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Opinión

El vídeo y la cruda realidad

Por
  • Esperanza Pamplona
OPINIÓNACTUALIZADA 10/07/2021 A LAS 05:00
Homenaje al joven asesinado Samuel Luiz
Homenaje al joven asesinado Samuel Luiz
Cabalar

El poder de la imagen es innegable. Un relato puede resultar doloroso e inquietante, despertar miles de dudas, miedos y deseos pero una imagen tiene la capacidad de golpear hasta cortar el aliento, posee el poder abrirse camino hasta instalarse en la memoria y acompañarnos el resto de nuestra vida.

El vídeo que se hizo público ayer del linchamiento del joven Samuel en Galicia producía ese efecto, atravesaba el alma como una lanza y uno sentía que ese impacto estaba dejando una huella indeleble y oscura en algún lugar de nuestra conciencia. Son imágenes de película porque eso no pasa en la vida real, nos repetimos una y otra vez. O no pasaba.

Un grupo de desconocidos ve cómo golpean a un chico y se suman a la agresión. Aquello acaba en el linchamiento de una en  joven solo e indefenso al que no conocen, simplemente porque surge la ocasión. Pero ni siquiera es una escena que se tropiecen, la buscan: lo persiguen, lo acorralan para pegarle, para hacerle daño. Él cae una y otra vez pero les da igual. Seguro que sangra. Seguro que llora y grita. Pero no hay piedad. Y lo apalean hasta matarlo.

Unos le golpean, y otros jalean a los verdugos. Nadie intercede por él. Ese intento de huida en soledad que se aprecia en el vídeo, ese breve amago de buscar un camino para sobrevivir sin una mano tendida, sin una sola persona que corriera detrás de él para socorrerle, es la constatación de nos estamos equivocando en lo que sea que estamos haciendo.

¿Hemos trivializado tanto la violencia que la gente la ejerce sin que le dé náuseas? ¿Alguien duda de que hay odio entre esas personas?

Desde la Manada de Pamplona parece que los grupos se han convertido en el camuflaje perfecto para la vileza de los cobardes. Las violaciones en grupo se suceden. Y ahora se apalea a los jóvenes que salen una noche con los amigos. ¿Pero qué gentuza nos rodea?

¿Y nosotros somos los que miramos por encima del hombro a esas otras culturas que lapidan a un hombre o a una mujer por infieles, homosexuales o blasfemos?

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