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Opinión

Gobernar no es resistir

Rajoy ha demostrado que es el mayor superviviente de la política española. Desde antes incluso de llegar a la Moncloa le ha ocurrido casi de todo y casi todo lo ha aguantado. Pero, adviértase con sensatez que gobernar no es resistir.

José Javier Rueda 26/05/2018 a las 05:00
Mariano Rajoy

El actual inquilino de la Moncloa siempre ha creído que tiene el control del calendario. Y esta creencia se acrecentó el pasado miércoles cuando logró la aprobación de los Presupuestos del Estado. Los votos de Ciudadanos y el PNV le garantizaban el poder completar un segundo mandato de cuatro años. Con este as en la manga tenía previsto alargar la legislatura todo lo necesario para que el PP tuviese tiempo de recuperarse en las preferencias electorales. Con dos años más, prepararía con calma el camino a las urnas, fuera él mismo el candidato o pusiera a otro u otra como cabeza de cartel para el año 2020. Además, tampoco los demás le iban a meter prisa. De hecho, los socialistas eran los más necesitados de tiempo para que Pedro Sánchez se consolidase. Y Podemos necesitaba que sus electores se olvidasen del episodio del chalet de Pablo Iglesias. El partido menos interesado en una prolongada legislatura era Ciudadanos, que ahora está en pleno auge en los sondeos. Sin embargo, no podía romper la baraja y forzar un anticipo de las elecciones generales. Dejar al Gobierno sin soporte parlamentario desacreditaría su discurso político, pues C’s se reivindica como el partido que "garantiza la estabilidad".

Todo este escenario se fue al traste en solo 24 horas. La sentencia del caso Gürtel dejó el jueves a Rajoy como el rey desnudo del cuento de Andersen. El político con piel de elefante, el resistente bendecido por la suerte, se quedaba sin credibilidad. Cuando los jueces dicen en el fallo que no creen su testimonio ponen en evidencia que el auténtico problema de Rajoy es que ha perdido lo que el politólogo Michael Ignatieff llama "el derecho a ser escuchado por los votantes".

En política, un candidato puede ganar en las urnas sin tener carácter, encanto, popularidad o títulos universitarios, pero no puede ser elegido sin poseer el derecho a ser escuchado. Y este derecho tampoco lo garantiza un buen equipo o un brillante programa lleno de propuestas. En realidad, un candidato se gana el derecho a ser escuchado si el votante considera que es digno de confianza.

Rajoy se ha aislado en la Moncloa, presa del síndrome del avestruz. Del mismo modo que el ave, cuando está en peligro, esconde la cabeza como si al no ver la amenaza esta desapareciera, el líder del PP se ha atrincherado en su despacho para ignorar cómo la imparable cascada de casos de corrupción está destruyéndole a él y a su partido. ¿Para qué entrar en harina si está convencido de que el precio a pagar por los escándalos no es muy alto? A pesar de las condenas de los jueces, de demostrarse que el PP dispuso de una caja b entre 1990 y 2008 con la que se pagaron sobresueldos a dirigentes populares, de las andanzas del extesorero Luis Bárcenas, de que hasta nueve empresarios valencianos reconocieron ante el juez haber financiado ilegalmente al PP, de que Rajoy envió un mensaje a Bárcenas con la significativa frase "Luis, sé fuerte", a pesar de todo, él ganó las elecciones de diciembre de 2015 y mejoró sus resultados en las siguientes, de junio de 2016.

Es sabido que la corrupción es el principal responsable de la desafección política y, como tal, uno de los problemas más graves que tiene España. Pero Rajoy cree que la recuperación económica y el agravamiento de otros serios problemas como el secesionismo catalán apaciguarán el cabreo de la ciudadanía por el latrocinio. No quiere ver que, más allá de las amenazas de secesión territorial, la corrupción política es el virus letal de la democracia. Por eso ya ha perdido la confianza de la gente y también la de sus posibles socios, empezando por Ciudadanos. El líder del PP no comprende que si un candidato no logra convencer a los votantes de que está en política por ellos tampoco se puede hacer acreedor del derecho a ser escuchado.

Imbuido del espíritu del superviviente, no ve que su proceder evasivo daña la imagen internacional de España y, sobre todo, la confianza de los ciudadanos en la política.





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