Nacional

Opinión

Guirigay

Por
  • J. L. Rodríguez García
Se comprende que a muchos ciudadanos la política les parezca un guirigay.
Se comprende que a muchos ciudadanos la política les parezca un guirigay.
Javier Lizón / HERALDO

No puede ponerse en duda que uno de los factores capitales que caracterizan nuestro tiempo es la progresiva complejidad de los grupos sociales protagonistas de la actividad social. Los antiguos compartimentos, ya santificados en la revolución inglesa, han decaído para imponerse una pluralidad que margina el guerracivilismo y sugiere la importancia de los consensos. Algunos, como T. Parsons, supusieron que surgirían espontáneamente; otros, como Lippman, Chomsky o Rawls, que era preciso ‘manufacturarlos’.

Escribo estas líneas cuando está a punto de iniciarse en nuestro país la ronda de contactos para superar el marasmo político de los últimos años y confieso que entiendo válida cualquier posibilidad, lo que implica que los actores abandonen algunas de sus oleadas estratégicas. Pero hay algo que me provoca un estupor sin límites. Y es que los rojos dicen que nada de nada con los amarillos, y los amarillos que nada de nada con los verdes, y los morados lo mismo refiriéndose a los naranjas, y los negros se alejan radicalmente de los blanquiazules… Todo legítimo. Pero el estupor que me inquieta es que uno se apadrina con un defensor de la pena de muerte en tal ciudad y le crucifica en otra, siendo ambos, aquí y allá, negros y amarillos. ¿Los mismos? Pues parece que no. ¿A quién puede extrañar, entonces, que la ciudadanía no considere a los políticos gente normal, sino títeres descabezados? Es lo que hay… Confusión y galimatías… O castizamente, vamos, un real guirigay.

J. L. Rodríguez es catedrático de Filosofía (Unizar)

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