo; por una vez, le tentaba la huida.

Pero ni siquiera así hubiera logrado esquivar la pena. En aquel encuentro la ausencia de Dominique se hacía dolorosamente palpable, como demostraban los rostros cenicientos de los demás: Pascal, Mathieu, Marcel, Daphne y Edouard.

Habían dejado una silla vacía junto a las ocupadas por los demás, a modo de homenaje, o tal vez porque no tenían el coraje suficiente como para descartar de modo definitivo la presencia del amigo muerto. Una silla que conforme transcurrían los minutos parecía ir ocupando más espacio.

Dominique ya no estaba. Una pérdida que pillaba a Michelle muy vulnerable, dada su reciente ruptura sentimental con Pascal.

–Ya sabéis que no podemos contar con Jules a estas horas –señaló la chica, sobreponiéndose a su propio malestar–. Y es una pena, porque es importante que nos vea a su lado. Con lo que está viviendo, tiene que sentirse bastante solo.

La vieja Daphne, que se había girado hacia ella al escuchar sus palabras, se encogió de hombros. Ofrecía un gesto resignado que se añadía a su visible agotamiento, mucho mayor que el del resto de los presentes; no se había recuperado aún del ataque de Verger. Su debilidad era extrema; aunque, terca, se había negado a quedarse al margen de aquel nuevo encuentro.

–Hazte a la idea de que Jules no existe durante la noche –indicó–. Sumergido en su estado letárgico, no es consciente de nada, la oscuridad lo eclipsa hasta el amanecer.

–Tal vez sea mejor así –opinó Marcel–. Que viva ignorante de sus vigilias vampíricas, mientras por el día nos tiene a no¬sotros.

–¿Hasta cuándo? –preguntó Pascal, preocupado–. ¿Cuánto tiempo mantendrá Jules esa condición inofensiva?

Aquel interrogante resquebrajó la aparente serenidad que reinaba en la sala. Y es que no disponían de una respuesta.

–Nadie lo sabe –reconoció la vidente.

Mathieu intervino:

–Entonces, ¿dejándolo solo en su habitación no corre ningún riesgo?

–Hemos analizado los síntomas –advirtió Marcel–. Se trata del único parámetro que se nos ocurrió para calcular la fase del proceso maléfico en que se encuentra.

–¿Y? –Michelle le miró a los ojos.

–En principio –el Guardián continuaba con cautela–, lo que marca la llegada a un estadio crítico es la aparición del arma más letal de los vampiros: los colmillos. Sin embargo, hasta ahora lo único que Jules ha sufrido, exceptuando las maniobras del espíritu errante, es la activación de la vitalidad de su cuerpo con la llegada de la oscuridad. Va evolucionando como... depredador nocturno.

«Qué terrible expresión», meditó Pascal antes de manifestar su inquietud en voz alta:

–Pero no sabemos cuándo puede tener lugar el siguiente avance de su... enfermedad –al Viajero todavía le costaba asumir la pesadilla que envolvía a Jules, un inesperado horror con el que se había encontrado al retornar de su último viaje al Más Allá.

–Nadie puede saberlo –reconoció Marcel–. Tal vez sea cuestión de horas, o de una semana. No existen conocimientos al respecto, se trata de algo que nunca se ha podido estudiar. Quienes fueron testigos del proceso, siempre acabaron devorados por el Mal. No hay testimonios de supervivientes a lo largo de la historia.

–Pero hemos de mantener la esperanza. Por eso estamos aquí –la vieja Daphne se puso en pie y los fue observando a todos, uno a uno–. No nos podemos permitir dilapidar el tiempo, cada segundo cuenta. Si de verdad creemos que Jules tiene una posibilidad de salvarse, hemos de actuar. Ya.

Lo que implicaba iniciar la búsqueda de la bisabuela del joven gótico en el Más Allá, presunta Viajera anterior en paradero desconocido desde mil novecientos ocho.

–¿Hay alguna otra alternativa? –Mathieu exhibía cierto escepticismo, y no era para menos: enviar a Pascal al Mundo de los Muertos en busca de alguien que llevaba desaparecido más de cien años suponía una auténtica locura.

–No que yo sepa –Daphne acababa de responder de forma tajante–. No hay antídotos, ni ritos, ni ceremonias. La única ventaja con la que ha contado Jules ha sido el carácter superficial de la mordedura. Eso le ha dado un margen de tiempo excepcional en casos de infección vampírica.

–También ha permitido que no se extienda en nuestro mundo la condición de no-muerto –añadió Marcel–. No olvidemos las desastrosas consecuencias que acarrearían los movimientos de Jules como vampiro.

