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Pesca sin ley y piratas desde Mombasa

Las ricas aguas de Somalia, un tesoro sin vigilar que atrae no sólo a bandoleros, sino a toda una flota ilegal que saquea los caladeros.

Mombasa, la salida al mar de Kenia, más que una ciudad es un puerto, el más grande de África oriental, el segundo por paso de mercancías después de Durban, en Sudáfrica. Los enormes y bulliciosos muelles de Kilindini, todo un costado de la isla donde se asienta la ciudad, son el centro de referencia de la navegación de la costa Este africana. Ya lo eran cuando llegaron los portugueses en el siglo XV, luego los árabes y al final los ingleses.

Mezquitas, una catedral, un templo sij, otro de Shiva, son la huella de este movimiento en las callejuelas de la ciudad vieja. Un lugar interesante y turbio, como todos los puertos o fronteras.

Fue Mombasa la ciudad que dio la vida y el progreso a Kenia, a través del famoso ferrocarril que va hasta Kampala, en el Lago Victoria, la vía respiratoria de los mercados de varios países, desde el este del Congo. Mucho dinero. Pero hay más todavía en el mar, y sobre todo un poco más arriba, en la costa de Somalia.

"Los 3.300 kilómetros de litoral somalí son los más ricos de pesca de toda África", explica Andrew Mwangura, coordinador del Programa de Asistencia a Navíos del Este de África, un reconocido experto en la piratería de la zona, que observa desde 1991.

Ha visto de todo. Naufragios, buques enteros que desaparecen en la nada, abordajes... Tiene su oficina en Mombasa y la conversación transcurre en un restaurante apartado, a deshoras. Porque se habla de un tema delicado: el tesoro de la pesca de Somalia yace en unas aguas sin dueño, pues es un país destrozado desde 1991 y que, en la práctica, no existe.

Sin autoridad, piratas

No hay autoridad, y por eso hay piratas, pero la otra cara de la moneda, de la que se habla mucho menos, es que también reina una pesca salvaje, ajena a toda ley. El volumen anual de negocio, según los cálculos de Mwangura, es de 96 millones de dólares. El cuadro que dibuja es el de un tablero de juego de piratas, mafiosos, pesqueros desaprensivos y enormes intereses económicos.

"Un barco de 500 toneladas puede pagar 3.000 dólares al mes, una miseria, a un 'señor de la guerra' que domina un determinado trozo de la costa y pescar totalmente libre, sin control, durante seis meses", explica.

"Pueden pescar unas 300 toneladas al mes sin rendir cuentas a nadie, y el 'señor de la guerra' de turno está tumbado feliz con su dinero, que para él basta".

Según los datos de su observatorio, que controla la costa de punta a punta, de Yibouti a Sudáfrica, los pesqueros más numerosos de la zona son españoles e italianos, seguidos de naves de Francia, China, Corea, Japón y Taiwán. Su sistema es pescar a mansalva hasta llenar la bodegas y descargar en una nave nodriza situada en las proximidades, que les abastece de comida, bebida, tabaco y combustible. Luego, vuelta al caladero. Eso es lo que ocurre dentro de las 200 millas de aguas territoriales somalíes. "El negocio es de tal dimensión que compensa el riesgo de acabar mal con los piratas", concluye.

El 'Playa de Bakio', como cientos de pesqueros y atuneros, cumple las normas y tiene en Mombasa una de sus bases. La otra está en las islas Seychelles. Cuando fue capturado estaba a 239 millas de la costa de Somalia, fuera de sus aguas territoriales, según Mwangura, aunque se pregunta qué estaría haciendo exactamente.

Señal de auxilio

Él tiene las coordenadas exactas porque registró su señal de auxilio: "6,4 minutos sur y 49 grados 8,9 minutos este". El atunero vasco está registrado legalmente en la IOTC (Comisión del Atún del Océano Índico), aunque figura como 'Playa de Baquio' y es uno de 3128 barcos autorizados, de 26 banderas distintas.

¿Quiénes son los piratas que lo han capturado? Mwangura explica que la costa somalí está dividida en cinco tramos, y cada uno responde a la autoridad de un grupo. Empezando desde la frontera con Kenia primero se encuentra la llamada National Volunteer Coast Guard, y hasta 1994, un grupo afín a Al Qaeda. Luego, a partir de Merka comienza el territorio de un 'señor de la guerra'. Después, los Somali Marines, con preparación militar y bien armados. Y así hasta cinco.

Mwangura cuenta que no son siempre rivales, y pueden colaborar si un grupo debe tomar la línea más recta para llegar a la costa con un barco secuestrado y atraca en una zona ajena. Cada grupo ataca al que entra en sus aguas si saben que no ha pagado, y a veces se aventuran fuera de ellas. A menudo actúan como si ellos fueran el poder establecido, y en cierto modo lo son, o defensores de los recursos de Somalia, y piden los permisos necesarios. Compañías pesqueras sin escrúpulos pagan y saquean.

Pero de repente, Mwangura se pone nervioso. Empieza a dudar del periodista que tiene delante y teme haber caído en una trampa, estar hablando con un espía de las "mafias pesqueras". Pide identificaciones, certificados de la embajada española, está muy alterado. "¡Yo me juego la vida con esto, se mueven millones de dólares, son gente muy peligrosa, esto es África!", dice airado. La situación se hace rara, tensa, y al final se levanta y se va. Se le ve asustado.

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