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El olvidado 'milenario' de Cataluña

En 1988, Pujol y sus historiadores de cámara inventaron el ‘milenario nacional de Cataluña’. Seis lustros después, el separatismo ya ha olvidado la falsa efemérides.

Monumento al conde Borrell II.
Monumento al conde Borrell II.

La repetición es la base de la desinformación. Para que cale en la opinión, un mensaje, verdadero o falso, debe ser simple, relativamente verosímil y constantemente repetido a través de todos los medios posibles. Hay que elegir en cada caso el destinatario adecuado. Si es el público en general (percibido como masa), hay que usar acentos emocionales. Si se dirige a grupos seleccionados o a individuos relevantes, han de variarse el tono y los argumentos. Aunque la teoría sobre la materia se desarrolló en el siglo XX, cuando se extendió la sociedad industrial de masas y fue posible el primer apogeo de estas prácticas, en las que descollaron maestros del ‘agitprop’ como Lenin y Goebbels, todo esto se sabe desde mucho antes. A saber cómo hubieran utilizado lo que hoy nos parece ya una globalización planetaria de la red capilar basada en internet, pero que aún está en su infancia, muy lejos todavía de lo que llegará a ser.

No puede, pues, sorprender que las ‘naciones’ vasca y catalana lleven más de mil años existiendo... aun siendo criaturas nacidas muy entrado ya el siglo XIX, destiladas por algunos ideólogos nacionalistas.

En Cataluña, episódicamente, la ortodoxia etnocrática reaviva el rescoldo que afianza en gran número de mentes la idea de que los catalanes viven en una nación milenaria que lleva al menos tres siglos y un lustro subyugada por la envidiosa y parásita España.

Invención del ‘Mil·lenari’

La operación debe su orto a Jordi Pujol. No la idea, ya vieja, sino su conversión en proteína política de fácil y grata deglución, susceptible de calar en la multitud (‘el pueblo’) como nutriente mental apto para el siglo XXI.

Por iniciativa del ‘president’, Cataluña celebró sus mil años de existencia nacional en 1988. El 22 de octubre de 1987, el Parlamento catalán aprobó «celebrar el milenario de la independencia de hecho de los condados catalanes», basándose en la negativa de Borrell II de Barcelona a prestar vasallaje al rey franco Hugo Capeto en el año 988. Acto seguido, se nombró una comisión de historiadores (con el expresivo rótulo de ’Comissió del Mil·lenari del Naixement Polític de Catalunya’), encargada de probar que la iniciativa tenía bases históricas ‘objetivas’. La pequeña parte de verdad contenida en el mandato de Pujol iba a ser convertida en doctrina nacional.

El equivalente culinario sería tomarse un huevo pasado por agua y asegurar que se ha comido pollo. Solo que ese pollo es virtual, imaginario y futurible, mientras que lo real es un mero huevo del que no ha nacido pollo alguno. La técnica consiste, precisamente, en confundir lo virtual y lo real y emplear la lógica engañosa del ‘si pudo ser y era bueno que fuese, démoslo por sucedido’.

Jaume Sobrequés, historiador del régimen, ayer socialista maragalliano y hoy prócer separatista con empleo suculento, escribió -confesó, diríase- que «Cataluña no existía en el momento de producirse el cambio de milenio» (’Cuenta y Razón’, 36, 1988, p. 56) y que las palabras ‘Cataluña’ y ‘catalán’ no aparecieron hasta el siglo XII. No era, pues, «históricamente correcto atribuir a Borrell II ni la voluntad bien definida de independizar sus condados de la monarquía franca, ni el deseo de negarse a prestar juramento de fidelidad a Hugo Capeto».

En efecto (aun a riesgo de aburrir al lector) Borrell II, conde de Barcelona, no estaba muy seguro de a quién debía ofrecer su vasallaje, porque Francia vivía una crisis dinástica. Además y a la vez, el temible caudillo moro Almanzor había saqueado Tarragona y Barcelona (el 6 de julio del año 985 fue llamado «el día en que Barcelona murió») sin que el rey franco Lotario enviase ayuda y, muerto en 986, menos lo hizo su sucesor, Luis, en pugna con Hugo Capeto y fallecido en el 987. Hugo, una vez rey, tampoco ayudó a Borrell. En estas, llegó el año 988 y el conde barcelonés (mejor que catalán) se desentendió del asunto. La Corona de Aragón lo pagó caro, siglos después, cuando Jaime I, en virtud de esta deuda pendiente, hubo de renunciar a sus tierras de Francia en favor de (san) Luis IX de Francia.

Todo esto no solo queda lejos de cualquier alzamiento ‘nacional’ frente a un poder opresor, sino que, por tratarse de una historia tan prolija y poco gloriosa, no es apta para la propaganda independentista si se sirve en crudo. Por ello hay que tratarla convenientemente y convertir el huevo pasado por agua en jugoso pollo asado, lo que permite su atractiva inclusión en el menú.

Su pronto olvido

Este año 2018 debería haber visto las celebraciones de los mil treinta años de la ‘independencia nacional’ catalana. Pero los enredadores están en otra cosa y han olvidado sus propias invenciones. Si Jordi Pujol, padre del último renacimiento nacionalista catalán, se tuvo por legatario político de Borrell II, ‘dux hiberus’ (como se tituló), Carles Puigdemont, Quim Torra y Cía., menos pillos e instruidos que su maestro, se han ceñido a proclamarse herederos de Lluís Companys, el penoso.

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