–Pues si no hay otra forma de salvarle, entonces tampoco hay más opción que creerle –concluyó el joven médium con indiscutible lucidez, un argumento que incluso a Mathieu le pareció razonable.

Los demás habían asentido, haciendo gala de una unidad sin fisuras. Estaban con Jules, y aquel apoyo incondicional se mantendría mientras hubiese una remota esperanza. E incluso aunque no fuera así.

–Pero si lo que Jules necesita es una transfusión de sangre de Viajero –Pascal expresaba sus dudas–, ¿por qué no sirvo yo como donante?

–Ojalá fuera viable esa alternativa. Pero tu sangre no es compatible –explicó Marcel–. Se requiere consaguinidad. Jules precisa la sangre de un familiar.

La figura casi legendaria de la bisabuela Lena, envuelta en su enigmática desaparición cien años antes, se convertía así en la única posibilidad.

Pascal pensó que cada uno de los viajes que había efectuado a través de la Puerta Oscura en los últimos meses se había traducido siempre en una contrarreloj. Empezaba a estar agotado de semejante ritmo. Y del rastro de cadáveres que aquel umbral sagrado parecía exigir como tributo a cada movimiento suyo.

–¿De verdad creéis que la bisabuela de Jules fue la Viajera del siglo veinte? –cuestionó Mathieu en aquel momento, recuperando su incredulidad–. Porque si Pascal va a jugarse la vida en un nuevo viaje, y al final resulta que nos equivocamos...

Al chico le daba miedo que esa asombrosa iniciativa constituyese tan solo una idea absurda nacida de la desesperación del gótico, y se mostraba reacio a exponer a Pascal al peligro más de lo imprescindible. A Edouard, sin embargo, a pesar de que la figura del Viajero continuaba siendo para él casi tan sagrada como la misma Puerta Oscura –cuya solemne presencia intuía unos metros más abajo de aquel vestíbulo, en el sótano–, no se le antojaba una iniciativa tan precipitada.

–No podemos albergar una seguridad al cien por cien –reconoció la pitonisa–. Pero toda la información que Jules ha compartido con nosotros inclina la balanza a favor de esa teoría.

–Por lo que contó –inició Pascal–, Lena Lambert se encerra¬ba en el desván cada vez que discutía con su marido, el bisa¬buelo de Jules. Y la misma tarde de su desaparición, precisamente la del treinta y uno de octubre de mil novecientos ocho, habían tenido una muy gorda. De hecho, él se terminó acostando sin que ella regresase al dormitorio. A la mañana siguiente, cuando el hombre despertó y se dio cuenta de que su esposa continuaba sin salir del desván, subió a buscarla.

–Pero no logró encontrarla –recordó Marcel el desenlace–. Nunca más.

–Eso es –convino el Viajero–. Ella pudo estar inclinada sobre el baúl abierto en el momento exacto de la medianoche, y...

Medianoche del treinta y uno de octubre. Halloween.

–La idea no es descabellada –admitió la vieja Daphne–. Tiene sentido.

–La versión oficial que dio la familia fue que, alentada por aquella última disputa, la mujer se había fugado con un antiguo novio que también abandonó la ciudad por esas fechas –completó Pascal–, una teoría poco sólida que se ha mantenido hasta hoy ante la ausencia de otra explicación.

–De acuerdo con lo que nos ha dicho Jules, ella era una mujer de cierta edad y con pocos estudios –opinó Michelle, concentrada en sus deducciones–. Nunca habría logrado desaparecer por voluntad propia sin dejar rastro, ni siquiera se habría atrevido a improvisar algo así con o sin antiguo novio. Es absurdo. Por eso está convencido de que su bisabuela no llegó a salir de la casa, lo que cuadra con la hipótesis de que fuera absorbida por la Puerta Oscura. Incluso dejó su documentación, su dinero, su ropa. No se pudo ir... físicamente.

–Pero –repuso Mathieu, dando vueltas al asunto– ¿qué tiene que ver que se convirtiera en Viajera con su desaparición? Pascal no ha interrumpido su vida entre nosotros, y es el actual Viajero.

–Mathieu –señaló Daphne–, recuerda que el Viajero dispone de un tiempo límite en cada incursión para permanecer en la Tierra de la Espera. Si lo sobrepasa, el umbral se cierra para él y jamás puede regresar al mundo de los vivos.

El chico asintió, recuperando de su memoria aquella información.

–Condenado a permanecer allí para siempre –observó pensativo.

