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Nacional

Sin fronteras

OPINIÓNACTUALIZADA 26/09/2018 A LAS 05:00
El ex primer ministro francés Manuel Valls durante su visita de la pasada semana a Zaragoza.
El ex primer ministro francés Manuel Valls durante su visita de la pasada semana a Zaragoza.
Guillermo Mestre

En circunstancias normales, sería una extravagancia que un expresidente del Gobierno de España -aunque hubiera nacido en París- optara a la alcaldía de la capital de Francia. Pero desde que los independentistas catalanes se echaron al monte, la política de esa Comunidad se ha convertido en una anomalía. Ya no es que Barcelona haya dejado de ser el archivo de la cortesía y se haya convertido en una ciudad donde te pueden romper la nariz por un quítame allá ese lazo. La ciudad cosmopolita y abierta se ha empequeñecido y ha perdido la luz que atraía a los turistas. Por eso, la candidatura de un exprimer ministro francés, barcelonés de cuna, a la alcaldía de la Ciudad Condal es un revulsivo, una aventura cuyo final se desconoce pero que puede reforzar el constitucionalismo. La política anda revuelta. Trump es un caso aparte. Pero a Macron, tan formal, tan seguro de sí mismo como Sarkozy o el propio Valls, le ha durado un suspiro el estado de gracia. May y Merkel andan en dificultades. Y, en este escenario, la candidatura europea de Valls devuelve a Barcelona el aire desacomplejado que jamás creímos que pudiera llegar a perder.

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