Nacional

Opinión

Cien días y tres años

Javier Lambán y José Luis Ábalos, en Fomento
Enrique Cidoncha

La cortesía política establece en cien días el tiempo imprescindible para descubrir el espíritu y la letra de un gobierno. Fue Franklin Delano Roosevelt quien se benefició durante el New Deal de este periodo de gracia –inspirado en Napoleón– que ha terminado por extenderse y aplicarse a todos los Ejecutivos recién llegados. Los primeros cien días de Pedro Sánchez en la Moncloa se cumplen en caprichosa coincidencia con el primer aniversario de la aprobación por parte del Parlament de Cataluña de las leyes de desconexión y a pocas horas de la celebración de la Diada. Las casualidades, aparte de su natural incomodidad, cuentan con una fuerte carga ilustrativa y resumen con claridad dónde se encuentra Sánchez. El principal de los asuntos nacionales continúa siendo Cataluña y la todavía incierta resolución de un desafío secesionista que lejos de rebajar la tensión ha descubierto en Joaquim Torra a todo un aventajado agitador empeñado en la crispación. Del resto de cuestiones se habla y se discute desde la trinchera partidista, empezando por la misma alternancia decimonónica inaugurada por liberales y conservadores y que sirve para reconocer nuevamente a la España bipartidista. Sánchez, cuyo principal mérito ha sido el reverdecimiento de la marchita contienda PSOE-PP, ha caminado estos primeros cien días de puntillas, convencido de su estrategia y buscando el momento más rentable para convocar las elecciones generales. La paradoja o, quizá, la siempre engrasada maquinaria del PSOE, mucho más ajustada que la de los populares, empleará a Susana Díaz y a sus inminentes elecciones andaluzas como primer termómetro del tirón de un Ejecutivo que disfruta del vino y las rosas mientras ignora las consecuencias territoriales de algunos de sus mensajes.

En Aragón, Javier Lambán, transfigurado en sanchista –aunque aún no ha logrado verse con el presidente–, acepta con resignación las andanadas de la ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, contra la térmica de Andorra o los agravios provocados por el ministro de Cultura, José Guirao, cuando recorre las salas del MNAC e ignora el conflicto con las pinturas murales del Monasterio de Sijena y no convoca al Patronato del Archivo de la Corona de Aragón. La compleja situación de Lambán frente al Ejecutivo central, afectado a partes iguales por la disciplina de partido y la equidistancia, le obliga a relegar su justa reivindicación sobre el modelo de financiación autonómica o a tragarse el respaldo dado por los independentistas a la moción de censura.

Lambán, que no solo ha gozado de cien días de gracia sino de tres años de comodidad por una oposición ausente y despistada, disfruta con un hábil doble juego de pactos con Podemos y Ciudadanos. El casi seguro respaldo de los morados a las cuentas autonómicas, previo acuerdo de modificación del Impuesto sobre la Contaminación de las Aguas (ICA) –un asunto que también servirá para que Nacho Escartín lance un mensaje a Pedro Santisteve–, y el pacto alcanzado con Ciudadanos, PP y PAR sobre el impuesto de Sucesiones ejemplifican a la perfección la tranquilidad política del presidente regional. Lograda la histórica obsesión del PSOE por fijar una pragmática postura de centralidad ideológica dentro de un alma de izquierdas, Lambán solo tiene ante sí el reto de las primarias socialistas al Ayuntamiento de Zaragoza mientras continúa mirando a la izquierda y la derecha.

La estela de Sánchez, generosa en la fabricación de una espuma que la demoscopia asegura se está transformando en votos a gran velocidad, es el único camino para Lambán. De cualquier modo, persiste un riesgo si no se marca una política autonómica con un marchamo mucho más personal (la cumbre de presidentes autonómicos contra la despoblación que se celebra mañana en Zaragoza fija tono y protagonismo en este sentido), en especial tras los claros signos de desaceleración de la economía nacional.

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