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Una moción de alto riesgo

La moción de censura de Pedro Sánchez supone un serio peligro para su trayectoria política. Pero, sobre todo, amenaza, si sale adelante, con incrementar la inestabilidad política en España, pues el gobierno de Sánchez dependería de los secesionistas.

El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto a la presidenta Cristina Narbona.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto a la presidenta Cristina Narbona.
Efe

Al final de esta semana, o tendremos un nuevo presidente del gobierno o tendremos a un líder de la oposición descalabrado.

Pedro Sánchez ha puesto en marcha una operación de alto riesgo  y lo ha hecho al margen de lo que decidiera la ejecutiva de su partido, un pecado –el de no consultar ni a la ejecutiva ni al comité federal del PSOE e imponerles el los hechos consumados– que puede tener graves consecuencias para su trayectoria si la moción de censura no se salda con éxito.

Lo tiene difícil, porque solo conseguiría los 176 votos necesarios con el apoyo explícito del PNV, no le vale su abstención, más el apoyo de todos aquellos partidos de los que abomina, o decía abominar: solo le salen las cuentas si le votan los independentistas catalanes, Bildu y Podemos, partido este último que no se encuentra precisamente entre aquellos por los que más simpatía siente Pedro Sánchez, aunque ya se sabe que la política hace extraños compañeros de cama.

A Sánchez se le notan las prisas, como se le nota la incomodidad de no ser un auténtico líder de la oposición porque no tiene escaño en el Congreso. Hizo caso a Patxi López cuando, en plena convulsión por el ‘no es no’ frente a quienes apoyaban la abstención a la investidura de Rajoy, le aconsejó que renunciara al escaño en lugar de ausentarse para no votar al candidato; que era lo que le aconsejaban quienes se preocupaban más por el futuro de Sánchez que el ex lendakari.

Su buena sintonía personal y política con Rajoy en algunos momentos, que es o era real, más su convicción de que había que poner pie en pared contra los independentistas catalanes y activar el 155  se hicieron trizas cuando Sánchez vio un hueco por el que colarse para intentar convertirse en presidente. Completamente cegado por la posibilidad de conquistar la Moncloa, no quiso avenirse a ningún tipo de razonamiento, de ahí que presentara la moción de censura antes de reunir a la ejecutiva socialista y que no quisiera hablar previamente con ningún dirigente regional, no fuera a ser que le insistieran excesivamente en que era una locura.

En principio, eso parece, una locura. Pero igual que la política hace extraños compañeros de cama, también echa abajo operaciones que parecían absolutamente seguras; y la historia está llena de ellas. Sin embargo, aun en el caso de que esta le saliera bien a Sánchez e hiciera una entrada triunfal en la Moncloa, ¿cuánto duraría en la presidencia con el chantaje permanente de un conglomerado de partidos populistas e independentistas dispuestos a exigir cualquier cosa, cualquiera, a cambio de apoyar las iniciativas del nuevo gobierno.

Se comprende la desazón generaliza que invade estos días a los españoles con sentido de la responsabilidad: con Sánchez, la inestabilidad está garantizada. Con Rajoy, el sobresalto continuo, porque las sentencias sonadas no han hecho más que empezar y la imagen del presidente está por los suelos. En cuanto a las alternativas, no son, ni de lejos, como para tirar cohetes.

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