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Rajoy no consideró que su dimisión fuera una salida más digna que la derrota

En el Partido Popular creen que fue reacio a dar un paso que podía ser entendido como la asunción de responsabilidades por la sentencia de la trama Gürtel.

Mariano Rajoy tras una de sus intervenciones en el Congreso de los Diputados.
Mariano Rajoy tras una de sus intervenciones en el Congreso de los Diputados.
Ballesteros/EFE

Ya advirtieron en la Moncloa de que "todo" estaba dicho en la rueda de prensa que concedió Mariano Rajoy el mismo viernes en el que se registró la moción de censura. Y en aquella comparecencia, el hoy exjefe del Ejecutivo no solo se resistió a dimitir, sino que no encontró en la sentencia del caso Gürtel razón alguna para asumir responsabilidades políticas, como le exigía la oposición. De haber revisado a fondo la intervención, los sectores del PP que vieron en una posible renuncia ‘in extremis’ de Rajoy la única forma de retener el poder, habrían podido deducir que eso nunca sucedería.

Sostienen en el partido conservador que la dimisión no llegó a entrar en los planes de Rajoy. Entienden que le daba "pavor" que el paso de abandonar pudiera ser entendido como el reconocimiento de que tuvo "alguna culpa" en la trama Gürtel. Tan importante era esto para el presidente que el 25 de mayo, recuerdan, incluso rebatió que la Audiencia Nacional hubiese cuestionado la verosimilitud de su testimonio sobre el desconocimiento de una caja B en el PP. "¿Quién reparte certificados de credibilidad en España? –preguntó–. Yo creo que lo reparten los ciudadanos".

Pero, aun así, ante la certeza de que el PSOE iba a descabalgar al PP del Gobierno, hubo quien en el partido creyó que el presidente quizá revisaría su postura. El jueves, cuando todo estaba perdido, el exministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, defendió en público la dimisión como última solución para frenar en seco la moción de censura, conservar el Ejecutivo y generar la oportunidad de sacar adelante una nueva investidura. "Mi consejo sería ese –dejó caer–, es más sensato". Fuentes del Partido Popular creyeron ver incluso más "dignidad" en esa salida que en una derrota parlamentaria ante Pedro Sánchez.

No fue un debate encendido ni mucho menos. Ni siquiera hubo discusión. El partido se plegó a los deseos de su presidente al entender que se trataba de una decisión "absolutamente personal". Pero desde la Moncloa se intentó, además, aportar una explicación política que justificara la resistencia de Mariano Rajoy. Trasladaron una y otra vez que ningún sacrificio habría abortado la llegada de Sánchez al Gobierno. Y esa tesis acabó convirtiéndose en axioma en las filas conservadoras.

Si Rajoy hubiese accedido a dar un paso atrás, el Ejecutivo al completo habría entrado en funciones y el rey Felipe VI habría iniciado una ronda de consultas para designar otro candidato a la investidura. Tal y como lo plantean en el entorno del ya expresidente, Pedro Sánchez podría haber sido propuesto y haber recogido en el Congreso los mismos apoyos que en la moción de censura. "O no", replica un cargo del PP.

Quienes no comparten el argumento de la Moncloa se retrotraen a la anterior legislatura. Desde las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015, el Ejecutivo siguió diez meses en funciones y Sánchez fue incapaz de granjearse los respaldos necesarios en el Congreso para gobernar. ¿Por qué habría sido ahora distinto?

Fuentes de Esquerra creen, de hecho, que el Partido Popular ha jugado "tácticamente muy mal" sus cartas. Y en el PDECat reconocen que votar junto al PSOE para "echar" a Rajoy no es lo mismo que apoyar al líder de los socialistas para llegar a la Moncloa. El precio de sus escaños, en ese caso, podría haberse encarecido hasta el punto de no poder ser asumido. También en el PNV distinguen entre un escenario y otro. El portavoz de los nacionalistas en el Parlamento vasco, Joseba Egibar, apuntó el sábado en una tertulia en Radio Euskadi que ahora mismo Sánchez es "presidente por exclusión".

Ya nadie sabrá, en todo caso, qué habría ocurrido. Ahora en el PP prefieren centrarse en la tarea ingente que les queda por delante: organizar el grupo parlamentario con la integración de los ministros que son diputados, renovar el partido y construir un discurso de oposición con el que ir a las elecciones. Y creen que el haber sido expulsados del Gobierno les concede, al menos, un argumento con el que recuperar al electorado perdido.

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