–Supongo que se queda vagando por esa dimensión durante plazos muy superiores a los nuestros –elucubró la pitonisa–, pues el tiempo transcurre en esa región a otro ritmo. Allí, además, un cuerpo vivo no se estropea con la misma rapidez que aquí...

–Por lo que Lena aún podría estar viva –planteó Marcel con cautela–. Siempre y cuando durante estos años no haya caído en manos del Mal, claro.

En efecto, aquella era una inquietante posibilidad, que tomaba cuerpo si estaban dispuestos a aceptar que Lena Lambert hubiera adoptado el rango de Viajera e infringido sus límites. Incluso en el mejor de los casos, por tanto, la idea de Jules no ofrecía tampoco garantías.

–Así que... –los animó a concluir Edouard.

–Así que Lena Lambert sí podría compartir con Jules su sangre especial y salvarle antes de que se complete su transformación vampírica –Daphne hablaba, impresionada ante ese enfoque tan intrépido–. Jules nos está pidiendo que la busquemos... en el mundo de los muertos.

En la voz de la vidente no se intuía ninguna recriminación sino, todo lo contrario, una inflexión admirativa.

* * *

Jules duerme. Estirado sobre la cama boca arriba, con los ojos cerrados y las manos de tonalidad exangüe entrecruzadas sobre la cintura, ha adoptado sin percatarse la pose de un cadáver que ya descansa en su ataúd.

Jules duerme, o al menos lo parece, porque su respiración se ha vuelto casi inaudible y su cuerpo flaco no experimenta el más mínimo movimiento. Su extrema palidez bajo el pelo rubio acentúa aún más la impresión de que está muerto.

Hasta que sus ojos se abren de forma súbita, revelando una mirada que apenas tiene rasgos humanos: amarillenta, de pupilas rasgadas, enfermiza.

Una mirada turbia.

El cuerpo de Jules comienza entonces a sufrir unas leves convulsiones, se arquea sobre el lecho. El chico alza la cabeza estirando al máximo el cuello. La cicatriz sobre su yugular se ha inflamado hasta ofrecer una coloración virulenta.

Jules gime, se retuerce con una lentitud siniestra. El pulso tembloroso de una de sus manos le advierte de que, por primera vez en muchas noches, su conciencia humana ha surgido también en medio del letargo.

Está despierto.

Tal vez habría sido mejor no asistir a aquella escena que van descubriendo sus ojos demasiado abiertos, alcanza a pensar.

El muchacho husmea ahora como un animal, comprueba su extraordinaria capacidad auditiva identificando sonidos distantes. No controla esas capacidades. Su semblante ha perdido el color mientras la mente todavía humana va sucumbiendo a un instinto imparable, a la devastadora apetencia de la sangre.

Se relame sin poder evitarlo. Y entonces los descubre.

El espanto se desliza como un escalofrío por el cuerpo infecto de Jules, los dedos crispados de las manos se lanzan sobre su cara y tantean hasta encontrarse con la boca abierta en una macabra sonrisa. Jules reúne todo el valor que logra hallar en su interior. Necesita confirmar su sobrecogedora impresión.

Las yemas de sus dedos, temerosas, se encuentran enseguida con dos perfiles curvilíneos que sobresalen de entre sus dientes, y los recorren materializando la sospecha: Jules ya cuenta con dos afilados colmillos.

El proceso maléfico sigue su curso inexorable. Mientras, la conciencia del joven gótico se resiste a claudicar, a rendirse frente a aquel lado oscuro que se va haciendo fuerte en sus entrañas, corrompiendo su naturaleza humana de forma irreversible.

Jules se niega a reconocerse en las monstruosas facciones que deforman su rostro juvenil. La infección vampírica va destruyen¬do paulatinamente su verdadero yo, que él se obstina en proteger.

Mientras llora, se empeña en no renunciar a esa identidad del chico que fue antes de sufrir la mordedura fatal.

* * *

–¿Qué sabemos de esa mujer? –acababa de preguntar Edouard, imaginando la inmensidad absoluta del Más Allá–. Sin alguna pista que pueda orientar al Viajero, será imposible que encuentre a Lena Lambert.

Michelle se inclinó desde su asiento y atrapó con sus manos una mochila que descansaba en el suelo.

–Jules me ha dado esta mañana todo el material que su familia conserva de ella –abrió la bolsa y empezó a sacar objetos, que iba depositando sobre la mesa alrededor de la cual se hallaban todos sentados, excepto Marcel, todavía de pie. Amarillentas cartas, documentos desgastados, un libro de familia, algún carné, un pequeño óleo, un par de portarretratos, viejas fotografías en blanco y negro...

