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Nacional

Roberto Valencia: "Los periodistas en El Salvador somos criminólogos y antropólogos"

Vive en El Salvador desde 2001, trabaja en el periódico digital ‘El Faro’ y presenta hoy ‘Cartas desde Zacatraz’ (Libros del K.O.), a las 19.30 en Cálamo.

Roberto Valencia, en Barcelona.
Roberto Valencia, en Barcelona.
Gervasio Sánchez

Presénteme a El Directo, el protagonista de ‘Cartas desde Zacatraz’.

Es un pandillero mediático de El Salvador, el país de las maras. Lo elegí porque se convirtió en un personaje que generó debates que modificaron las políticas públicas de seguridad y fue una de las primeras personas a las que entrevisté en 2001, cuando llegué al país centroamericano.

Desde el primer párrafo del libro su muerte parece anunciada, a pesar de que todavía no ha nacido. ¿El salvadoreño nace con el destino marcado?

Quiero creer que no, porque tengo dos hijas salvadoreñas de 8 y 5 años; y porque, a pesar de que es uno de los países más violentos del mundo, también transmite una gran vitalidad y las relaciones interpersonales son un valor en sí mismas.

¿Qué es una mara?

Es un fenómeno de pandillerismo juvenil que se ha convertido en un grave problema de seguridad pública y social.

En 1996 las maras tenían 10.000 miembros, un número que se triplicó en 1998, y hoy son 64.000, con un colchón social formado por 400.000 personas. Ningún ejército europeo tiene tantos soldados.

Es difícil de explicar un fenómeno de estas características en España, pero también en los extractos sociales salvadoreños que no están afectados directamente. No es solo un problema de pandillas que aterrorizan. Imponen un control social y hacen mucho daño. Su premisa es ver, oír y callar. Pero están muy arraigados y asumen labores de ayuda para todos sus miembros.

¿Es la Policía Nacional Civil (PNC) una mara más?

Es un actor clave que genera violencia y sufre violencia. En 2015 setenta policías fueron asesinados. Es la Policía de una las sociedades más violentas del mundo. De una sociedad así no se puede esperar una Policía a la suiza o a la sueca.

La ONU habla de «epidemia de violencia». 6.656 homicidios en 2015, 5.280 en 2016, 3.954 en 2017. Tendrían que morir 28.000 españoles al año de forma violenta para igualar proporcionalmente estas estadísticas y, en cambio, solo mueren 300.

Explicar qué significa una tasa de 103 homicidios por cada 100.000 habitantes, como ocurrió en 2015, es muy difícil. Quizá escribí este libro para que los números no parezcan vacíos. Las causas son muy complejas y se necesita profundizar en historias como la de El Directo para entenderlas.

Durante la última década ha habido 36.000 muertes violentas, la mitad de las que hubo en la guerra civil que duró doce años. ¿Quiénes son los responsables?

Nunca hubo democracia en El Salvador hasta 1992, cuando finalizó la guerra civil. La comunidad internacional quiso meter con calzador a la sociedad salvadoreña en el nuevo proceso político. Pero la mala gestión de la posguerra, en la que tuvo un papel relevante España, lo precipitó todo. En ella están algunas claves para entender los niveles de violencia actuales.

El Directo persiguió la rehabilitación pero nunca la consiguió. ¿Es posible curarse cuando el número de presos se ha multiplicado por cinco desde el 2000?

Conozco a personas de 35 a 45 años que fueron expandilleros. Uno trabaja como diseñador gráfico y otro como músico. Han demostrado que es posible la reinserción aunque la sociedad y el Estado casi nunca ayudan. Se han alejado de la violencia a título personal. En las cárceles la rehabilitación es igual a cero. Son aislados completamente de sus familiares para evitar que les den órdenes y sigan delinquiendo y no han tenido beneficios carcelarios. Pero cuando son liberados son aún más fanáticos de la mara.

Usted parece más criminólogo que periodista, trabaja en la sección Sala Negra del prestigioso periódico digital ‘El Faro’ y redacta notas rojas de sangre.

Me siento muy cómodo siendo periodista. Más que escritor y cronista. Los periodistas que nos tomamos en serio nuestro trabajo en El Salvador somos criminólogos, antropólogos y académicos.

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