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Nacional

¡Ojalá te veas como yo!

Por
  • Daniel Cabrera Altieri
ACTUALIZADA 16/07/2019 A LAS 02:00
Adorno advertía de la necesidad de hacer elocuente el sufrimiento.
Adorno advertía de la necesidad de hacer elocuente el sufrimiento.
F. P.

«¡Ojalá no te veas como yo!», dice el cartel de un señor que mendiga en avenida de Valencia de Zaragoza. Está bien vestido, limpio, pero no mira a los transeúntes porque sabe que su cartel mira al que lo ve. Sabe que su presencia corpulenta y llena de dignidad cuestiona la seguridad de vida del que pasa. Su cartel pega un martillazo a la pantalla de las vidas aseguradas que cruzan por allí.

Hace muchas décadas, Theodor Adorno advertía acerca de «la necesidad de hacer elocuente el sufrimiento» como «condición de toda verdad». El sufrimiento humano es la objetividad de la sociedad que se hace subjetiva. Hacer elocuente el sufrimiento consiste en ver la sociedad en todas sus dimensiones, abrir la posibilidad de entenderla en su totalidad. «Ojalá no te veas como yo», ni por empatía ni por caridad. No te mires en mi espejo parece decir, porque tomarás conciencia de que tu sociedad produce sistemáticamente individuos, descartables y funcionales al sistema, convencidos de que nunca les tocará a ellos.

Se trata de comprender, en primer lugar, que vivimos en una sociedad de control (Foucault-Deleuze), pero no en el sentido de que las cámaras y micrófonos de las compañías digitales nos vigilan. Eso es una consecuencia. Nuestra sociedad nos controla dejándonos libres y dándonos motivos de diversión. ¡Ve donde quieras! se nos repite de muchas maneras porque, esto no lo dicen, siempre estarás endeudado.

Si tienes un grado universitario, te falta un máster; si tienes un máster, te falta un idioma; si eres buen alumno, te falta ser emprendedor; si eres emprendedor, te falta optimismo; si eres optimista, te falta capacidad de sacrificio. Siempre debemos algo, siempre deudores. Y como consecuencia, todos hemos aprendido que somos culpables: de no reciclarnos, de no emprender, de vivir por encima de nuestras posibilidades, de inmigrar a otros países, de soñar que nuestros hijos vivirán mejor que nosotros, de no querer trabajar por un sueldo bajo o un contrato precario. Todas estas pretensiones, parecen decirnos, son la causa de la crisis económica y el malestar de la sociedad. Y de esta manera, se nos pide todo el tiempo que resolvamos biográficamente los problemas que causa la sociedad.

En segundo lugar, el trabajo se hace cada vez más subjetivo. Los humanos somos definidos como recursos y en tanto que ‘recursos humanos’, hemos abandonado el nombre de ‘obreros’. Decir ‘obrero’ dejaba claro su aporte a la empresa (el trabajo) y su recompensa (el salario). El paso de ‘obrero’ a ‘humano’ convierte al trabajador en un factor central de la producción. Ahora se responsabiliza al trabajador (como individuo) de los resultados y del funcionamiento del proceso de producción. Por eso se le pide cada vez más no solo habilidades laborales, sino también capacidades no laborales como motivacionales, sentimentales, afectivas, comunicativas.

Toda la persona, todas sus dimensiones, deben estar implicadas en el funcionamiento de la empresa. El uso de la expresión ‘mi empresa’ o ‘nuestra compañía’ refleja esa subjetividad implicada e identificada que contrasta con el antiguo obrero que era ‘fuerza de trabajo’. El trabajador de hoy ofrece ‘vida de trabajo’. Antes al trabajador se lo sancionaba (amonestaciones, quita de sueldo) ahora no es necesario porque si hace algo mal, fracasa. Y el fracaso laboral se inviste de fracaso personal. Por el contrario, si todo va bien no es necesario recompensar al trabajador (mejora salarial, condiciones laborales) porque su recompensa es el éxito. Así se cancela la separación entre vida y trabajo. La empresa se apropia de la vida (el cuerpo, los deseos y los sentimientos) y la economía la produce como recurso.

Al señor de la avenida de Valencia habría que pedirle que modifique su cartel y que nos desee un «Ojalá te veas como yo». No por una especie de maldición étnica sino por la necesidad de hacer elocuente el sufrimiento. Nada se vive más subjetivamente que el sufrimiento y nada es más objetivo que su sistemática producción social. El sufrimiento que se vuelve elocuente huye del resentimiento y de expresarse como crítica de la sociedad. Crítica que podría llevar a trasformar algo del injusto estado de cosas que definen la sociedad en la que vivimos.

Daniel Cabrera Altieri es profesor de Periodismo (Universidad de Zaragoza).

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