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Nacional

El sadosanchismo

Este es el país que tenemos hoy: los golpistas y sus simpatizantes periféricos apoyan a un Gobierno que odian; y el Gobierno odiado se sostiene a duras penas nadando entre la propaganda y el desprecio.

Las instituciones sufren para que Sánchez pueda seguir siendo presidente.
Las instituciones sufren para que Sánchez pueda seguir siendo presidente.
HERALDO

El sanchismo nos inaugura una nueva etapa: la del sadomasoquismo político. El PSOE, algunos miembros del Gobierno, las instituciones y tres cuartas partes del arco parlamentario sufren para que Pedro Sánchez disfrute del placer presidencial, que es un placer meramente aeronáutico y protocolario pero con magras expectativas personales de futuro. La patética reacción de los compañeros de banco del ministro Borrell al espumarajo de ERC fue terrible. Porque el sanchismo también es que Adriana Lastra encabece el grupo parlamentario siendo ‘encabezar’ un verbo que viene de cabeza. Lastra, por todos mis compañeros y por mí la primera, acudió rauda a decir que ella no había visto escupitajo alguno. Lastra sabe (o tal vez alguien le dijo) que el Gobierno es tan débil que hay que convertir un ñapo en un malentendido.

Un Gobierno que no es capaz de llevar al Parlamento una sola ley que merezca la pena ser aprobada, que depende de la acción política y penitenciaria de quienes quieren destruir nuestras instituciones y deterioran nuestra convivencia y al que, pese a todo, no le va mal en las encuestas es un Gobierno del que solo podemos entender que no convoque elecciones ya por la tremenda debilidad y la escasa presencia del propio partido que lo sustenta, un PSOE preso que sufre para que Pedro Sánchez disfrute. El sadosanchismo puede ser una estrategia a corto plazo pero dejará exhausto al PSOE en muchos territorios de España.

Atendido ya lo más importante, que es constatar que no conviene quedar preso en el panal de serrín mental y estiércol tractoriano que nos trae el hexagonal Rufián, la escena del escupitajo también nos deja la del complejo. La presidenta de las Cortes no quiere que a los golpistas se les llame golpistas y equipara lo que no es sino una definición objetiva con un insulto como ‘fascista’. El golpismo no existe como delito en el Código Penal. Ser un golpista, en la acepción común de nuestro lenguaje, no es sino simpatizar con cualquier tipo de revolución o movimiento de quienes propugnan la destrucción de un Estado por métodos unilaterales y no democráticos. Para ser un golpista no hay que matar a la población disidente y a sus representantes, solo hay que ignorarla y mancillar sus derechos. Asaltar un parlamento regional vetando la entrada a los parlamentarios de la oposición y negando todos sus derechos como representantes del pueblo de Cataluña, mientras se creaban ‘leyes’ ocultas es golpismo. Tomar sedes institucionales mediante una turbamulta es golpismo. Más si se está al mando de 17.000 agentes de Policía (Mossos d’Esquadra). Y defender esos métodos como derecho de una parte contra el todo, que es lo que hace desde que se levanta hasta que se acuesta el Sr. Rufián, es golpismo. Así que sí, estimada presidenta Pastor, se puede llamar golpistas a los golpistas porque con ello no se les imputa un delito, se les reprocha una actitud. En este sentido también alguna de nuestras instituciones está en el sadomasoquismo de toda timidez patológica.

Este es el país que tenemos hoy. Los golpistas y sus simpatizantes periféricos apoyan a un Gobierno que odian. El Gobierno odiado se sostiene a duras penas nadando entre la propaganda y el desprecio. Las instituciones están paralizadas. No hay presupuestos y su boceto merece el reproche de todos los entes europeos y mundiales, que ni se creen los ingresos ni aprueban los gastos. La extrema izquierda se desangra en la confección de sus listas electorales. La extrema derecha renace. Cualquiera diría que este país necesita con urgencia de unas elecciones que lo aclaren todo, pero Sánchez está, volando voy volando vengo, en la luna de miel presidencial. Son otros los que se tragan el serrín y el estiércol.

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