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Opinión

En contra

Por
  • Andrés García Inda
Lo que más une al grupo es tener un enemigo común.
Lo que más une al grupo es tener un enemigo común.
Krisis'19

Lo que nos une a los seres humanos unos con otros es tanto lo que tenemos en común como lo que nos diferencia de los demás. Pero tendemos a subrayar lo segundo más que lo primero. Es de todos conocido que a veces lo que más aglutina y dinamiza a un grupo humano, más que los afectos o el proyecto propio, es la existencia de un enemigo en común. Los políticos lo saben bien, y lo explotan, alimentando y engordando toda suerte de amenazas y demonios que nos empujen a posicionarnos; sean personales o estructurales, reales o ficticios, gigantes o molinos. Lo de menos es que el enemigo exista, lo importante es que algo o alguien sea percibido como tal, sobre todo en campaña electoral, lo que seguramente ya no quiere decir casi nada porque, por desgracia, en nuestros días la política misma se ha convertido en una permanente y cicatera campaña electoral. Por eso a menudo pensamos -y votamos- en contra de algo o de alguien, más que en defensa o a favor de otros. Frecuentemente vivimos ‘a la contra’, al contraataque, y seguimos haciéndolo incluso cuando el mundo ha cambiado y los gigantes han desaparecido.

Dicho en otros términos, en nuestro tiempo ‘ser de algo’ (o de alguien) se ha convertido en ‘estar en contra’ de otra cosa (o de otros). No siempre, claro está. Pero lo paradójico cuando lo hacemos es que convertimos lo que negamos en la condición de nuestra identidad, hasta el punto de que si se elimina aquello, cambia o desaparece esta.

Esa es la paradoja hegeliana de la negación interna, que Jon Elster recoge así en su ‘Psicología política’: "Una persona cuya independencia requiere la destrucción de un objeto externo depende de ese objeto en su propio ser y, por lo tanto, no puede, sin contradicción, desear su destrucción". Si pensamos en ello, dice Elster, el fenómeno es ubicuo y «explica por qué el ateísmo militante no puede prescindir de los creyentes, del mismo modo que cierto tipo de comunismo vive simbióticamente con la propiedad privada», hasta el punto de que el mundo de un anticomunista se arruinaría si un día consiguiera sus propósitos. De ahí también, añade, la perplejidad y la nostalgia que muchos occidentales sintieron después de la caída de la Unión Soviética; no solo veían amenazada su carrera política, sino que sus vidas perdían sentido. La añoranza de la Guerra Fría no se debía únicamente a la supuesta estabilidad que para ellos tenía esa situación, sino al significado que daba a sus vidas. Recuérdese aquella famosa frase, atribuida al escritor Vázquez Montalbán, que decía que "contra Franco vivíamos mejor".

Quizás eso explica también muchas de las dinámicas y las nostalgias en nuestro país en el momento actual, y el denodado esfuerzo por resucitar o mantener con vida cadáveres que hace ya tiempo que pensábamos que habían sido enterrados. Como si nada hubiera cambiado. Triunfar consiste en permanecer, en sobrevivir. Por eso el antifranquismo necesita la pervivencia del franquismo -aunque sea en ambos casos en una versión ‘sociológica’, que nos evite vivir con las penurias de nuestros mayores pero nos permita heredar el sentido de su lucha-, la reforma de la contrarreforma, el nacionalismo del enemigo exterior, el antifascismo del fascismo, el feminismo del machismo, etc.

El problema de vivir ‘a la contra’ es que, en una suerte de profecía autocumplida, esa necesidad de conservar las referencias para seguir manteniendo el equilibro puede llevarnos a alimentar monstruos y cadáveres que acaben tomando forma y vida. Y nos ciega para darnos cuenta de que con el paso del tiempo las posiciones van cambiando. Enrocarse en la antítesis no nos permite avanzar hacia la síntesis.

Viviendo ‘a la contra’ insistimos en subrayar las diferencias porque eso nos da seguridad, reafirma nuestra identidad y nuestro sentido de pertenencia. Pero quizás tienen algo de razón quienes piensan que el progreso y la modernidad moral se producen cuando encontramos semejanza y similitud allí donde otros -o nosotros mismos en otro tiempo- solo vimos diferencia. Es así, a través de la búsqueda y el reconocimiento de la semejanza, como vamos ampliando la comunidad moral.

Andrés García Inda es profesor de Filosofía del Derecho #de la Universidad de Zaragoza

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