Los demás se apresuraron a rebuscar entre aquellos vestigios del pasado. Se trataba de encontrar algo que les permitiera deducir los pasos que había seguido la mujer desaparecida, algún indicio del que Pascal pudiera servirse en su próximo viaje.

Daphne, sin embargo, contemplaba con escepticismo aquel cúmulo de recuerdos.

–No servirá de nada –conjeturó–. Lo que tenéis en las manos pertenece al pasado de Lena, a su vida anterior a la apertura de la Puerta.

Marcel alzó su rostro.

–Nunca se sabe, Daphne –repuso–. Llevo mucho tiempo trabajando para la policía y he aprendido a no menospreciar jamás los detalles más insignificantes. Cualquier dato puede actuar de detonante para conclusiones útiles.

Mientras hablaban, no se habían percatado del gesto intrigado que Mathieu adoptaba conforme aproximaba a sus ojos el óleo, un retrato enmarcado en madera.

–No es la primera vez que veo la imagen de esta mujer –afimó enigmático.

Los demás observaron al muchacho, aguardando una explicación.

–Seguro –insistió, sin despegar sus pupilas del cuadro–. Yo he visto antes a esta mujer.

–Eso es imposible –opinó Michelle–. Estos objetos no han salido nunca de la familia de Jules.

–¿Tal vez los tenían expuestos en su casa? –aventuró Pascal–. A lo mejor sí los hemos visto en alguna ocasión, quizá en su fiesta de Halloween.

Michelle negó con la cabeza.

–No. Según me ha dicho Jules, se ha pasado varias horas rebuscando en el desván para reunir todo lo que me ha entregado. Mathieu, es materialmente imposible que hayas visto antes ese cuadro.

El aludido no estaba dispuesto a ceder.

–Tengo muy buena memoria. Y cada detalle de esta pintura, ese gesto, los adornos... todo me resulta conocido.

Movido por la curiosidad, el resto de los presentes se levantó y acabó acercándose hasta el asiento de Mathieu para mirar el cuadro que sujetaba entre las manos, de bastante calidad. En él, en trazos minuciosos de gran realismo, aparecía una mujer de mediana edad, con el pelo rubio recogido y los ojos azules. De facciones suaves y mirada ausente, ofrecía sin embargo un semblante serio, casi solemne, y en su piel se distinguían unas arrugas prematuras que hablaban de una vida difícil. Sobre su cuello, muy delgado, colgaba un modesto collar de plata, a juego con sus pendientes, pequeñas piezas brillantes en forma de gota.

Los ojos grises de Pascal dejaron de observar la pintura y se volvieron hacia Mathieu.

–Pues a mí no me suena de nada esta señora –reconoció–. ¿Tan seguro estás de que la conoces?

–Por completo –Mathieu no había titubeado; entonces pareció caer en la cuenta de algo, y alzó la mirada hacia el forense–. ¿Tenemos todavía el ordenador de Dominique?

Marcel asintió sin hacer preguntas y, a continuación, se dirigió hacia un armario próximo, de donde lo extrajo.

–Pensaba dártelo esta noche –le dijo a Michelle mientras se lo tendía al chico– para que mañana en el funeral se lo devolvieras a sus padres.

Michelle asintió, al tiempo que Mathieu encendía el ordenador y aguardaba. Edouard, Daphne y Pascal, intrigados ante la extraña familiaridad que el chico experimentaba hacia el retrato, no reanudaron su registro de las viejas pertenencias que seguían desperdigadas por la mesa. Esperaron de pie junto a Mathieu durante los minutos en los que este se dedicó a navegar por Internet.

El muchacho, mientras tecleaba, dirigió algunas miradas cómplices al médium, que, a su lado, le manifestaba con un gesto su confianza en aquella iniciativa.

–Pero ¿qué buscas en concreto? –Michelle no había podido reprimir su curiosidad.

–No lo sé –Mathieu se rascó la cabeza–. Aún. De momento estoy poniendo en Google parámetros como «retratos femeninos» y cosas parecidas.

–¿Y eso te va a servir de algo?

–Seguro que acabo viendo algún detalle que me recuerda dónde he podido ver este cuadro.

Durante los siguientes minutos, reinó un silencio solo interrumpido por los ruidos que provocaban los presentes al coger o dejar objetos sobre la mesa –habían reanudado la inspección–, una calma que presagiaba lo previsible: nadie iba a sacar nada en limpio de aquella labor.

