Nacional

Opinión

Rebeldes sin causa

Por
  • Andrés García Inda
El motivo de la indignación es lo de menos.
El motivo de la indignación es lo de menos.
Krisis'19

En 2011, el octogenario político y diplomático francés Stéphane Hessel, antiguo miembro de la Resistencia al nazismo, alcanzó la popularidad mundial con la publicación de un pequeño panfleto político que se convirtió en ‘best seller’ e incluso sirvió para dar nombre a un incipiente movimiento social: ‘¡Indignaos!’. En él, el autor hacía una llamada a los jóvenes para recuperar las conquistas y los valores de la democracia y la Resistencia en el nuevo contexto de la crisis, y para eso era necesario comenzar por indignarse personalmente. Sobran motivos para ello, sugería el autor, y lo de menos es cuáles sean estos, que cada uno elija los suyos: "Os deseo a todos -escribía Hessel a los jóvenes-, a cada uno de vosotros, que tengáis vuestro motivo de indignación. Es un valor precioso. Cuando algo te indigna como a mí me indignó el nazismo, te conviertes en alguien militante, fuerte y comprometido. Pasas a formar parte de esa corriente de la historia, y la gran corriente debe seguir gracias a uno". ¿Y quién no quiere, sobre todo cuando se es joven, protagonizar ese impulso, formar parte de la historia?

Hace unas semanas, una tuitera relataba su encuentro con unas adolescentes, procedentes de alguna movilización, que a modo de pancarta portaban unos cartones en los que se leía como eslogan: "Da igual cuál es tu lucha, lo importante es luchar". La anécdota es creíble, seguramente podrían encontrarse consignas similares en otras movilizaciones. Y la frase resulta enormemente significativa del tipo de educación moral por el que estamos apostando: ‘da igual con qué te indignes y cómo te comprometas; lo importante es hacerlo’. Sin embargo, ¿realmente da igual? Ciertamente, quien monta en bicicleta sabe que la mejor forma de evitar la caída es seguir pedaleando, pero siempre y cuando no te dirijas hacia un abismo.

Con toda probabilidad, las adolescentes a las que se refería la tuitera no pensaron en Hessel al escribir su pancarta (posiblemente ni siquiera habrán tenido tiempo u ocasión de leerle). Y seguramente el diplomático francés hubiera matizado ese eslogan. Pero es inevitable percibir cierta continuidad de sentido entre esas dos llamadas a la acción, hacia un modelo -hoy en auge- en el que parece que lo característico de la forma de entender el compromiso o la responsabilidad moral es desvincularlo de los motivos o de las causas. Sin embargo, en mi opinión, no es exactamente así. No se trata, por así decirlo, de ‘rebeldes sin causa’, sino de rebeldes cuya causa es la expresión de su misma rebeldía. El objetivo de la indignación es la propia experiencia personal de indignación, la lucha misma: sentirse protagonista o, como decía Hessel, formar parte de una corriente de la historia.

Si los motivos objeto de nuestra rebeldía son relativos -por no decir irrelevantes- lo que vale realmente son los efectos que esta produce en nosotros mismos. El caso es pedalear, sea en la calle o en un gimnasio, hacer ese ejercicio, que tantos beneficios -físicos, sociales y emocionales- tendrá en nosotros, independientemente de cuál sea la dirección -o el abismo- hacia donde nos dirijamos, o aunque sea en el interior de un laberinto (y sin salir de él). A la postre lo que cuenta eres tú y lo que tú sientes. Tal es el criterio actualmente hegemónico de valoración moral, en un mundo dominado por lo que algunos han llamado la ‘filosofía del antojo’, donde la preocupación por la autoestima constituye el centro de la vida social y política y ‘lo terapéutico’ ha invadido todos los espacios sociales. La educación moral queda así reducida a una especie de psicoterapia, útil o apta para orientarse adecuadamente en un contexto social y cultural entendido como un enorme supermercado. Gimnasia para no dejar de pedalear en el interior del laberinto. O en el tiovivo.

Andrés García Inda es profesor de Filosofía del derecho de la Universidad de Zaragoza

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