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¡Visca el Faulkner!

Los independentistas siguen con la matraca.
Los independentistas siguen con la matraca.
POL

El abogado de Joaquim Forn, Javier Melero, cerró su alegato del pasado martes recordando una escena de la película ‘Amanece que no es poco’ (1989) donde el guardia civil, papel interpretado por el catalán Sazatornil, decía que el mayor problema de orden público que podía producirse en el pueblo era criticar a William Faulkner porque ahí eran todos fanáticos de ‘Luz de agosto’. "Pues eso espero, que reconstruyamos una España en la que solamente discutamos por William Faulkner", concluyó el abogado del que fuera ‘conseller’ de Interior.

Este bienintencionado deseo de Melero tiene pocos visos de prosperar porque su defendido y el resto de los políticos presos ya lo rechazaron de plano en sus intervenciones finales del miércoles: delinquimos, desobedecimos la ley y lo volveríamos a hacer, vinieron a decir todos. Los líderes independentistas no quieren hablar de Faulkner, ni siquiera de Josep Pla o Ana María Moix. Ellos quieren seguir con la matraca, porque han hecho del ‘procés’ su modo de vida.

El proceso secesionista siempre ha sido un instrumento, no un fin. La CUP lo ha dicho alto y claro: su objetivo no es la independencia sino la revolución. Sus aliados, sobre todo ese catalanismo conservador forjado por Pujol y Artur Mas, no han sido tan transparentes. Con un relato épico para mantener en ebullición a dos millones de catalanes, han utilizado y utilizan el ‘procés’ como estrategia para poder eternizarse en el poder. Este independentismo utilitarista dilata la vía soberanista a hitos que nunca llegan. Así, los herederos de CiU han momificado el ‘procés’ con el objetivo oculto de automantenerse tras comprobar que lograr un estado catalán independiente es imposible. Esta ficción soberanista es un bluf, pero a la élite nacionalista le ha permitido mantenerse en el puente de mando a pesar de que ellos fueron los responsables de la mala gestión de la crisis económica, los escándalos de corrupción y la violación de las reglas democráticas.

La retórica de Jordi Sánchez, de Rull, de Turull y, sobre todo, de Cuixart es la última evidencia de que van a hacer todo lo posible por seguir dividiendo a la sociedad catalana a pesar del alto coste social y económico (ayer mismo se supo que las exportaciones de la Comunidad han caído por primera vez desde el 2011). El nacionalismo es así. La reivindicación permanente, el monotema, la matraca. No hay punto final. Si fracasan, pergeñan un nuevo discurso y vuelven a plantear un desafío rupturista, aunque son conscientes de que nunca harán lo que no se puede hacer.

En una Cataluña rota, la Generalitat sigue desatendiendo las necesidades urgentes de los ciudadanos y mantiene su guerra contra Madrid, su pulso al sistema político y judicial español, su discurso de la confrontación sin entender que así inciden en los errores de los últimos años.

Rememorando la célebre película dirigida por José Luis Cuerda, el abogado Melero sueña con volver a un país en que solamente se discuta por William Faulkner. Para eso debe convencer primero a su defendido, Joaquim Forn, y sus colegas de que no se puede seguir permanentemente recurriendo a ‘La Odisea’ y la metáfora del viaje a Ítaca que tanto utilizó Artur Mas para referirse al camino hacia la independencia. Es evidente que el barco independentista ha encallado, pero los partidos secesionistas se aferran como náufragos desesperados al simbolismo de Ítaca.

Pareciera que los secesionistas no hayan leído a Homero y que no conozcan que Ulises y sus compañeros sufren todo tipo de dificultades en su agotador regreso a la isla natal. Invaden islas, pierden la memoria, bajan al infierno y son castigados por las sirenas. Ulises pierde a todos sus compañeros y llega a casa solo. El viaje a Ítaca es una buena metáfora para el individuo, pero no es metáfora para un pueblo, puesto que el héroe envía a la muerte a todos sus compañeros. Más les valdría leer a Faulkner o a Mendoza o a Cercas y dejar a Homero y Cavafis en la estantería.

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