–La mayoría de estas cosas deberían estar en un museo –observó Pascal, depositando un portarretratos sobre el mueble.

Esas palabras provocaron un efecto inesperado en Mathieu, que detuvo sus dedos sobre el teclado del ordenador al escucharlas.

–Eso es... –susurró, con un extraño brillo en los ojos–. Un museo...

Michelle frunció el ceño.

–¿Has visto a esa mujer en un museo? No puede ser...

Por el contrario, aquel interrogante atrajo poderosamente la atención de Daphne, que abandonó de inmediato su análisis de una carta para levantarse de su asiento y aproximarse hasta el chico que navegaba por la red, ahora con energía renovada.

Pascal, atento, se inquietó ante esta última reacción de la vidente.

–¿Me estoy perdiendo algo?

–Sí –la voz de Mathieu, triunfante, se alzó sobre el portátil poco después–. Acabo de descubrir por qué me sonaba la imagen de la bisabuela de Jules. Yo tenía razón, la había visto antes.

Todos detuvieron su tarea ante aquella afirmación tan rotunda y aguardaron una aclaración. Mathieu, por su parte, se limitó a girar el ordenador hasta que el contenido de su pantalla quedó a la vista de los demás.

En efecto, cada uno de ellos pudo comprobar que la imagen que copaba el escritorio era sorprendentemente similar a la del retrato al óleo que Jules les había facilitado. Incluyendo el collar y los pendientes.

Alucinante. Se trataba de la misma persona, no había duda. Nadie podía negar la evidencia.

–Pero ¿de dónde has sacado...? –Michelle no daba crédito.

–Condesa Sabine de La Martinette –respondió Mathieu–, año de mil setecientos ochenta y nueve, París. Se trata de un cuadro que se conserva en un pequeño museo de París que visité hace poco. Además, esta fotografía aparece en algunos libros de historia.

Daphne asentía con una elocuente complicidad, una clara muestra de que había captado a la primera todas las implicaciones de aquel hallazgo.

–No entiendo... –confesó la chica, desconcertada–. ¿Mil setecientos ochenta y nueve? ¡El año de la Revolución Francesa! Por lo menos faltaban setenta años para que naciera la bisabuela de Jules...

Mathieu sonrió.

–Apuesto a que si sigo buscando, la encuentro en otros episodios de la historia...

Aquel revelador comentario iluminó a Edouard. La vidente se volvió hacia Pascal.

–Supongo que tú ya habrás caído en la cuenta de lo que eso significa...

Marcel, por su parte, se mantenía en segundo plano, sacando sus propias conclusiones.

–Sí –Pascal asintió con la cabeza–. Creo que ya sé por dónde empezar la búsqueda de Lena Lambert.

Todos miraron al Viajero, que aportó la solución al enigma.

–La Colmena de Kronos.

* * *

Jules, postrado en su lecho, pretende gritar, pero de su boca entreabierta solo brota un gemido, un aliento sucio que se desliza entre sus dientes. Su avidez de sangre va en aumento, colapsa sus recuerdos al ritmo frenético con el que sus ojos de bestia recorren la habitación en la que permanece encerrado.

Jamás ha tenido tanta hambre.

Una nueva convulsión lo empuja fuera de la cama, pero se resiste con una energía que solo puede nacer del pánico. Consciente por primera vez en medio de su vigilia vampírica, comprende lo que puede ocurrir. Le aterra el perverso horizonte que se abre ante él si se deja llevar y lucha por mantenerse en aquel espacio donde no puede hacer daño a nadie.

Los últimos resquicios de humanidad se resisten a abandonarlo a su suerte, a ceder su cuerpo a la maldición de los no-muertos. Todavía siente, piensa. Y eso convierte la siguien¬te fase de la degeneración que está sufriendo en una agonía atroz.

Sus manos, alejadas ahora de su rostro que se estira con fiereza, se agarran con desesperación a los bordes del lecho para soportar los embates cada vez más poderosos de ese otro instinto que contamina sus vasos sanguíneos. Vuelve a arquearse, chasquea sus mandíbulas, el sudor resbala por su frente y se precipita a través de la cara hacia las comisuras de su boca.

Emite gruñidos roncos.

Todo su cuerpo se levanta del camastro, casi levita. Su otro yo se revuelve, quiere escapar. Sus pupilas amarillas enfocan la ventana con deseo, el acceso a un prometedor coto de caza.

Un desmesurado apetito abruma la conciencia de Jules. Una sed torturante.

