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TERRORISMO

El largo camino hacia el final de la banda ETA

El Gobierno no se plantea legalizar el partido abertzale, pero tiene que aquilatar su estrategia para no aparecer como el que obstaculiza el fin de la violencia.

Un juego de presiones y azoteas. En eso están enredados el Gobierno y la izquierda abertzale tras el comunicado de ETA en el que anunció una tregua general. Presiones porque el Ejecutivo empuja a Batasuna para que convenza a la organización terrorista de que tiene que dar el paso de poner punto final a la violencia si aspira a volver a las instituciones: y la izquierda abertzale aprieta al Gobierno para lograr su legalización so pena de una vuelta a las andadas de ETA. Y azoteas porque uno insta al otro, y viceversa, a mover ficha porque la pelota está en su tejado. Lo cierto es que tanto el Ejecutivo como Batasuna tienen el balón en sus dominios.

En medio del guirigay de reacciones y valoraciones contrapuestas sobre la declaración del alto el fuego más amplio de la historia de ETA emerge un común denominador: el final del terrorismo está más cerca que nunca, aunque será trecho escarpado y erizado de problemas. El Ejecutivo de Zapatero sabe que tiene que calibrar muy bien los movimientos que hace para no pasarse de frenada pero no quedarse corto. En el Gobierno se recuerda que en la tregua de 2006 hubo a ojos de todo el mundo un gran culpable de la ruptura, ETA, que con su atentado de la T-4 de Barajas sepultó las esperanzas de paz de muchos, izquierda abertzale incluida, pero también sentó las bases del proceso que ha conducido a la situación actual.

La preocupación gubernamental es ahora que quede la imagen inversa, que es el Ejecutivo el que no está por la labor de trabajar por el final de la violencia con una postura intransigente mientras Batasuna, y hasta la organización terrorista, se mueven para terminar con la pesadilla.

El comunicado no cogió por sorpresa al Ejecutivo, lo esperaba y hasta conocía de antemano sus líneas generales. No podía despreciar el texto ni despacharlo con un silencio, como hizo con el del cese de actividades del 5 de septiembre, mas tampoco podía echar las campanas al vuelo porque, es verdad, no incluyó el anhelado abandono definitivo de las armas, pero contenía, junto a la habitual farfolla retórica, elementos nuevos, como el carácter general de la tregua y un "firme" compromiso para mantenerla con independencia de los avatares que puedan surgir. Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba distribuyeron los papeles: reservaron para el Gobierno la respuesta dura y dejaron al PSOE la visión posibilista, a la que también se apuntó el lendakari Patxi López.

El freno del PP

El margen de maniobra gubernamental tiene, por otra parte, un tope, el freno que impone el PP. El partido que lidera Rajoy no está dispuesto a valorar matices. La organización terrorista, dicen los populares, ni se ha disuelto ni ha anunciado el final del terrorismo y Batasuna es lo mismo que ETA. En síntesis, no hay nada que hacer ni que hablar porque no se dan las condiciones mínimas.

En este terreno de juego, el Gobierno mantiene la postura de firmeza de que no va a legalizar el nuevo partido que ha anunciado Batasuna para concurrir a las urnas el 22 de mayo. Mientras, esta asegura que su presencia en las elecciones es imprescindible aunque acepta que si no es así mantendrá su apuesta por las vías democráticas.

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