Nacional

El jarrón venezolano

No puede ser que Rodríguez Zapatero utilice su imagen como expresidente del Gobierno de España para la macabra labor de blanqueamiento de la dictadura de Maduro.

Felipe González definió a los expresidentes del Gobierno como jarrones chinos...
Felipe González definió a los expresidentes del Gobierno como jarrones chinos...
Krisis'18

Felipe González nació en una vaquería. Por eso cuando define, mete la mano hasta el fondo como la mete el vaquero en el parto de sus vacas. La mejor definición de lo que es un expresidente del Gobierno es también suya: «Los expresidentes somos como los jarrones chinos, algo valioso que nadie sabe en qué lugar colocar». Los expresidentes, en el fondo, simbolizan los rasgos principales de lo que fueron sus gobiernos. Suárez es símbolo de reconciliación y concordia. González es símbolo de inteligencia y posibilismo. Aznar es imagen de firmeza e intensidad. Zapatero es símbolo de colapso.

Muchas veces se ha hablado de la necesidad de regular la figura de los expresidentes del Gobierno a través de un estatuto. Hasta ahora no había hecho falta pero tras el terrible papel que está jugando Rodríguez Zapatero en Venezuela, ese estatuto urge. Al fin y al cabo, los expresidentes gozan de varios privilegios que lo son en función de la alta dignidad del cargo que han ostentado y que, por supuesto, se costean con nuestros impuestos. Así que el papel que está jugando Rodríguez Zapatero con una de las dictaduras más terribles del mundo exige la creación del Estatuto del Presidente, en el que se puede ahorrar mucha tinta y mucho papel. No hay que exprimir la imprenta del BOE. Propongo un artículo único: «Los expresidentes del Gobierno gozarán de los privilegios ya establecidos en distintas leyes y reglamentos como expresión de agradecimiento de sus ciudadanos y en atención a la alta dignidad de su cargo. Perderán dicha condición aquellos que por sus manifestaciones o actos coadyuven a cualquier dictadura en cualquier país del mundo».

Rodríguez Zapatero, en el libre ejercicio de su libertad individual, ha elegido ‘mediar’ entre una dictadura sanguinaria y sus oprimidos. Legitima a unos y a otros por igual, como si eso no fuese ya de por sí dar un trato de favor a la satrapía frente a sus masacrados ciudadanos. Con el tema venezolano hemos sabido lo que ya sospechábamos en sus gobiernos repletos de ‘cordones sanitarios’ a la oposición: para Zapatero ‘diálogo’ significa criminalizar a quien no quiere sentarse a darle a él la razón.

En el plano personal Rodríguez Zapatero está en su derecho de malgastar el prestigio que le quede como le venga en gana, faltaría más. La vida de cualquiera de nosotros está llena de razones que no se entienden. Lo que no puede ser es que utilice su imagen como expresidente del Gobierno de España para la macabra labor de blanqueamiento dictatorial. Ahí es donde urge una norma que le despoje de cualquier reminiscencia expresidencial que pueda confundir al noble y oprimido pueblo de Venezuela y llevarle a la errónea conclusión de que los españoles otorgamos a día de hoy nuestra confianza y representación a alguien tan considerado con la dictadura. Ni los venezolanos ni los españoles nos lo merecemos. Venezuela fue uno de los países que mejor se portó con los españoles que tuvieron que huir tras la Guerra Civil de las garras de la dictadura. España, hasta ahora, ha liderado la opinión europea en contra de Maduro y ha acogido a miles de venezolanos con admiración y respeto.

La sangre ayuda a deslizar los cadáveres por el suelo de la morgue de Tumeremo. De los seis cuerpos de opositores a Maduro que sus verdugos arrastran para apilarlos en un rincón, los que han sangrado más tras los disparos y las torturas deslizan mejor. Los cadáveres ensangrentados se desplazan inertes pero ágiles. Rodríguez Zapatero quiere el imposible diálogo entre los verdugos y los cadáveres que se apilan. Él sabrá de sus razones personales en Venezuela. Pero que no se siga colocando en Venezuela el cartel de expresidente. Daña la imagen de España y la dignidad del cargo que ostentó y del pueblo que le votó. Los jarrones chinos no por inútiles dejan de ser bellos. El jarrón venezolano no tiene más función que la de urna funeraria. La lógica evolución del concepto ‘urna’ en toda dictadura comunista.

Etiquetas