Su cuerpo termina por fin cayendo al suelo, vencida la resistencia de las manos. Ahora una arcada de miedo sube por la garganta de Jules mientras asiste al lento arrastrar de su cuerpo hacia la ventana.

No logra oponerse, ha perdido el control. La noche, más allá del cristal, lo atrae con un magnetismo insoportable al que cede dominado por su condición monstruosa. Tan solo unas lágrimas delatan su desolación, la rendición de su humanidad aún viva.

Alcanza el cristal. Contempla la imagen borrosa de su mano crispada atenazando el marco. Pronto, Jules se moverá libremente por las calles de París, envuelto en la oscuridad.

Sin nadie que frene sus impulsos.

Su infección ha avanzado demasiado rápido, ha vuelto a sorprenderlos a todos. A sorprenderle a él.

Y ya es tarde para reaccionar.

* * *

–Tiene sentido –afirmó Marcel–. La Colmena de Kronos, ese laberinto cuyas celdas conducen a distintos infiernos creados por el hombre, funciona con sus propios plazos, ¿no es así, Viajero?

El chico asintió.

–Se trata de una especie de máquina del tiempo que enlaza momentos terribles de la historia. En cuanto accedes a una nueva época –se explicó–, dispones de veinticuatro horas para salir de ella. En caso contrario...

–En caso contrario, te quedas atrapado para siempre –terminó la vidente.

–Eso es –convino Pascal–. Esa explicación cuadra bien con el hecho de que nadie haya visto a Lena durante todos estos años en la Tierra de la Espera, lo que me sonaba raro. Nadie me habló de ella en mis viajes.

–Lógico –Daphne meditaba en voz alta–. Porque la Colmena de Kronos se encuentra en la Tierra de la Oscuridad, la región de los condenados. Si estamos en lo cierto, la bisabuela de Jules no ha tenido contacto con los muertos que aguardan en sus tumbas.

–Qué tragedia –murmuró Edouard–. Apenas llegó a ejercer de Viajera. ¿Qué le ocurriría? ¿Qué pudo llevarla fuera de los límites de la Tierra de la Espera?

–Ese dato no es relevante –observó el Guardián–. Lo esencial es descubrir dónde se encuentra ahora.

–Si es que sigue con vida –matizó Michelle con lucidez, al recordar todo lo que Pascal les contó de su propio paso por aquella prueba–. Porque para alguien que sigue vivo allí hay muchos peligros, ¿no?

Indudablemente, cayeron todos en la cuenta. A los riesgos propios de cada momento anclado en las celdas, había que añadir los seres malignos que acechaban en cada viaje. Pascal no había olvidado el acoso de los carroñeros que Beatrice y él sufrieron durante la epidemia de peste, o el ataque de los espectros en aquel cementerio al que llegaron tras escapar de la Inquisición.

La experiencia había sido tan traumática, tan brutal, que su memoria recuperaba sin esfuerzo esas escenas con una viveza cruda. El rescate de Michelle le había cambiado más que el mismo hecho de haber cruzado la Puerta Oscura.

Pascal miró de soslayo a su amiga, un solapado gesto que se había convertido en habitual desde su última conversación íntima. Anhelaba detectar en la chica un atisbo de cariño hacia él, alguna muestra que le permitiese albergar la esperanza de un acercamiento, de una reconciliación. Por eso no la perdía de vista, una vigilancia que –pudoroso o avergonzado– procuraba llevar a cabo de forma discreta.

Mientras tanto, las palabras de Michelle habían provocado en el vestíbulo un silencio áspero, desencantado. La reflexión de la chica, incuestionable, acababa de enfriar la creciente

euforia que había empezado a sentir el grupo ante lo que parecía una pista fiable para encontrar a la bisabuela de Jules. En efecto, tenían que reconocer –por si fuera poco organizar aquella nueva misión sin saber a ciencia cierta si Lena Lambert era o no la Viajera anterior– que nada garantizaba que ella continuara con vida a estas alturas. El retrato de la condesa solo atestiguaba que, en su involuntario devaneo temporal, había pasado por la Francia de finales del siglo xviii. Tal vez, incluso, aquella había constituido su última escala y había terminado guillotinada como noble en medio de las revueltas de París.

Un panorama desolador, sin duda, que sentenciaba a Jules antes de que el Viajero diera un solo paso.

–No podemos permitirnos que la peor de las alternativas nos frene –repuso Pascal con firmeza, temeroso de que aquella incertidumbre debilitara la determinación del grupo–. Siempre hay dudas. Como cuando tuve que ir a buscar a Michelle al Más Allá –ella no le sostuvo la mirada mientras ambos lo recordaban–. No hay plazo para esperar garantías: el tiempo de Jules se agota.

