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Curso político

Haya o no Presupuestos del Estado para 2019 es poco probable que en este curso político veamos una convocatoria de elecciones generales. Pedro Sánchez tiene ante todo vocación de permanecer como presidente y puede aguantar hasta 2020.

Pedro Sánchez habla en el pleno del Congreso.
Pedro Sánchez habla en el pleno del Congreso.
Zipi / Efe

En los ambientes donde gusta hablar de política, uno de los debates más recurrentes de este otoño es sobre si Pedro Sánchez aguantará hasta 2020 al frente del Gobierno de España. O, por el contrario, si la dificultad para aprobar los Presupuestos de 2019 o una nueva vuelta de tuerca de la crisis de Cataluña le abocará a convocar elecciones. Yo me la suelo jugar a favor de que muy grande tendría que ser el cataclismo para que Sánchez no dure al menos hasta 2020. Si no saca adelante unos presupuestos llenos de guiños sociales, la responsabilidad será de la oposición: incluso puede ganar votos. Respecto a Cataluña, la estrategia de dar cuerda al independentismo está derivando en un auténtico circo, que puede acabar con varios lesionados, empezando por los propios y cada vez más divididos secesionistas. El problema está ahí, pero sus principales motores son incapaces de darle solución, incluso con el Estado mirando para otro lado mientras se entra y se sale de la cárcel de Lledoners como de un salón doméstico.

Hay más mimbres. Como escribía hace unos días Tom Burns, los 84 diputados del PSOE y los 67 de Unidos Podemos, suman 151, un semiarco parlamentario casi equivalente a los 156 que obtuvo José María Aznar en su primera legislatura. Ambos han arrancado practicando el gobierno por decreto y, con esa minoría mayoritaria, el PP aplicó su doctrina y privatizó empresas, liberalizó varios sectores y, ‘sin complejos’, fue directo a una segunda legislatura con mayoría absoluta. Ahora, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias (realmente cambiado, quizá influido por las difíciles circunstancias de su reciente paternidad) han presentado un pacto que, tras la dureza de la crisis, suena a música celestial en muchos entornos. Cómo se paguen las iniciativas que recogen los 50 folios del acuerdo de los Presupuestos del Estado o qué diga Europa no es relevante en este momento. Sí, trasladar a la ciudadanía su apuesta por defender el Estado de bienestar. El mismo que, aun con los recortes, ha funcionado y ha mitigado los efectos de la recesión: en estos años, ni han fallado los hospitales ni las escuelas, ni la solidaridad social y familiar.

Si a esta estrategia, de la que se beneficia todo el PSOE (que contempla atónito, pero con sentido práctico, cómo Sánchez hace todo aquello por lo que lo echaron hace dos años de su secretaría general), se suma cómo es la alternancia política en nuestro país, hay Sánchez para rato. Bien sabemos que, en España, no gana las elecciones la oposición sino que las pierde el Gobierno. Y ahora tenemos un presidente con una ansiedad de serlo como hacía mucho no recordábamos. A la vez, una oposición que está dividida en tres, y con tendencia a olvidarse del centro, ese espacio que en España otorga y quita el poder. Así las cosas, ¿interesa a alguno de los partidos relevantes celebrar elecciones ya? Mejor esperar a ver qué ocurre en Andalucía el próximo 2 de diciembre. «Si va bien (al Gobierno), decidimos si acaso en mayo unimos todas las urnas».

Lo dicho, Sánchez tiene vocación de permanecer y se lo trabaja con entusiasmo. Por eso resultan cómicas las llantinas que denuncian que el Gobierno sufre un acoso «como no se había conocido nunca». Seamos serios: siempre hay campaña contra el que gobierna. Ya se nos han olvidado los escraches, bien amargos para quien los sufría.

Este curso político, en el que la Constitución cumple 40 años, nos haríamos un gran favor si no trituramos a tanto político al que enseguida añoramos y si fuéramos más ecuánimes, estén los nuestros en el Gobierno o en la oposición. Cada posición tiene su dificultad, pero quien gobierna lleva ventaja y juega sus cartas. Ahí está el CIS, dispuesto a decirnos cada mes lo bien que le va al PSOE y lo disperso de la oposición. Pero no solo. Siendo vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría vimos crecer en directo a Podemos y socavar los cimientos y hasta el primer piso del PSOE. ¿Veremos también en directo cómo Vox da naturalidad a un extremismo de derechas hasta ahora silencioso y vergonzante? Ojo con abrir la caja de Pandora de los discursos xenófobos, machistas, homófobos y todos los ‘fobos’, no vayamos a despertar tendencias hasta ahora afortunadamente muy minoritarias. Nuestro país es mejor.

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