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Ocio y Cultura

CONCIERTO

El 'making off' de una diva

Hay artistas que nacen o se hacen al calor de las circunstancias o de su talento. En el caso de Madonna, fue una autoimposición para escapar de un ambiente familiar opresivo y para dar rienda suelta a sus inquietudes artísticas. "Tengo el mismo objetivo que tenía desde que era una niña. Quiero gobernar el mundo", dijo ya convertida en estrella, simbolizando así su extrema avaricia de éxito.

En ese 'making off' para lograr su objetivo hay factores determinantes. El primero: su ambición desmedida y su disposición al sufrimiento en plena adolescencia. Fraguada como excelente bailarina en la escuela y en el instituto, donde llamaba la atención lo mismo bailando que haciendo teatro, en 1979 se lanzó a la jungla neoyorquina dispuesta a conseguir su sueño.

Contra la furiosa oposición de su padre, llegó con 19 años, 35 dólares en el bolsillo y una bolsa llena de mallas de baile. Sabía perfectamente donde se metía, por lo que de inmediato se colocó una belicosa armadura de guerra y autoprotección. Eso incluyó vivir entre borrachos y cucarachas, buscarse trabajos de todo tipo, posar desnuda, estudiar en academias de ballet, presentarse a numerosos cástines, hacer cine ínfimo, acostarse con decenas de tipos de los que no sabía ni su nombre, mostrarse egoísta, perversa y malvada con todo el mundo que le rodeaba -incluido el mismo novio que le enseñó los rudimentos musicales-, traicionar a la primera mánager que tuvo, pasarse noches enteras en las discotecas seduciendo a disc-jockeys y ejecutivos discográficos, y hasta ser violada en una ocasión.

"Era la fresca más zorra y divertida que había conocido", confesó uno de aquellos múltiples amantes y también pareja musical, el productor J. Benitez. Ella misma se autorreconocía jocosamente como "ruin, insensata, grosera y desagradable". Y un ejecutivo discográfico definió su ambición con una metáfora magistral, afirmando que si Madonna tenía que atravesar un cementerio en una noche de viernes y 13 con tal de llegar al lugar deseado, lo hacía. Un cromo de chica material.

Finalmente, primera recompensa: en 1981 firmó contrato discográfico con Warner y en 1983 salía su primer álbum al mercado. La ambiciosa maquinaria del éxito se ponía en marcha. A partir de entonces, las canciones y los discos tomaron el relevo en el engranaje de la maquinaria.

Madonna cuenta con una colección de canciones menos 'inmaculada' de lo que su deseo traslucía al bautizar sus éxitos -Mick Jagger las calificó de una "estupidez dominante"-, pero cierto es que en esa colección hay verdaderas gemas pop, tan 'sticky' como 'sweet'.

Junto a la música, el escenario. Ahí ha sido, y sigue siendo, implacable. Digamos que es una "cantante visual", que sus canciones, sin el apoyo escénico, editadas, por ejemplo, en tiempos ajenos al clip y a la televisión, se hubieran desinflado notablemente. Es consciente de ello y, con sus grandes habilidades para el baile, construye espectáculos impactantes. Se les puede quitar el sonido y seguir con la vista embobada el escenario.

El cine también ha contribuido a engordar su construcción como estrella. En los años suburbiales de Nueva York rodó su primera película. Bajo presupuesto y desnudos abundantes. Desde entonces cuenta con más de media docena. Ella misma ha confesado que algunas son una "pura mierda". Dos, sin embargo, son más que notables: 'Buscando a Susan desesperadamente' y 'Dick Tracy'. Únase a todo este entramado visual el poderío aportado por su inmensa producción de clips.

Y un factor último: la provocación. Una herramienta promocional que ha levantado ampollas pero que le ha dado enormes réditos. Sexo y religión han sido sus armas favoritas para el escándalo.

Su liberalismo mental y sus años neoyorquinos fueron los mimbres para mostrarse desinhibida ante el mundo, forzando la máquina hasta publicar un carísimo libro pseudopornográfico o un álbum dedicado al erotismo, amén de la libidinosidad de muchos de sus clips.

En el aspecto religioso, con ese cóctel de lencería, rosarios y cruces que ha exhibido, y hasta la famosa crucifixión que simuló en la gira de 2006, se ha ganado los calificativos más duros por parte de la jerarquía eclesiástica: el Papa le pidió que no entrara en Italia y un cardenal calificó su crucifixión como "extrema provocación que malvende el sufrimiento de Cristo para mendigar la atención de los medios". Todo, producto del trauma infantil que le produjo su estricta educación en la fe católica, hasta el punto de que a los diez años estuvo a punto de hacerse monja.

Una figura no se construye de la noche a la mañana. Madonna tenía muy claro lo que quería ser desde su más tierna adolescencia. Armó un largo y complejo entramado de ambición, sufrimiento, música, escenario y provocación y consiguió su propósito. Es la reina del pop por antonomasia y está hoy en Zaragoza. Un lujo.

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