–No pretendía desanimaros –Michelle se defendió, rescatando su aplomo tras aquellos segundos de incomodidad–. Pero si Pascal va a viajar para buscar a Lena Lambert, tenemos que ser muy conscientes de las cartas con que jugamos –bajó la cabeza–. Ahora mismo las posibilidades de salvar a Jules son escasas, a pesar de lo que Mathieu ha descubierto. Aunque eso no significa que no haya que intentarlo todo.

–Al menos –Daphne decidió arrojar algo de optimismo–, en la Tierra de la Oscuridad hay zonas mucho peores que la Colmena de Kronos. El Viajero se va a enfrentar a un entor¬no hostil pero que ya conoce, un entorno con una presencia maligna limitada y no demasiado distante de la Tierra de la Espera.

–Eso también es verdad –Pascal quiso agarrarse a aquel tibio consuelo que le ayudaría en el instante de iniciar su siguiente desafío.

Edouard meditaba desde un rincón, sacando sus conclusiones ante lo que estaba escuchando.

–Si Lena Lambert infringió el plazo máximo en una de las celdas –comenzó, prudente–, ya no se vería obligada a seguir cumpliéndolo, ¿no?

Los demás se volvieron hacia él.

–Supongo que tienes razón –contestó la vidente–. Una vez atrapada para siempre en la Colmena de Kronos, sus movimientos dentro de ella dejan de estar sometidos a ese límite. Aunque de nada le sirva ya.

–Entonces hay más probabilidades de que siga viva –razonó el joven médium, su aportación personal a mejorar el ánimo del grupo–. No se ha pasado cien años de infierno en infierno. Ha podido sobrevivir en una época concreta, y mantenerse allí. Quizá incluso continúe en mil setecientos ochenta y nueve, lo que además facilitaría la búsqueda que tiene que llevar a cabo Pascal.

El silencio con el que se le escuchaba se fue descomponiendo en sonrisas. Las palabras del chico venían acompañadas de esperanza, el estímulo más valioso que necesitaban.

–Bravo, Edouard –le felicitó Daphne, ante el asentimiento de todos–. La misión del Viajero vuelve a coger fuerza.

–Gracias a todos, en realidad –añadió Marcel–. La fuerza de la unidad. Edouard, tu ayuda ha sido muy útil. Tu planteamiento tiene sentido. Nos permite un nuevo impulso.

–Y aunque así no fuera –declaró Pascal–. Con que haya una única posibilidad de encontrar a esa mujer y salvar a Jules, habría bastado.

Michelle le dedicó una fugaz mirada cargada de sentimiento, que procuró desviar antes de que fuese advertida por él. Intervenciones tan generosas como aquella provocaban en la chica un íntimo orgullo que hacía tambalear su actitud fría con Pascal. En el fondo, los sentimientos no podían cortarse de raíz, no obedecían al mismo carácter súbito con el que en ocasiones se toman decisiones. Ella se resistió, su propia dignidad estaba en juego. No lograba olvidar, no estaba preparada para perdonar. Lo que iba descubriendo, sin embargo, era que el castigo al que estaba sometiendo a Pascal la arrastraba en el sufrimiento.

Michelle se enfadó consigo misma; su corazón no parecía querer darse cuenta de lo que había sucedido, aunque se trataba de un hecho indiscutible: Pascal la había engañado, le había ocultado la verdadera naturaleza de su relación con Beatrice. Y Michelle no podía fingir que aquella infidelidad no se había producido. Ahora ese lastre se interponía entre ellos inundándolos con su sombra de desconfianza.

* * *

Sus ojos ávidos, en medio de un rostro huesudo de blancura cadavérica y pómulos afilados, asaltan cada rincón con agudeza animal. Jules se mueve entre las sombras con agilidad felina, se agazapa en la penumbra, se desliza sin ruido bajo la atmósfera fría y húmeda de la noche. Se ve libre del cautiverio de su habitación, aspira los apetitosos aromas que llegan hasta él. Elude las amplias avenidas, las zonas bien iluminadas que le molestan, los sectores más transitados.

Disfruta de la inminencia de la sangre caliente. El depredador se reencuentra con la noche que le vio nacer. Retorna a la oscuridad, sometiendo a su cada vez más exhausta humanidad, cuya rebeldía no es ya sino un murmullo apagado. El hambre guía sus sentidos, un apetito que va creciendo conforme quedan ante su vista perfiles de paseantes que no se percatan de la silueta que se desliza en las proximidades, que no llegan a darse cuenta del peligro que han corrido durante unos instantes, hasta que la criatura se aleja buscando víctimas más propicias para una primera caza.

