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El voluntariado en hospitales se reinventa en tiempos de pandemia 

Las actividades para entretener a niños ingresados han tenido que adaptarse.

La decoración que han hecho los voluntarios de Aspanoa en Oncopediatría.
Foto de archivo de decoración hecha por voluntarios de Aspanoa en Oncopediatría.
Heraldo.es

El voluntariado en los hospitales ha tenido que reiventarse con la llegada de la pandemia. Las actividades para entretener a los niños ingresados no se han interrumpido, pero han tenido que adaptarse, pasando del "cara a cara" a las pantallas y salidas al aire libre.

Organizaciones como las fundaciones Aladina y Ronald McDonald han mantenido cada día sus programas y casas de acogida gracias a los voluntarios; en España hay unos 2,5 millones de personas que realizan esa tarea solidaria de forma constante (el 6,5 % de la población) y otros dos millones se han sumado ante la crisis social y sanitaria generada por la covid de los que más de la mitad piensa continuar.

Son datos del Observatorio del Voluntariado, en el Día Internacional del Voluntariado, que dibujan el perfil de los voluntarios, que tras la covid casi ha igualado a hombres y mujeres, con una edad media de entre los 45 y los 54 años y con un nivel económico y de formación medio-alto.

Aunque el Gobierno decretó el estado de alarma para combatir el virus y encerró en sus domicilios a 47 millones de españoles, nada cambió respecto al aislamiento en el que se mantienen los pacientes del área infantil de oncología.

La directora de hospitales de la Fundación Aladina, Lorena Díez, explica que los niños están acostumbrados a estar aislados porque después de recibir su tratamiento tienen las defensas bajas.

Por la covid, en las habitaciones de los hospitales no se permite recibir visitas y los menores tan solo pueden estar acompañados por uno de los miembros de su familia.

Su proyecto telemático 'Juntos desde casa' nació al comienzo de la pandemia para que los voluntarios pudiesen seguir entreteniendo a los pacientes con clases de manualidades, cocina, ejercicio, terapia con animales y juegos de mesa que siguen en directo, todos ellos adaptados por edades; también disfrutan los niños que por su tratamiento no pueden salir de los centros sanitarios.

Además, realizan excursiones al aire libre para pacientes con un mejor estado de salud, siempre siguiendo las medidas de seguridad impuestas por el Gobierno: uso de mascarillas, gel hidroalcohólico, grupos de 6 personas, PCR diarias y distancia de seguridad.

Estas actividades, destaca Lorena Díez, "también han sido terapéuticas para padres, porque les ha permitido liberar la gran carga emocional que sufren por la enfermedad de sus hijos con clases de yoga y relajación".

Casas solidarias

La enfermedad de un hijo es una circunstancia traumática que afecta a toda la familia, y a veces necesitan tratamientos muy largos y especializados que sólo se pueden llevar a cabo en hospitales de referencia ubicados en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Málaga.

Pero el problema llega cuando estas familias no disponen de los medios económicos suficientes para hacer frente a los gastos que supone un alojamiento en una gran ciudad.

Este es el caso de Mario, padre de Kilian, un bebé de casi un año con un problema cardíaco. Junto a su mujer, dejaron su lugar de residencia, Gerona, para trasladarse al Hospital de Vall d'Hebron en Barcelona.

Cuenta que el estrés y la angustia que padecen los padres por la enfermedad de un hijo impide en ocasiones pensar en otros problemas, como la búsqueda de casa.

La Casa Ronald McDonald, uno de los programas de la fundación, ofrece de forma gratuita 75 habitaciones repartidas en 4 casas en las que se puede residir sin límite de tiempo. Allí Mario permaneció 55 días con su bebé, su mujer y su suegra.

En esta casa se respira solidaridad y sensación de hogar gracias al apoyo que reciben por parte de los voluntarios. "El trato ha sido excepcional, estamos muy contentos", asegura Mario, quien opina que esas palabras amables "valen oro".

También el trato con otras familias ha sido fundamental, porque ver que hay personas que padecen situaciones similares es terapéutico: "porque hasta que no lo vives, no se puede entender lo que se siente".

Pero la pandemia también ha incidido en el día a día de esos hogares. Los aforos se redujeron más del 50 %, sólo pueden estar los padres en las habitaciones y no otros miembros familiares, las zonas comunes quedaron reducidas y las actividades de los voluntarios se realizaban de forma virtual o con grandes distancias de seguridad.

Además, esta fundación tiene áreas de descanso dentro de los hospitales, que han tenido que ser cerradas para evitar contagios. "Ahí sentíamos paz", reconoce Mario.

A día de hoy, Kilian ya se encuentra mucho mejor, explica emocionado y, pese a sus dificultades, "es un niño muy risueño y ya empieza a balbucear".

Gracias a la solidaridad de las personas que les han ayudado, esta familia se ha convertido en colaboradora de los proyectos de la fundación McDonalds y en un futuro, quieren ser voluntarios. 

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