Jules, o lo que queda de él, alcanza Le Marais, la zona medieval de París. Se sumerge en la red de calles estrechas que se multiplican por la zona, se aparta del ruido del tráfico nocturno. Detecta unos pasos, se pone en guardia junto a una pared cubierta de grafitis.

Aguarda, mimetizándose con las sombras de un sucio callejón, hundido entre los recodos cubiertos de basura. Entrecierra los ojos y queda ante sus pupilas rasgadas, a cierta distancia, la figura de un hombre joven que camina a buen ritmo arrebujado en su abrigo.

Jules se relame y exhibe sus colmillos en una involuntaria sonrisa. De su garganta brota un gruñido cavernoso, apremiante. Sangre.

Aquel desconocido está solo; mucho más de lo que supone caminar sin compañía. Y es que, salvo el vampiro, nadie más se encuentra cerca, nadie que pueda ver lo que va a suceder.

Jules se mueve, impaciente. Provoca un ruido, el hombre lo capta y se detiene, mira hacia todos los lados. Duda.

Por fin, el desconocido vence sus titubeos y reanuda su avance, rápido, ajeno al hecho de que cada zancada lo aproxi¬ma hacia su agresor. Jules empieza a experimentar una ansiedad incontenible, curva los dedos convirtiendo sus manos en garras.

Sobre el jadeo voraz de sus propias entrañas, resurge entonces la antigua voz humana, procedente de un remoto interior que todavía lucha. La genuina naturaleza de Jules se asoma, espoleada por la inminencia del crimen que va a cometer. Aún resiste, aún se enfrenta a los nuevos instintos que saturan su cuerpo, que lo convulsionan.

El desconocido ha vuelto a detenerse. Ha sacado un teléfono, pero no se decide a emplearlo.

Jules recupera en parte la conciencia mientras su víctima, apenas intuyendo la amenaza que se cierne sobre él, insiste por fin en su rumbo fatal. Cada vez más cerca de su verdugo.

El chico observa sus propias manos temblorosas de excitación, contiene al borde del agotamiento el impulso asesino sin dejarse ver. El hombre se encuentra cada vez más cerca. ¿Por qué no acelera antes de que sea demasiado tarde? ¡Tiene que desaparecer de allí! ¿Cuánto tiempo podrá Jules reprimir sus ansias de alimentarse? Un reflejo en un cristal le devuelve la desgarradora imagen de su degeneración. No se reconoce en aquel ser embrutecido y grotesco que muestra los dientes como un perro rabioso.

El hombre ya está casi frente a él. Jules aprieta la cabeza contra la pared, consumiendo sus últimos recursos de resistencia. El sudor le gotea, empapa su maltrecha ropa. Se clava las uñas en las palmas de las manos, ahoga sus bufidos hambrientos, cierra los ojos para no ver a la presa que despierta en él mortíferos instintos que amenazan con superarle.

Pero no es suficiente. Su desarrollado olfato le permite seguir igualmente el tentador avance del individuo, cada pisada de su víctima atraviesa sus afinados oídos.

No puede más, siente que va a estallar.

El hombre ya ha cruzado por delante de él, y ahora empieza a alejarse.

Un poco más, eso es todo. Tiene que aguantar un poco más. Jules no respira, no atiende, no escucha. Solo cuando el tipo ha desaparecido de su vista, abandonando el callejón, se permite aflojar su propia represión. Jules suelta un aullido, su esencia salvaje aflora sin control, palpita en cada poro de su piel infecta. Salta, aterriza en medio de la calzada estrecha buscando una presa. Cualquier ser vivo que aparezca en ese momento no tiene ninguna posibilidad. La conciencia humana del chico aún se atreve a rezar para que no sea una persona.

Jules Marceaux descubre un perro vagabundo que merodea metiendo el hocico entre cubos de basura. Se aproxima con lentitud, al acecho. Para cuando el animal detecta la presencia sobrenatural cerniéndose sobre él, ya es tarde, está acorralado y solo puede encogerse gimiendo contra una pared. Ocurre todo muy rápido, la sombra sobre el perro, el gruñido, la dentellada brutal que le abre de cuajo la garganta, la salpicadura tibia sobre el rostro ido de Jules. La succión afanosa.

Y la duda. ¿Será suficiente?

El muchacho no se ha desprendido por completo de su pasado, los últimos destellos humanos le alcanzan como una advertencia: debe superar la noche.

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